Costa Rica libre de exploración y explotación petroleras

 

Por Gabriel Rivas

 La declaratoria de Costa Rica como país libre de toda exploración y explotación petroleras (véase Ambien-tico, Nº 84, setiembre 2000), hecha por un selecto grupo de organizaciones nacionales y endosado actualmente por federaciones de nivel mundial como Amigos de la Tierra Internacional y Oilwatch Internacional, constituye un magnífico ejemplo en el ámbito global de una posición madura y consecuente. Posición madura y consecuente tanto frente a la realidad innegable de los inmensos impactos ambientales, sociales y culturales de la extracción petrolera, como ante la realidad del cambio climático. Asimismo, seria y mesurada en medio de una histeria colectiva originada por la escalada (por lo demás inevitable a mediano y largo plazos) de los precios internacionales del petróleo.

Ante el modelo capitalista actual  cuyo deber es excluir, destruir y celebrar la "destrucción creadora" en el contexto de la afirmación de que no hay ninguna alternativa (Hinkelammert, Franz. "Un nuevo enfoque del bien común ante el paso del capitalismo utópico al cínico", en: Ambien-tico, Nº 84, setiembre del 2000, p.17-19), cientos de personas, ahora apoyadas por cientos de miles, nos dan un ejemplo de dignidad.

Dignidad ante un poder decadente que, guiado por la mentalidad éticamente caduca de buscar una relación costo-beneficio provechosa sólo para unos cuantos, se muestra incapaz de mostrarnos un modelo de sociedad que asegure nuestra supervivencia, la supervivencia de las mayorías desposeídas. Un poder que se muestra impávido ante los llamados de alerta de mentes tan preclaras como la de Stephen Hawking (tal vez el físico teórico más famoso del mundo), quien nos advierte: "Me preocupa el efecto invernadero, me temo que la atmósfera se caliente cada vez más (en este milenio) hasta llegar a tener como Venus ácido sulfúrico en ebullición" (La Nación, 30-9-00, p. 20A). Un poder que ante este aviso sólo sabe responder con un 20% más de emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera hoy en día (Macguire, F. Com. pers.) respecto de 1990, cuando lo absolutamente mínimo (mas sin embargo no lo suficiente para combatir eficazmente el calentamiento global) según el Protocolo de Kioto debería ser una reducción del 5,2 % en relación a las emisiones de dicho año.

Ante la afirmación fatalista y cínica de que no tenemos alternativa y que el precio a pagar por un supuesto desarrollo es la destrucción de ecosistemas, modos de vida sustentable y miles y miles de víctimas, los firmantes de la declaratoria en mención celebran la vida a través de su resistencia y de su propuesta alternativa. Una propuesta alternativa que perfila lo que Hinkelammert llama "un nuevo pensamiento sobre el bien común" o lo que Jorge Debravo llamaba "las ropas nuevas para un hombre nuevo". Esa sociedad posible que se antepone a la actual propuesta de muerte con una visión solidaria, a través de un uso racional de los recursos naturales (pero en la práctica y no en demagógicas posturas políticamente correctas, pero vacías de contenido real), una sociedad modesta de menor y mejor producción y consumo, caracterizada por una justa distribución de la riqueza generada por ese menor y mejor uso de los recursos naturales. ¿Será esta cuestión de fondo la que perfila también la decisión de la Sala Constitucional al declarar con lugar el recurso de amparo contra las exploraciones petroleras?

La excusa según la cual necesitamos continuar (invirtiendo dinero) con las exploraciones petroleras para conocer cuáles son los recursos de que "disponemos" (¿la ciudadanía costarricense o las transnacionales?), se presenta como una premisa falsa y engañosa. Falsa y engañosa porque sabemos perfectamente la urgencia para el bien común de que los 300.000 millones de dólares que se invierten anualmente en la expansión de nuevas exploraciones petroleras sean en su lugar utilizados en el desarrollo y expansión de formas renovables de energía, en el marco de un modelo participativo de definición de una política energética sustentable.

Nuestro gobierno debería endosar esta declaración y presentarla como su legado a la próxima (6ª) Conferencia de las Partes de la Convención de Cambio Climático de la Naciones Unidas, a celebrarse a mediados de noviembre en La Haya, Holanda. Sería sin duda más consecuente con la humanidad que prestarse al juego de las naciones industrializadas que, a través de sus mecanismos de desarrollo limpio y pago por captura de carbono quieren hacernos olvidar la verdadera dimensión de su deuda ecológica histórica y actual trocando su obligación de reducir en su sitio de origen las emisiones, por pequeñas sumas que en muy poco compensan los daños y las vidas humanas perdidas, producto de los fenómenos extraordinarios ligados al cambio climático.  


El autor, biólogo, es integrante de la organización ecologista Coecoceiba-Amigos de la Tierra Costa Rica y de Oilwatch Costa Rica.

 

 

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