Basura, industrialismo y subjetividad

 Juan Félix Castro

 A la memoria de María del Mar, Oscar y Jaime, quienes con su vida demostraron que la lucha por el saneamiento ambiental sobrepasa las acciones de reciclaje, de reducción en el origen, de reutilización, etc., para encontrarse con un referente político que la vuelve subversiva y peligrosa. A A.E.C.CO y SHURAKMA en su encuentro cotidiano con la utopía a través de su gestión.

 

Basura: concepto y significado

Examinemos este concepto y veamos qué connota en su acepción más extendida y cotidiana. Si preguntásemos de qué se trata es probable que la respuesta se dirigiría hacia algún tipo de objeto, cualquiera que éste fuera, que careciera de valor alguno. Es decir: despojado de lo que algún día fue su valor de uso y su valor de capital; algo que no sirve para nada: no puede ser canjeable, ni transferible ni negociable. Ago para ser lanzado, expulsado. Simplemente, en el universo exuberante de las mercancías no hay lugar para tal cosa. De lo dicho hasta aquí saltan unas interrogantes: ¿es posible que exista semejante objeto?; puede la naturaleza crear algo que no sirva absolutamente para nada? Como se ve, hay un cuestionamiento a la funcionalidad de los objetos y a la razón de su existencia. Pero no incurramos en un razonamiento falaz: como entidad, o sea, como objeto que es, sí ocupa un lugar dentro del orden universal de las diversas entidades que conforman este mundo. En tanto desecho comporta un potencial caótico, destructivo para una sociedad que transforma en basura lo que no es comercializable de algún modo. Como pertenencia y propiedad el objeto-basura, en sí mismo, no tiene sentido, sí lo tiene en cambio como infección social, como referente de caos y de autodestrucción de la especie humana que amenaza con liquidarse a sí misma ahogándose en los excedentes inservibles de la lógica de mercado. También tiene sentido en la medida que inspira la construcción de otras mercancías: basureros, escobas, recogedores de basura, camiones recolectores, etc., y toda una gama de relaciones comerciales dadas a partir de la existencia del objeto-basura. Sobre este enunciado se levanta una premisa: no es posible abordar la temática de la basura como un hecho aislado en la medida en que no se puede acabar con el problema soslayando el entramado de relaciones emergentes de su seno. En una palabra, cuanto mayor se hace el problema tanto más produce y extiende sus tentáculos en dimensiones diversas de la existencia.

Por otra parte, siendo la basura algo que carece de valor en sí mismo, el concepto puede ampliarse, pues todo aquello percibido como objeto sin valor se incluirá dentro del conjunto de entidades que componen la totalidad de las cosas, en cuenta los seres humanos. Obviamente no todos, sino aquéllos incapaces de ser productivos para el sistema de mercado: los incompetentes. Por eso en Colombia una población de niños y jóvenes con problemas de indigencia, de adicción y delincuencia han sido denominados como "desechables".

La significación del concepto basura encuentra resonancia, entonces, sólo dentro de un modo de convivencia cuyo motor es el industrialismo que intensifica y multiplica las relaciones mercantiles. Mientras la Revolución Industrial despejaba los horizontes del progreso y del capitalismo moderno, arrastraba consigo la simiente de la cizaña de la basura. La basura es hija del industrialismo. Las sociedades precapitalistas y preindustriales no podían tener un significado similar del concepto basura como el de hoy. Mucho menos las sociedades aborígenes donde la relación ser humano-medio ambiente era de integración. Un contundente y hermoso ejemplo de ello lo constituye la famosa carta del Jefe Seattle dirigida al presidente Franklin Pierce en 1854. Tampoco las culturas indígenas de nuestra región constituían una excepción. Y es que la basura sólo alcanza su status cuando la contaminación que provoca es motivo de preocupación, razón por la cual en las sociedades preindustriales este concepto no contaba con las atribuciones que se le otorgan hoy en día.

