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Presentación
En
esta edición de Ambientales se retoman, desarrollándolos,
varios de los temas que sobre áreas silvestres protegidas
se tocaron en las ediciones de Ambien-tico de septiembre y octubre
pasados: reorientación de la gestión de las áreas
sobre nuevos principios, rentabilización de ellas mediante
la implantación de actividades económicas (inconveniencias
y posibilidades) y participación comunitaria y -en general-
social.
Pareciera que tras la adopción del enfoque por ecosistemas
por parte del Convenio sobre Diversidad Biológica, acordado
hace unos cuatro años, y el 5° Congreso Mundial de
Parques, recientemente celebrado, entre la mayoría de los
especialistas y los dedicados al tema de las áreas silvestres
protegidas no caben ya muchas dudas respecto de que éstas
han de contar, en su gestión, con la participación
de las comunidades vecinas (o en aquéllas contenidas),
las cuales, además, han de ser prioritariamente beneficiadas
por las actividades económicas que pudieran -y debieran-
realizarse en dichas áreas. Estos postulados o principios
no son nuevos, pero la fuerza que han cobrado últimamente,
y la debilitación de la resistencia, hace que cada vez
sea más evidente que es a partir de ellos que hay que reorientar
la gestión de las áreas naturales bajo protección.
A tales postulados se suman otros importantes: que la gestión
de tales áreas ha de basarse tanto en el conocimiento científico
-que, se reconoce, es heterogéneo, diverso- como en el
popular (indígena, campesino), y que la gestión
ha de ser lo más descentralizada posible; pero, también,
que la gestión de los ecosistemas, a pesar de la importancia
concedida al factor humano, debe hacerse de acuerdo con los límites
de ellos, priorizando el respeto a su estructura y funcionamiento
y planteándose objetivos de largo plazo (semejantes a los
naturales más que a los económico-sociales), etcétera.
En fin, en esta nueva vuelta de tuerca en la concepción
de las áreas silvestres protegidas y en la reconsideración
de su gestión parece haber una total historización
de tales áreas y de su necesaria conservación, a
la vez que una reivindicación del respeto (que no sacralización)
a los procesos naturales, logrando, aparentemente, la conciliación
entre humanidad y naturaleza en la gestión de las áreas
silvestres.
Por la importancia que en Costa Rica tiene la protección
de áreas -estatal y económicamente y en la ideología
"popular"-, los nuevos planteamientos crecientemente
imperantes en materia de gestión de áreas, elaborados
principalmente por organismos internacionales, han sido recibidos
fervorosamente por los líderes de pensamiento nacionales
en esa materia, máxime porque tales planteamientos -antiautoritarios,
democratizantes y "posmodernos"- no hacen cortocircuito
alguno con lo que, de acuerdo a la idiosincrasia nacional, estábamos
ya potencialmente inclinados a hacer.
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