Los subdesarrollados ponen la pureza y los industrializados el negocio
Damian Alin
Cuando a Marilyn Monroe le preguntaron qué se ponía para dormir, la pieza de arriba o la de abajo del pijama, respondió al atrevido periodista: "Yo sólo uso unas gotas de Chanel número cinco para ir a la cama".
La voluptuosa actriz, símbolo sexual del cine norteamericano por muchos años, tal vez ni suponía que su fragante compañero de almohada no provenía precisamente de los alrededores de la Torre Eiffel, sino de las humedades frondosas del Sur. De una Amazonia a la que ciertos intereses parecen quererle volar definitivamente la tapa de los sesos.
Porque durante más de una centuria, los aromas dulces unos, enervantes otros de la más famosa perfumería mundial, han tenido su base en las selvas tropicales, muy en especial en el palo rosa, cuya madera contiene los más diversos aceites, y que ha sido explotada indiscriminadamente y en muchas ocasiones hasta de forma ilegal por los grandes comercializadores de efluvios.
El palo rosa es sólo un ejemplo. Este árbol alcanza los veinte metros de altura, y la maduración de su corteza y madera se produce luego de las cuatro décadas de existencia. En eso, dicen algunos, se parece al género humano.
Sin embargo, cada vez es más raro encontrar el palo rosa en la Amazonia. Cuadrillas de desmontadores urgidos por las penurias económicas violentan los parajes más recónditos para talar el árbol, arrastrarlo hasta sus caseríos y exprimirle los aromáticos aceites que luego se venden bajo cuerda a los intermediarios. El titulado "exportador" obtiene una ganancia diez veces superior al montero, y las grandes empresas del giro de los aromas multiplican por cien sus entradas.
Existen desde hace unos años, es cierto, componentes químicos que pueden sustituir los aceites del palo rosa, pero para los tradicionales perfumistas y fabricantes la exclusividad es la exclusividad, y lo autóctono y natural se vende y se paga mucho más caro.
No todos reconocen sus culpas. La Chanel no ha declarado formalmente el uso del palo rosa en sus fórmulas, aunque es algo sabido. La empresa aduce que no puede publicar sus secretos de laboratorio para que resulten de provecho a los competidores. Bajo semejante cortina la depredación de la selva continúa.
Biodiversidad y piratería
Nada es ajeno a los negociantes, y lamentablemente el mundo, o buena parte de él, se mueve al compás de lo que tales especímenes imponen.
Durante muchos años los grandes monopolios relacionados con la agricultura utilizaron la química con el propósito de vender la imagen de productividad y progreso en los campos. Para mayores cosechas se recomendó e implantó el uso masivo de componentes sintéticos en abonos. Destinados a combatir las plagas nacieron los pesticidas. Cuando el planeta tocó fondo en la contaminación artificial de aguas, bosques y terrenos, y el hombre en su desespero fijó los ojos nuevamente en la naturaleza y habló de economía sustentable, los monopolios también viraron el rostro para escrutar en un futuro que se toca con las manos. Si la humanidad clama por lo natural, vendamos naturaleza, parece ser el lema actual de las transnacionales.
De mediados de la década de los setenta a la mitad de los ochenta, las grandes empresas agroquímicas cambiaron su perfil, y sus cuantiosos recursos se destinaron a la biotecnología y la ingeniería genética. Desde entonces abundan las semillas transgénicas, los fertilizantes biodegradables, los controles de plagas con base natural. Parecería loable, plausible y aceptable, sólo que todo ello comporta una nueva forma de explotación del Sur.
Hoy la gran carrera en este mundo de competencia por el control de las fuentes naturales se produce entre los oligopolios norteamericanos Dupont y Monsanto. El primero invirtió el pasado año casi cinco mil millones de dólares en compras de pequeños y medianos laboratorios. Mientras, el segundo sobrepasó los cinco mil doscientos millones de dólares con similares fines. Monsanto dedica cien millones de dólares anuales en investigación solamente en su sede central.
Junto a la concentración de poderes, que supone monopolio de estudios y análisis, producción y comercialización, se lleva a cabo la gran estafa con respecto a los empobrecidos proveedores y a la vez consumidores del Sur.
Sólo en materia de insectos, afirman estudios recientes divulgados en Brasil, ya fueron sacados de la Amazonia al exterior más de doscientas mil especies, unos por caminos legales y otros de contrabando. Algo similar ocurre con los peces ornamentales extraídos de las cuencas selváticas y que, como el caso de los Acar-Discos, oriundos del río Negro, tributario del Amazonas, se venden en el Norte a ciento veinte dólares el ejemplar.
También en Brasil, uno de los países con mayor biodiversidad del planeta, la mitad de las 60 mil especies vegetales de sus selvas ya están patentadas por las grandes transnacionales. En Europa y Estados Unidos los laboratorios han formalizado la propiedad sobre las bondades curativas de 30 mil plantas tradicionalmente usadas por los indígenas amazónicos. Por supuesto, ni un dólar llegó a las tribus ni al gobierno brasileño, y ahora todo es al revés. Quien desee consumir los medicamentos contentivos de las propiedades de dichos vegetales, debe pagar al "dueño legal" en cuestión.
Los actos de piratería biológica han llegado a tales términos, que se conoce de extracciones de sangre realizadas a miembros de tribus indígenas en diferentes naciones del Sur con el propósito de sintetizar antígenos naturales presentes en sus organismos.
Prácticas semejantes se han llevado a cabo con los indios yaquis, de la Amazonia; con tribus colombianas y con integrantes de comunidades andinas. Bajo el manto de "ayuda médica", modernos vampiros armados de jeringuillas y tubos de ensayo se internan en las selvas y montes para lograr muestras de sangre de grupos humanos en abierto contacto con la naturaleza y alejados del ambiente contaminante que caracteriza al Norte.
Los datos afirman que entre 1974 y 1985, los recursos genéticos que fueron a los laboratorios provenían, en el 91 por ciento de los casos, de las naciones subdesarrolladas y en el nueve por ciento de las industrializadas. De ese flujo de germoplasma, es decir, de nuevos rasgos genéticos utilizables en los más diversos fines científicos y económicos, mucho más de la mitad pasó a ser patrimonio del Norte.
Marilyn Monroe, amante del Chanel número cinco para perfumar sus sueños, murió al final vacía y aturdida. Los bioladrones parecen encaminados a reproducir la amarga tragedia, con el Sur en el aparente papel de suicida.
[
Tomado de Bohemia del 13 de agosto de 1999, año 91, nš 17.]