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La casa por la ventana
Nombres y pseudónimos
Carlos Francisco Monge
Los dos viernes de octubre de 2004 serán, sin duda alguna, los nuevos puntos de referencia en la historia política costarricense. Las imágenes televisadas de dos expresidentes, capturados y encerrados en unas camionetas para delincuentes, no solo han atravesado las almas y las conciencias de la población nacional, sino también la vida patria entre un antes y un después: por un lado, la historia de la segunda mitad del siglo XX y por otro, lo que vendrá en la primera mitad del siglo XXI.
No podemos saber (aunque talvez imaginar) lo que vaya a ocurrir en los próximas semanas o meses con Rodríguez Echeverría y Calderón Fournier. Eso depende de los juristas, de los expertos y de quienes conocen el trasfondo de todo este cataclismo de la clase política criolla. Pero sí nos indican las noticias diarias que si hay un cáncer peor que podría carcomer a la sociedad costarricense no sería la corrupción, sino la impunidad. Hoy día hemos todos llegado a la convicción de que si bien se sospechaba del mal, no teníamos idea de su descomunal gravedad y diseminación. Mas por fortuna también nos queda la certidumbre de que esta dura lección nos puede fortalecer y nos obligará a poner las cosas en su sitio. Con orden, con ecuanimidad, con justicia.
A diferencia del honor, de la solidaridad, de la fraternidad, que son colectivas y anónimas, la corrupción siempre tiene nombres. Me parece un desliz que se la trate de percibir como una abstracción, como si existiese en el aire o en los escritorios o en los billetes de banco; no: son personas con conciencia y en forma calculada y deliberada quienes la han ejercido. Y debemos felicitarnos de que han sido, en primer lugar, las Universidades estatales las que llevaron adelante una marcha por la dignificación de la patria, y que a ellas se hayan juntado otros gremios, otros organismos y muchísimos ciudadanos. Todos machamos convencidos de que toda la cuota de dignidad y de honorabillidad la tenemos quienes no sabemos del poder, ni de los privilegios, ni de la avaricia desbocada, ni del engaño a mansalva.
Y por eso los nombres. La Universidad Nacional ha rendido homenaje a próceres y ciudadanos ejemplares, y ha dejado sus nombres en edificios, salones y plazas: Omar Dengo, Carmen Lyra, Joaquín García Monge, Clodomiro Picado, José Martí, Benjamín Núñez, Rodolfo Cisneros o Atahualpa Yupanqui. Todos ellos honraron su patria y honraron la academia, cada uno a su modo. Por eso los adoptó la Institución. Y será imperativo para la Institución que solo adopte (o solo conserve) en sus diversas sedes aquello nombres que de veras la premien con su ejemplo. Ni pseudónimos ni antónimos.
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