
Mi primer encuentro con Arvid Pardo fue en 1954, cuando él sostenía un puesto bastante alto dentro de la jerarquía de las Naciones Unidas, y luego cuando fungió como asistente del señor Dag Hammarskjold, secretario general de dicha organización mundial.
Ya él había sido abordado alguna vez por un político local, quien le solicitaba transmitir cierta información que el Reino Unido se veía obligado a brindar acerca de sus colonias y, particularmente, con respecto a Malta. Pero, debido a su puesto delicado, no podía concurrir con dicha solicitud.
Pardo continuó al tanto de las vicisitudes de nuestra isla durante su búsqueda de la independencia. Con el tiempo, las cadenas del colonialismo fueron lanzadas por la borda, y él quiso tomar parte en el destino del país.
Su familia se originó en Malta. Hacia finales de la Primera Guerra Mundial, su padre, un medico, fue nombrado por una organización internacional para que encabezara un equipo que iba a Rusia, afectada por epidemias desenfrenadas.
Asumió la tarea, aún a sabiendas de los riesgos. Dejó a Arvid, de escasos cuatro años, al cuidado de un buen amigo suyo.
Su padre murió unos pocos meses después, luego de haber contraído una enfermedad.
Arvid fue criado en un ambiente casi Espartano.
Su madre murió no mucho tiempo después. Aunque su encargado, un diplomático, eventualmente fue nombrado embajador de la Italia Fascista ante la Alemania Nazi, Arvid continuó creyendo férreamente en la democracia y en la individualidad del ser humano.
Antes de concluir la última Guerra mundial, Arvid fue arrestado en Roma por las tropas germanas, llevado a Alemania, y desde allí vio la caída de Berlín ante las tropas de Rusia.
Arvid fue uno de los primeros empleados de las Naciones Unidas.
Recuerdo cuando me narró cómo él mismo trajo algunas sillas para amueblar la primera oficina de la organización.
De inmediato causó un impacto y ascendió pronto dentro del personal de la secretaría.
Se convirtió en uno de los principales asistentes de Hammarskjold. Se le programó para acompañar al secretario general en una misión al Congo.
El destino decidió perdonarle la vida, porque de último momento se le encomendó una tarea urgente. La aeronave de Hammarskjold chocó y todas las personas abordo murieron. Cuando Malta logró su independencia en 1964, Pardo mostró su orgullo sin igual por la isla.
Borg Olivier le pidió que se uniera a nuestro cuerpo diplomático. En contra de los sentimientos de su familia, y con una significativa pérdida pecuniaria para él, gustosamente aceptó, convirtiéndose en el primer embajador de Malta ante los Estados Unidos de América y en representante permanente de la isla ante las Naciones Unidas. Solicitó la ciudadanía maltesa y siempre atesoró su pasaporte maltés.
Hablaba con fluidez ocho idiomas. Luego de 1964 incluso aprendió maltés.
Al presentar sus credenciales en Moscú como embajador de Malta ante la Unión Soviética, sorprendió al líder ruso al dirigirse a él en lengua nativa.
Arvid era modesto al tratar a la gente, moderado al enfrentar problemas, pero, ante todo, nada presumido acerca de sus logros.
Concibió la idea del patrimonio común de la humanidad, lanzó su idea en una asamblea de las Naciones Unidas para que fuera adoptado al menos con respecto al mar, y luchó insistentemente por su aprobación.
Al inicio, muchos políticos de todo el mundo consideraban esta idea una utopía.
Con el paso del tiempo, la mayoría de ellos se dio cuenta de cuán trascendental y beneficioso era su concepto para la humanidad.
Se convirtió en un hito para acercar a las naciones, aceptando compartir lo que la naturaleza les había otorgado.
Fue él quien puso a Malta en el mapa del mundo. Hoy día la Ley del Mar es aceptada en nuestra isla. Era un verdadero creyente, admirador de los clásicos y las artes; sus conocimientos sobre historia casi no tenían límite.
Al recibir desde América la noticia de su fallecimiento, me correspondió a mí informar al Presidente de la República y al Primer Ministro.
Perdí a un mentor.
Malta ha perdido a uno de sus mejores hijos.
Somos más pobres por haber perdido su mente creativa, que a veces rayaba en genio.
Pero el mundo es ahora más rico por haber heredado la novedosa teoría de Pardo sobre el patrimonio de la humanidad.
Su nombre quedará marcado en los anales del siglo XX.
Para su esposa Margit y para sus tres hijos, se extienden las más sinceras condolencias de una nación, y un gran agradecimiento por haber apoyado a lo largo de toda su vida a tan digno hijo de la isla.