Industrialismo y mercado

El sistema de mercado produce para generar desechos y luego entabla negocio para recolectarlos, ubicarlos en algún sitio y darles tratamiento. Y cuando esos desechos son negociables entonces dejan de ser basura y se convierten en mercancía. Esto se hace si la comercialización es rentable, porque cuando no lo es el objeto mantiene su condición de basura. En nuestro país, por ejemplo, las transnacionales pagan cantidades míseras por los objetos reciclables y reutilizables, tanto así que sólo organizaciones con fines altruistas y preocupadas por el desarrollo ecológico recuperan material esparcido por el territorio a costo del sacrificio personal y de programas de voluntariado. Con la promoción de este negocio la industria ahorra materia prima con la que se fabrican los recipientes, se desculpabiliza por la contaminación que causa y adicionalmente, como en cualquier otro negocio, las relaciones desiguales se presentan con arreglo de quienes más pueden en detrimento de quienes menos tienen. Los perdedores siguen siendo los realmente preocupados por la contaminación que con su actividad intentan y creen estar haciendo algo por mejorar las relaciones entre el sujeto y su hábitat.

La ecología se ha convertido en negocio y se ha vuelto moda. En el momento de aparecer la contaminación como amenaza apocalíptica e iniciarse la discusión sobre el deterioro ambiental, en ese mismo instante se iluminan las mentes de los comerciantes que vislumbran incontables formas de hacer dinero. Participar de campañas impulsadas por la publicidad oficial en favor del saneamiento ambiental es señal de estar a la moda y de una sensibilidad artificiosa por dicho problema, cabe decir, una forma de interesarse de la manera más desinteresada. La cultura light o cool de la posmodernidad cuyo lema es "tener para deshacerse", a través de la propaganda convoca a consumir para sub-utilizar todo tipo de productos y entre éstos los fabricados con base en material reciclado; con ello genera ingresos de la mercancía que degeneró en basura para continuar produciendo otros tipos de basura que no será reciclable y tampoco reutilizable. La cultura moda (Lipovetsky, 1996) estimula a lanzar a las calles y a los campos cuanto objeto deje de ser de uso del momento. Los grandes jeques de la industria asentados en los países desarrollados ponen coto al tiempo y con criterios establecidos según pérdida-ganancia y producción–consumo definen los períodos de vida útil de todas las especies del mercado. Cuando algo no está de moda es propenso a ser basura, en la mayoría de los casos sin distinción del artículo que sea. Así se forman eslabones que a su vez forman una gran cadena en cuyo final no se encuentra ninguna solución al problema. De manera que recoger objetos comercializables no es contribuir al saneamiento del medio, debido a que no se está recolectando basura sino mercancía. La basura es un residuo inservible y como inservible que es no corresponde a ningún lugar.

Se desprende de lo expuesto que la problemática de la basura no puede ser resuelta en tanto los intentos de solución estén sujetos a los mecanismos y leyes dictadas desde el sistema de mercado. Mientras esto suceda el industrialismo incentivado por el sistema de mercado continuará señalando el rumbo hacia el cual debe dirigirse la actividad de descontaminación. No importa cuánta basura (o más bien mercancía) se recoja y/o se procese; por un lado la lógica mercantil seguirá produciendo basura y por otro lado una parte de ésta la transformará en mercancía que sirve como negocio en sí misma o como inspiradora de negocio engendro de más basura. El resultado es un ciclo de oscilación infinita que no se separa del radio de las relaciones mercantiles y que no contribuye a salvar ese escollo atravesado en la marcha conservacionista, pues lo conceptualizado como basura seguirá existiendo e incrementándose al ritmo de la variable producción-consumo. Emerge de esta manera un dilema de proporción magna para muchas personas y grupos ecologistas: ¿están contribuyendo al saneamiento ambiental o se ubican como comerciantes en uno más de los negocios que ha patentizado el mercado? Conviene advertir, por otra parte, cuando se carece de claridad al respecto, la propensión al activismo puesto de manifiesto en campañas de recolección, educación ambiental, etc., abordadas ingenuamente en perspectiva de fortalecer y perpetuar las relaciones mercantiles con el negocio de la transfiguración de la basura en mercancía. La máscara ha quedado al descubierto: se distinguen dos énfasis en esta contienda ecologista. En un primer plano la necesidad de la erradicación de la basura en procura de saneamiento, y en un segundo plano la instrumentalización de esta necesidad en proporción de que algunos llenen sus arcas aprovechándose del oficio humanitario. Salta a la vista una paradoja en este sentido cuando se advierte que la cura forma parte de la misma enfermedad, mientras el agente que supuestamente otorga la medicina es el mismo que propaga la infección: la sociedad de mercado y su desarrollo industrial desmesurado. Cuando los ciudadanos advierten la existencia de este ciclo pierden la esperanza: "de todos modos las fábricas seguirán produciendo basura por más que la juntemos". Indiferencia y desesperanza saltan a la vista en esta expresión popular, pero su origen, en parte, no deja de contener alguna forma de enlace con la realidad contundente de los efectos del industrialismo moderno.

