Mensaje de monseñor Ignacio Trejos
obispo de San Isidro de El General
Privatizar la producción energética es un negocio de los ricos contra Dios
Muy amados en el Señor:
A raíz del presente año jubilar, que providencialmente coincide con las bodas de plata de mi ministerio sacerdotal en esta iglesia particular, me ha parecido oportuno dirigirles el presente mensaje.
Para muchos, el nuevo milenio se acerca cargado de grandes incertidumbres. El verdadero cristiano debe mirarlo venir con la claridad meridiana del sol de justicia que es Cristo Jesús. Él es nada menos que la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Cfr. Juan 1,4). Brilló a plenitud en la noche de Belén (Cfr. Mateo 4,16) y sigue proyectándose en el curso de la historia, dos veces milenaria, como señor y centro de la misma y nos asistirá hasta el final de los tiempos. (Cfr. Mateo 28,20). Esto, a nosotros creyentes, nos basta y sobra. En todo momento nos salva la fe que debe ser corroborada por las buenas obras (Cfr. Santiago 2,17).
Tiempo de cambios
Si la persona misma, como ser viviente, está sujeta a continuos cambios, con mayor razón la humanidad entera, como frágil y pasajera que es. Vivimos, queramos o no, la cultura del cambio o el cambio o quiebra de una cultura. Lo que debemos examinar es precisamente si estos cambios, vertiginosos unos y pausados otros, se operan a favor o en contra de la persona y de todo el conglomerado humano. Esto, lógicamente, depende de la mentalidad y con ella de las actitudes que asumamos los humanos. Somos nada menos que sujetos y objetos de la historia y de su cultura.
Luces
A la luz del evangelio todo se torna claridad. Como seres trascendentes, los humanos, de paso por este mundo, nos dirigimos a la casa del Padre, quien es vida, amor y salvación. Mirándonos perdidos en este valle de dolor, nos otorgó, como el mejor de sus regalos, a Jesús que es salvación. Lo hizo por medio de la mujer más humilde y sencilla, María de Nazaret, a la que celebramos siempre como a la favorecida de Dios y madre de los creyentes. Cuando su Hijo amado cumplió la tarea salvadora, entrambos enviaron el Espíritu Santo a su iglesia que desde entonces la ha asistido indefectiblemente. Por tanto, somos llamados como los apóstoles a ser: Testigos de la verdad: sólo ésta nos hace en verdad libres (Crf. Juan 8,32). La mentira siembra confusión en la mente, turba las conciencias, pierde las vidas y causa el más profundo desconcierto en las relaciones humanas. Si damos testimonio de la única verdad, que es Cristo, él mismo se convierte en nuestro camino y se nos regala como vida verdadera (Cfr. Juan 14,6). Sembradores de justicia: sin la verdad y la libertad, que aquélla misma genera, no puede darse la justicia en ninguna de las latitudes. Y sin la justicia, la paz se vuelve imposible (Cfr. Isaías 32,17). Apóstoles de la caridad: sin embargo, todos los anteriores valores o postulados no bastan para conducirnos como cristianos. Es necesario, además, que prevalezca el amor, como mandamiento nuevo que Cristo nos heredó (Cfr. Juan 13,34), también como característica de seguidores suyos a fin de que el mundo crea (Cfr. Juan 17,21).
Sombras
Hermanos, todo esto nos lleva a preguntarnos una y otra vez, en este año jubilar ya iniciado, si como cristianos estamos logrando que la explosión tecnológica, signo de nuestros tiempos, nos esté conduciendo a la reafirmación de los valores evangélicos o apartándonos de ellos.
Por momentos, o talvez de por vida, corremos el riesgo de olvidarnos que la palabra de Dios, hecha carne en la persona de Jesús de Nazaret, es definitiva y nos llama a un compromiso personal y comunitario, único e irrepetible en el correr de los siglos. Cristo, en efecto, es y será el mismo, ayer, hoy y siempre (Crf. Hebreos 13,8). Para ser sus discípulos debemos renunciar a nuestras personales ambiciones, cargar con su cruz redentora y seguirle diariamente en fidelidad11 (Cfr. Mateo 16,24)
Por tanto, como iglesia, pueblo de Dios, redimido por Cristo del pecado, debemos ser una sola familia y no objeto de extraños privilegios. En efecto, marcados por la cruz y sellados por el espíritu de la verdad, nadie podrá separarnos del amor de Cristo (Cfr. Romanos 8,35). Nuestras conciencias jamás deben venderse. Lo grande para el Señor es lo que los "grandes del mundo" consideran como pequeño y por tanto despreciable (Cfr. ICorintios 1,26-29). Sentencia válida, por evangélica, es ésta: No podemos servir a un tiempo a Dios y al dinero (Cfr. Mateo 6,24) Pues, ¿de qué sirve ganar el mundo entero si al final perderemos el alma? (Cfr. Mateo 16,26). Lo perfecto consiste en abogar por las viudas y los huérfanos y mirar el rostro de Cristo en todos y cada uno de los necesitados en quienes debemos favorecerlo (Cfr. Santiago 1,27).
¿A quién servimos?
Dado que la gran mayoría de los medios de comunicación social está enteramente al servicio de una comunidad fundamentalmente consumista, los mismos van contra todos los anteriores principios, y la familia bombardeada por ellos se ve seducida por tan nefastas ideologías. Sólo por medio del regreso de la familia a Cristo es que puede operarse el resurgimiento de una civilización del amor.
