La celebridad de Franz Hinkelammert se debe
a la fuerza de sus escritos, a una impresionante obra tejida
con una mente lúcida que es hoy un punto de referencia
con el que se puede coincidir o disentir pero de cuya lectura
ningún lector inteligente sale indemne. Hinkelammert
fue de los primeros en desentrañar y comprender la globalización
imperial; En el engranaje de este monstruo que devora los derechos
de las personas -advierte él- opera una lógica
del mercado agresiva y totalizante que conduce la economía
como una economía de guerra, que se rige compulsivamente
por criterios de eficiencia y competencia promotores de la catástrofe:
exclusión, socavación de las relaciones sociales
y destrucción de la naturaleza. Es el huracán
de la globalización que, al cortar la rama de la vida
sobre la que descansamos, empuja al suicidio colectivo. La estrategia
de acumulación -llamada globalización- del capitalismo
salvaje que vivimos quiere el dominio total, acelera el automatismo
autodestructor del mercado y transforma paulatinamente la sociedad
burguesa en una sociedad fundamentalista que busca imponer sus
puntos de vista en todas partes, por la violencia policial y
militar si es necesario. Los derechos del mercado sustituyen
a los derechos humanos y las burocracias privadas transnacionales
que no reconocen ciudadanos, solo clientes, convierten la democracia
en un mercado de votos que hace imposible la justicia, y un
gobierno mundial extraparlamentario ejerce el poder, sin asumir
las funciones ni las responsabilidades del gobierno democrático.
En un mundo infestado de intelectuales de parodia
sacralizados por el poder, Franz Hinkelammert pertenece a una
saga de grandes pensadores en vías de extinción
que practica el principio de Diógenes: ser la mala conciencia
de su tiempo, el tábano, el guía que rechaza el
compromiso con los dominadores, que desnuda las condiciones
de producción y reproducción de ese proceso de
acumulación que llaman globalización y que invita
a no claudicar frente a la barbarie, a encontrar lo mejor que
hay en la condición humana.
José Merino