Como salida utópica de este problema sólo cabe pensar en el remedio mediante la articulación de un universo de referencia no determinado por la dinámica de mercado. Las personas y grupos ecologistas no deben orientar su acción hacia la transmutación de la basura en mercancía sino más bien a la erradicación total de la misma. Esto es posible exigiendo un cese o una modificación significativa a la producción industrial y estableciendo la presión estatal correspondiente. El desecho debe ser de constitución biodegradable para que la naturaleza, como la publicidad estima, sí sepa qué hacer con eso; sólo entonces este tipo de excedente hallará un lugar incorporándose de pleno al medio, o bien, avanzar hacia un modo de industrialismo que no necesite de la producción de basura. Paralelamente, el saneamiento ambiental, en principio, no debe ser un asunto de negocio sino más bien de lucha por la perpetuación de la vida.

Orden natural y basura

Uno de los puntos álgidos de la teoría holística (Capra, 1982) propone una visión de mundo y naturaleza articulados como un organismo viviente, donde todas las entidades desempeñan su función en relación con un ordenamiento de sistema. Con arreglo a este orden los diversos componentes que integran el sistema cumplen un papel similar en cuanto a la importancia de cada uno frente a la totalidad, pues si una de tales entidades se viera afectada modificaría o colapsaría toda la estructura. El daño es percibido por todo el organismo. La interacción entre los entes sirve como herramienta de monitoreo que le permite al organismo estar pendiente del desarrollo general del sistema. El sistema y sus componentes conforman una unidad inseparable y todas las partes están en función del todo; es en esta relación que encuentran sentido en sí mismas y se diferencian a su vez del todo y de las otras partes. Lamentablemente, la visión de mundo vigente ignora o desatiende esta óptica. Más bien predomina un concepto de mundo y forma de aprecio por la vida mediado por la fragmentación en sus múltiples expresiones. En el actual estado de cosas los diversos componentes que identifica el ordenamiento social operan aisladamente y en correspondencia consigo mismos y no frente a la totalidad. La diferencia entre una entidad y otra la determina el poder de una en detrimento de la otra y no la especificidad de cada una en su función y de cara al sistema, como sucede en la perspectiva holística. Lo perjudicial de esta situación radica en que cada parte se anula a sí misma mientras intenta conservarse si pierde de vista su vínculo con la totalidad, en la medida en que su carácter y potencial devienen de la totalidad. Prescindiendo de dicha condición las entidades figuran decadentes.

En efecto, en esta relación de hechos ha sido tomada en cuenta la naturaleza. El ser humano se ha servido de ella hasta la saciedad pasando por alto su condición de entidad imprescindible para la perpetuación del sistema. La perspectiva humana ha reducido la naturaleza a un abastecedor de recursos para la satisfacción de caprichos y ambiciones; por eso la relación con ésta es mediante el ejercicio del poder. Aquí encuentra sentido la idea de someterla y expropiarla. Valga decir, esta forma de acercamiento es parecida a la mayoría de las relaciones humanas practicadas en la actualidad e implica un desarrollo de la personalidad orientado hacia el tener (Fromm, 1996) por encima de la necesidad de ser.