Antitestimonios
En la lógica del aprendizaje y de la praxis de los valores fundamentales, en orden a una nueva evangelización, en nuestra sociedad nuestras familias deben verse estimuladas por el quehacer político y económico de quienes nos gobiernan. Entonces, la primera misión de todo gobernante, y muy especialmente si enarbola el título de cristiano, debe orientarse a la satisfacción de las necesidades básicas de la comunidad, en busca de ese bien común y renunciando siempre a su propio y personal provecho. Resulta intolerable que quienes han recibido el poder para conducir los destinos de las naciones lo hagan con cálculo empresarial, por medio de componendas y negociaciones que buscan únicamente satisfacer y aumentar desproporcionadamente las riquezas de unos cuantos, despojando a las grandes mayorías, a las que nos corresponde defender, de sus escasos bienes comunitarios.
En su práctica diaria, en las últimas décadas, pareciera que los gobernantes han olvidado o confundido el camino evangélico y han seguido el que atenta contra los intereses supremos de las mayorías, a saber: vender lo poco, que es propio del país, para ponerlo enteramente en manos de los ricos. Es esto lo que percibimos, por ejemplo, en la tramitación del tristemente famoso "combo eléctrico" en la Asamblea Legislativa. Fundamentados en informes de la Contraloría General de la República, hace un año habíamos denunciado este tipo de prácticas que impedían la expansión y el crecimiento normal del Instituto Costarricense de Electricidad, institución insigne, preocupada por la justa y equitativa administración de parte muy importante de nuestra riqueza.
¡Una voz de alerta!
Se anuncia ahora el debate, en la Asamblea Legislativa, sobre la "apertura" en la producción energética y en telecomunicaciones, debate en el cual todos los sectores del país, especialmente los más pobres y desprotegidos, deben participar y ser escuchados si pretendemos vivir una auténtica democracia. Sin embargo, con gran rapidez y en la oscuridad de la noche, quienes pretenden ser los representantes de los intereses populares excluyen al pueblo desoyendo su voz. A su vez, las empresas hidroeléctricas y las grandes transnacionales se abalanzan cual aves de rapiña sobre nuestros ríos, riqueza vital, biológica y energética de todos los costarricenses. Se liberalizan las regulaciones, se permiten las expropiaciones por parte de las empresas privadas a los campesinos y se abandona de golpe y porrazo el sistema solidario de tarifas subvencionadas, base del desarrollo justo y equitativo. Así, entramos de lleno en el imperio de las leyes de la oferta y la demanda, pero de una oferta que harán los empresarios privados de los bienes que nos pertenecen a todos. ¡Menuda manera de hacer justicia!
Gran desconcierto
Es ahí donde nace el gran desconcierto que estamos viviendo en este cambio de milenio. La mentira se nos quiere presentar como verdad, la impunidad como virtud, el robo pareciera institucionalizarse y legalizarse, la esterilización se establece por decreto, se insinúa la autonomía de los menores en materia de educación sexual, los pobres estorban... loado sea el dios dinero.
Vemos con temor el riesgo de que nuestros gobernantes despojen a las instituciones de los valores de justicia, de equidad, de equilibrio económico y ambiental que inspiraron su creación y fortalecieron nuestra vida democrática. Como bien señala Su Santidad Juan Pablo II en la Encíclica Centesimus Annus: "En efecto, si no existe una verdad última -la cual guía y orienta la acción política- entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como lo demuestra la historia" (el énfasis es nuestro) (C.A. 1 mayo 1991).
Porque advertimos con claridad este gran desconcierto es que lo denunciamos, recalcando que pretendemos ser objetivos y oportunos con nuestras observaciones y denuncias, para defender no simplemente una institución o situaciones determinadas, sino a la misma institucionalidad costarricense por los medios más conducentes.
Conclusión
Seguimos preguntándonos en este fin y principio de milenio: ¿Cuál es la verdad inmutable?, ¿las leyes del mercado, moda ideológica que rinde culto al dios dinero, a la riqueza, al poder y que ha demostrado en su corta historia que los pobres no son prioridad?, ¿o la verdad proclamada por Jesús: "Busquen primero el reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por añadidura" (Cfr. Mateo 6,33)? ¿Para promover el desarrollo de nuestra nación será lo más adecuado decretar la esterilización de sus ciudadanos? ¿Para señalar en la educación el valor auténtico del sexo habrá que acudir a la autonomía de los niños, adolescentes y jóvenes respecto de la orientación de sus padres?
Y mientras tales cosas suceden, pareciera que nuestras gentes permanecen imperturbables, no durmiendo el sueño de los justos, sino distraídas en el circo de los festejos populares, olvidándose del pan de su propia suerte, que es la del pueblo mismo. Ante tales actitudes se hace necesaria, entre nosotros, la enérgica llamada de San Pablo a los fieles de la Iglesia de Roma: "Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertar. Nuestra salvación está ahora más cerca que cuando llegamos a la fe. La noche va muy avanzada y está cerca el día. Dejemos, pues, las obras propias de la oscuridad y tomemos las armas de la luz... Más bien revístanse de Cristo Jesús, el Señor, y ya no se guíen por la carne para satisfacer sus codicias" (Cfr. Romanos 13,11-12.14). [ ...]
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El título de este artículo es puesto por Ambien-tico y no por su autor.]Página Principal