Lo que del ideario ecologista

el siglo nos dejó

 

Eduardo Mora

 Los conceptos, valores y nuevas normas de comportamiento que distinguen al siglo XX del XIX en lo atingente a la relación entre sociedad y naturaleza, cristalizaron en el ocaso de los años sesenta junto con el movimiento ecologista, dándole a éste su consistencia ideológica y actoral. La primera mitad larga de la presente centuria, de la que espero salir indemne hacia ningún lugar, fue no sólo de destrucción de natura, que continúa, sino también de ideología dominante contranatura, o sea, de apología de la transformación del entorno natural en materiales de consumo (consumo productivo y consumo final), empezando el paroxismo de esto en el equinoccio del siglo. Ya desde la revolución industrial, verdaderamente, de lo que se trató fue de no dejar títere con cabeza ni debajo ni sobre la tierra.

No es que la nueva ideología de armonización con natura haya cobrado ya la generalidad y la densidad de las conciencias y los cuerpos de nuestros contemporáneos: el saqueo mezquino de la naturaleza sigue confirmando su legitimidad en los actos humanos. Pero, inescamoteablemente, el siglo ya ha sido signado por el anhelo y el propósito de hacer las paces con el entorno ecosistémico.

Efectivamente, aquéllo que emergió en el ocaso de los sesenta, constituyendo coherente conjunto con el hippismo, con la protesta estudiantil, con el renovado feminismo y con otras novedosas corrientes sociales inconformes con la carrera de las ratas en que todos nos encontrábamos y en que seguimos ejercitándonos, fue la ideología ecologista, cosa hasta entonces inédita que en su puro fondo, no sé si como tejido básico o como asidero racional de la nostalgia, tenía un menjurge compuesto por los decimonónicos naturismo y preservacionismo, y por el anarquismo. Apeteció, entonces, restablecer la comunidad precapitalista: reconquistar la armonía con la naturaleza, la armonía intranaturaleza y la armonía humana -sin que nos importe aquí cuánto de esto realmente existió en y antes del XVIII. Claro que, a la sazón, no se clamó por el desarrollo sostenible: es que no se quería desarrollo alguno, lo que tentaba a los ecologistas era el retorno sostenible al pasado, no los viajes tecnológicos al futuro sino la circularidad ecosistémica, la placentera lentitud de los naturales flujos de energía, el regreso al paraíso.

Pero en los años ochenta aquella desenfadada postura respecto de las relaciones entre humanos y ecosistemas, que comprendía una explicación laxa y una propuesta de acción poco política -en el sentido más usual o coloquial de este término-, fue tornándose posibilista, o sea, menos utopista, desembarazándose de reivindicaciones como las de autogestión administrativa y económica de las comunidades, de renuncia a las tecnologías duras, de achicamiento de las unidades productivas e integración de los asentamientos humanos al medio natural... De todo esto, por supuesto, queda huellas o trasuntos en el movimiento ambientalista actual, y por eso se le sigue llamando ecologista, mas lo central ahora, en el enfoque que las élites y las mayorías tienen sobre la interacción entre sociedad y naturaleza, es el desarrollo. Se insiste en que éste debe continuarse, resguardando la solvencia proveedora de la base de recursos naturales y procurando no malograr los ciclos ecológicos principales; se hace hincapié en que debe estimularse ininterrumpidamente y con más fruición el crecimiento económico, aunque éste suponga e implique el aumento de la explotación de la naturaleza y el alza del consumo, que inexorablemente llevan aparejados más desequilibrios ecosistémicos, pérdida de biodiversidad y mayor generación de desechos -la contaminación-. Pero a estas lacras se les intenta disminuir o paliar acicateando eficazmente el desarrollo tecnológico.

Esto es lo que nos ha quedado y con lo que traspasamos la frontera del siglo. La ideología del progreso, desnudada y rechazada por el ecologismo primero, ha ganado todo el terreno que treinta años atrás los atormentados por la crisis ambiental le negaban; la vastedad del contingente de los preocupados actuales ve conciliada la protección del medio natural con el desarrollo, con el progreso (que hasta ahora ha sido concebido como avance sobre lo natural en general, sobre lo anticivilizatorio).

El punto de llegada de esta evolución del ideario ecologista pudo haber sido más altruista, menos frío, más uterino o menos crematístico. Mas el equipaje de principios y saberes que nos ha quedado, el propio de un ecologismo disminuido y alivianado, a los sabios mayoritarios les parece suficiente para aun remontar el próximo siglo, jadeantes.

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