Ahora bien, la capacidad de raciocinio con la cual ha sido dotado el ser humano, a la par de su indumentaria sentimental, lo faculta para establecer juicios de valor respecto a la razón de la existencia de las cosas. En virtud de estas capacidades se ubica en un nivel superior a la naturaleza y a todo lo que de ella proviene. De este modo, al considerarse la naturaleza incapaz de expresar sentimiento alguno no hay miramientos para respetarla: no hay dolor, no hay resistencia, no hay súplica, culpabilización ni indicios de empatía. Esto no excluye que en algunas personas pueda inspirar tales sentimientos. Lo expuesto no sería un problema si el ser humano reconociera la importancia de la misma en torno de su lugar y su especificidad en función del sistema, pero los hechos dicen otra cosa.

Debido a la incapacidad humana para percatarse de la dinámica de cambio cíclico inmanente a la lógica de la naturaleza es que se suele clasificar al desecho orgánico como "basura", mientras se revuelve con aquélla. Se pasa por alto el hecho de que el desecho orgánico constituye un elemento en transición. Del mismo modo que la oruga transmuta su ser en mariposa, así el desecho orgánico comporta una entre las tantas formas en que la naturaleza exhibe sus metamorfosis.

Subjetividad y basura

La novela de Fernando Contreras Única mirando al mar describe las relaciones humanas experimentadas por personas que han sido excluidas del modelo de vida impulsado por la dinámica de mercado (véase: Gutiérrez, 1999). Todos los protagonistas son individuos que por una u otra razón han dejado de ser funcionales, competitivos o productivos de acuerdo con las exigencias del ordenamiento social vigente. El basurero es para ellos su medio ambiente, en éste se desarrolla su cotidianidad y, en consecuencia, la reproducción de su vida. El autor sugiere que este contexto puede ser concebido como un mundo paralelo donde se gestan interacciones y vivencias que pasan desapercibidas para quienes habitamos dentro del orden. Como mundo aparte, se rige por valores éticos y estéticos contrastantes con los integrados comúnmente a nuestras subjetividades. Se puede afirmar, también, que delimita una subcultura o contracultura, según sea el lente que utilicemos para extender nuestra mirada. Sin embargo, hay algo que todos comparten: el hecho de que la vida se haga posible sólo en cuanto asuman su condición de desecho, es decir de basura humana.

En tanto basura que convive entre la basura, los personajes hacen su vida llevadera e incluso a veces satisfactoria. El basurero constituye para ellos su universo de referencia. Todo cuanto es permisible se ofrece desde aquí. Pero no porque su vida sea llevadera y satisfactoria está exenta de sufrimiento: la etiqueta de la exclusión desborda sus subjetividades, mientras miran al mundo del mercado como un anhelo frustrado. Reconocerse en condición de desecho implica pagar la factura del esfuerzo traumático que conlleva mirarse a sí mismo desde el ángulo de la repulsión. Para los buzos no hay otra forma de subsistir si no es a través de la ruptura con el mundo convencional; éste es percibido ajeno e inexpugnable para los habitantes del basurero. Los habitantes del basurero han llevado a cabo una renuncia contundente a la satisfacción de las necesidades básicas, arrastrando consigo la pérdida correspondiente de la dignidad humana, pero también se han visto forzados a renunciar, simultáneamente, a la satisfacción de las necesidades creadas por la lógica de consumo. Por tanto, el mundo de los buzos es un mundo autista y psicotizado.

