
Si bien es cierto la deuda externa es un fenómeno de raíces coloniales que se evidencia ya en el período entre-guerras, no es sino hasta finales de los años setenta y principios de los ochenta que se expresa claramente, cuando las tasas de interés subieron de forma inédita, entre otras cosas como reacción a los problemas económicos –estancamiento e inflación simultáneas- en los principales centros del capitalismo mundial, en particular en Estados Unidos, cuya balanza comercial era negativa y su economía sufría el impacto de los altos gastos en la guerra de Vietnam. El excedente de liquidez en dólares de los países exportadores de petróleo –petrodólares- en esa coyuntura ofreció a los países menos desarrollados económicamente la oportunidad de acceder a créditos abundantes y baratos.
Los principales prestamistas -la banca comercial privada- ven estos préstamos como la mejor forma de rentabilizar su capital y consideran clientes privilegiados a los estados -erróneamente se asume que un estado no puede declararse insolvente económicamente. El uso del dinero obtenido en préstamo varía de país a país, pero generalmente consiste en dotar de armamento moderno a los ejércitos estatales, en impulsar empresas cercanas al gobierno y en realizar algunas obras de infraestructura. El resultado del otorgamiento de numerosos préstamos fue un endeudamiento progresivo de los países menos desarrollados, que mostraron una evidente incapacidad de pago de la deuda. La deuda actual de América Latina es cercana a los $725.000 millones.
La primera señal de la gravedad del endeudamiento fue la crisis de México en 1982. Los años subsiguientes constituirían la "década pérdida" en términos de crecimiento y desarrollo, ya que los países no concienciaron la magnitud del problema y se sigue sacrificando el desarrollo para hacerle frente a la deuda. La banca internacional dejó en manos del Fondo Monetario Internacional los ajustes de las economías para poderlas adecuar a las necesidades de la valorización del capital mundial y surgieron los planes de estabilización y de ajuste estructural que en Costa Rica se iniciaron en agosto de 1985.
El modelo a impulsar por estos planes es el exportador, con un estado muy pequeño, gran presencia de la empresa privada interna y externa, un alto grado de apertura de la economía, nuevos exportables, flexibilización del mercado laboral y modernización del sector financiero.
La deuda ecológica se refiere a un pasivo ambiental originado en la exportación mal pagada -desde la Colonia- de nuestros productos provenientes de la explotación directa de la naturaleza (los precios no incluyen diversos costos sociales ni ambientales, locales ni globales) y en los servicios ambientales prestados gratuitamente -entre los cuales están la producción de agua, la fijación de carbono, la biodiversidad y la belleza escénica, además del conocimiento sobre recursos genéticos silvestres y agrícolas, que nos ha sido sistemáticamente sustraído.
La obligación de pagar la deuda externa y sus intereses tiene un grave impacto en los recursos naturales del Tercer Mundo. Para hacerle frente a aquélla se debe generar un superávit de modo que la producción sea mayor que el consumo, lo que se puede lograr por dos vías: aumentando la productividad por mejora de la tecnología y otros factores, o por contracción de salarios y depredación de la naturaleza, siendo esta última vía la más frecuente.
Los ciclos económicos, en definitiva, violentan los ciclos ecológicos -siendo éstos más de largo plazo y complejos. Las exportaciones de América Latina de los últimos diez años, medidas con los precios internacionales, representan sólo el 5% del comercio mundial, pero la cantidad física de exportaciones de América Latina ha aumentado en 245% en 15 años, y el 65% de lo que se exporta -según Cepal- se basa en la explotación de los recursos naturales propios. Tal flujo exportador, entonces, significa un enorme impacto ambiental.
La deuda ecológica, que actualmente puede aproximarse a diez veces la deuda
externa, no es fácil de estimar en términos monetarios, pero se puede calcular
a partir de los siguientes componentes:
(1) Los costos de reproducción o manejo sostenible de los recursos naturales exportables (por ejemplo la reposición de los nutrientes incorporados a las exportaciones agrarias). (2) Los costos actualizados de la no disponibilidad futura de los recursos no renovables destruidos (por ejemplo la biodiversidad disminuida). (3) Los costos de reparación -no pagados- de los daños locales producidos por las exportaciones (caso de la infertilidad ocasionada a los trabajadores bananeros). (4) La falta de pago de servicios ambientales brindados (costos de reparación de las consecuencias de la importación de residuos tóxicos sólidos o líquidos; el importe correspondiente a los residuos gaseosos absorbidos hasta ahora depositados en la atmósfera -principalmente CO2, que equivale a la décima parte de la deuda externa tomando en cuenta la reducción anual necesaria-; el importe de la información y conocimiento sobre recursos genéticos cedidos gratuitamente).
Incluir hoy el reclamo del pago de la deuda ecológica en los foros internacionales y la política mundial es la mayor contribución que desde nuestros países podría hacerse para empujar a las economía industrializadas hacía la sustentabilidad ecológica.
El autor, economista, es profesor e investigador en la Universidad Nacional.