La alusión a esta obra tiene por cometido develar la existencia de ese segmento de la condición humana capaz de relacionarse con el desecho y la putrefacción como efecto de un desarrollo emocional bloqueado por las relaciones de mercado. Aspecto de nuestra personalidad oculto gracias a la mediatización de la cultura, pero que se torna evidente cuando contaminamos tirando basura. De aquí se desprende una hipótesis: lanzar basura al medio materializa una forma de violencia. Se tira basura como un mecanismo psicológico de protesta contra aquella sociedad que en su dinámica anula la personalidad, despojándola de la capacidad de construir relaciones horizontales con el medio ambiente y con los otros coaccionando el desarrollo óptimo del sujeto. Producir y lanzar basura distingue una nueva forma de violencia, esta vez en perjuicio del medio ambiente. La violencia estructural (véase: Martín-Baró, 1992) es la causa de esta nueva expresión de violencia. Cuando el individuo es objeto de opresión por la estructura social se ve en la necesidad de reafirmarse en su ser desatando modos violentos y agresivos de interacción con los demás y con el medio como efecto de la imposibilidad de hacerlo por la vía más saludable. La contradicción entre lo que se ofrece en lo abstracto y lo que se puede poseer en lo concreto crea un abismo patógeno que sacude la personalidad y la vuelve propensa a la violencia y la agresión. La falta de educación, no sólo en este sentido sino en todos, lejos de negar este principio lo valida. La condición de ser humano exige una formación integral y la satisfacción de sus necesidades básicas, por eso el bienestar de nuestro medio pasa por nuestro propio bienestar. Por tanto, las campañas de educación ambiental deben implicar, en la mayor medida posible, la puesta en escena de la problemática general de la sociedad actual en relación con el asunto de la basura y el saneamiento ambiental. La basura surte un efecto similar al que provocaría una úlcera en el cordón umbilical que conecta al ser humano con la naturaleza. La basura denota una interferencia en el canal de comunicación entre hombre y medio ambiente. Supone un objeto sin lugar haciendo presa entre las relaciones mercantiles y la naturaleza.

Basura e identidad en la

posmodernidad

Uno de los cambios importantes que se han vivido en la década de los 90 en nuestro país ha sido el desplazamiento de los afectos del orden natural al orden de lo artificial. El desarrollo de la informática, de los juegos de vídeo, del cine, de los vídeo-clubs y de la tecnología en general, aunado a la reducción de espacios al aire libre, a la indisponibilidad de tiempo, al alto costo de la vida y a las dificultades de la mayoría de los costarricenses para trasladarse a sitios de recreación y esparcimiento auténticamente naturales, han provocado como consecuencia una reorientación de los afectos. Antes de la década actual la vida vertía su esencia a lo largo de las áreas a campo abierto y de los patios de las casas y el sujeto, en el desenvolvimiento y construcción de su personalidad, interactuaba con el medio haciendo depósitos afectivos en los diversos objetos que poblaban su entorno. Es así como era posible el establecimiento de comunicación con la naturaleza. Los niños podían ser amigos de los árboles, visitar y escoger sitios donde proyectar sus fantasías y tener animales preferidos con los cuales compartir vivencias (no las mascotas de hoy en día que se compran con el objetivo de alivianar la carga de estrés y como símbolo de status). Cumplían este papel las pozas donde se aprendía a nadar, el potrero en el cual se jugaba, el cielo a través del cual se seguía a la luna, las estrellas que intentaban contarse y el perro que servía de amigo y acompañante en las caminatas. Todos se constituían como elementos de la naturaleza cargados de afectividad. La estructuración del yo de algún modo comprendía la interiorización de una forma específica en que la naturaleza representaba algo del sujeto que crecía y se desarrollaba en su seno. Un vigoroso sentido de pertenencia se forjaba como factor relevante en cuanto dispositivo de establecimiento de identidad al abrigo de la relación individuo-naturaleza. La persona, lejos de concebirse ajena al medio, creaba la potencialidad para protegerlo y perpetuarlo, debido a que una parte de sí misma se instituyó en su subjetividad mediante las atribuciones depositadas en éste. Pero a la invasión posmoderna le sucede la traslación de los afectos. En adelante son los insumos tecnológicos de toda índole los tributarios de vínculos afectivos. Lo inerte y lo inanimado ocupan el escenario de la personalidad humana como los significantes de peso en la articulación de identidades. Dos efectos negativos se ventilan: una suerte de contracción de la subjetividad y un distanciamiento expresado como indiferencia respecto del medio ambiente natural. Vemos aquí una posible causa de la violencia contra éste. En el primer caso la subjetividad convulsa por la conexión con lo simbólico a través de opciones exclusivamente desnaturalizadas y artificiales, en el siguiente caso se sufre de una lejanía forzada respecto del medio natural por falta de condiciones de todo tipo.

Como se ve, los modos de implicación afectiva cambian en correspondencia con el momento histórico. Proviene de la posmodernidad una forma trivial y efímera de relacionarse con los diversos objetos, en cuenta los elementos de la naturaleza. Se ha perdido la intensidad, la inspiración y la posibilidad de asombro como modos de comunión e integración con el entorno natural. En un medio ambiente cada vez más ajeno a nosotros mismos e indiferente se deposita basura porque ya no se puede depositar afecto. Cada vez más crece el distanciamiento entre el ser humano y la naturaleza. Se han abierto ventanas y pasadizos que conducen a la configuración de nuevos espacios físicos y psicológicos de asideros artificiales, corredores virtuales por donde se transita sin tener los pies puestos sobre la tierra y construidos de indumentaria tecnológica. El desafuero industrial en su promesa alucinante de bienestar y comodidad como símbolo de felicidad en complot con la tecnología erosiona cada vez más el vínculo que une al ser humano con la naturaleza. Complementariamente el problema de la basura y la contaminación en general se diluye en el ácido milagroso de la expectativa de que cualquier daño puede ser corregido rindiendo culto a la quimera tecnológica. Lo cierto es que sin indicio de retroceso o de cambio de rumbo el industrialismo echó las cartas y continúa ganando en su trayecto suicida, nos toca ahora sacar el As oculto bajo la manga.

Para orientar la educación ambiental

Resta señalar en este apartado las variables más importantes tratadas en el trabajo que pueden servir de base para el planeamiento y diseño programas de educación ambiental.

A mi forma de entender las cosas, los programas de educación ambiental, así como el diseño de proyectos orientados al saneamiento ambiental deben montarse sobre la base de la visión sistémica de la vida. En este sentido puede diseñarse estrategias de intervención a través de técnicas que propicien la construcción de identidad en el sujeto, de manera que en su interacción con la realidad inmediata éste pueda recuperar o dotar de contenido a su personalidad, mediante una distribución de los afectos extendida hacia los diversos elementos que forman parte de la naturaleza. Es necesario establecer la distinción entre, por un lado, las relaciones humanas articuladas y, por otro lado, a partir de la lógica de mercado y la fragmentación social desprendida de las mismas, y, por otro lado, la dinámica sistémica que rige a la naturaleza.

Ahora bien, las campañas de reciclaje, reutilización, limpieza y descontaminación no deben ser un fin sino un medio. Como actividad paralela a éstas debe articularse un discurso contra el desarrollo del industrialismo tal como se está dando, donde se haga ver la necesidad de cambiarle de rumbo y de que suprima algunas de sus actividades contaminantes más nocivas. Además, es imprescindible tener claridad en el hecho de que siendo la costumbre de tirar basura efecto de la violencia estructural, el abordaje para contrarrestar este hábito debe efectuarse de manera integral y no tratarse como evento aislado. Sobra decir que el trabajo en favor del saneamiento ambiental debe ser interdisciplinario, y que no corresponde solamente a los técnicos expertos en manejo de desechos o de campañas ambientalistas publicitarias; como problema tamizado por otros implica una intervención integral.

Bibliografía

Contreras Castro, Fernando. 1994. Única Mirando al Mar. Farben. Costa Rica.

Fritjof, Capra. 1982. El Punto Crucial. Estaciones. Buenos Aires.

Fromm, Erich. 1996. ¿Tener o Ser? Fondo de Cultura de Cultura Económica. México.

Guatari, Félix. 1996. Caósmosis. Manantial. Buenos Aires.

Gutiérrez, Germán. 1999. "Globalización y Subjetividad: 'buzos' y sujeto rebelde". En PASOS N° 81, D.E.I. Costa Rica.

Lipovetsky, Gilles. 1996. El Imperio de lo Efímero. Anagrama. Barcelona.

Martín-Baró, Ignacio. 1992. Psicología Social desde Centroamérica: Acción e Ideología. U.C.A. El Salvador.

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Juan Félix Castro es psicólogo. 

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