Con el derrumbe de las torres gemelas empieza la guerra civil global que tanto se había anunciado, y que es una guerra sin posiciones. Los autores del acto, al igual que la sociedad atacada, no tienen ningún proyecto de sociedad. Se trata de un acto que proyecta la miseria del presente hacia todo el futuro.

No hay ningún choque de culturas. El mundo es ya un mundo global en el cual hay solamente subculturas insertadas en una cultura global. Hablar de una guerra de culturas es otro pretexto para no aceptar lo que realmente ha pasado y transformar todo en otra fuente de agresividad. El ataque a las torres no es un ataque externo, llevado a cabo desde otra cultura, sino interno; es, en cierto sentido, un producto de la propia cultura dominante y global cuyos centros se atacó. Ya no hay nada exterior a la sociedad humana mundial. Todo se produce en su interior, aunque mantenga especificidades según la cultura original a partir de la cual estas reacciones surgen. Terroristas como los norteamericanos McVeigh y Unabomber actúan de una manera y el árabe de otra, pero sus actuaciones son paralelas y se nutren de la misma fuente, que no es el mundo global -éste es el espacio en que actúan- sino la estrategia llamada globalización, propulsada por FMI, BM y G7, que actúan con un fundamentalismo sin igual. Tan terrorista es esta estrategia como los terroristas que produce. A un mundo global impusieron una estrategia de acumulación del capital incompatible con la globalidad del mundo, destructora de su naturaleza y sus seres humanos. Para hacerlo, se creó una cultura de la desesperanza acompañada por un antiutopismo y un antihumanismo sistemáticos. La clase dominante jugó su juego como global player de una economía de casino, en el que se jugó con la vida de la gente y con la naturaleza, provocando amenazas globales ilimitadas que hoy penden sobre todos. En nombre de la eliminación de distorsiones del mercado se eliminó cualquier limite para la desenfrenada acción del capital. Con las distorsiones se eliminó los derechos humanos más básicos, que son los derechos a la vida concreta, y con ello se eliminó la dignidad humana, haciendo del ser humano un capital humano.

Las amenazas globales implican circuitos de violencia que dentro de la estrategia son imparables y que crean un automatismo de violencia que desemboca en la vorágine de violencia que estamos viviendo.

La exclusión de la población crea en las regiones más afectadas del mundo situaciones de imposibilidad de vivir, de las cuales se derivan las emigraciones, que son tan grandes que amenazan las regiones menos afectadas por la exclusión, o sea, principalmente, los países del centro. Estas regiones se cierran violentamente frente a las olas de emigración, dando como resultado una guerra sorda en las fronteras entre los países centrales y las regiones excluidas, que todos los años cobra miles de muertos. Cuanto más la estrategia de acumulación excluye, más presionan estas olas de emigrantes y más violento tiene que ser el rechazo de parte de los países meta de las emigraciones. En cuanto logran pasar, se transforman en grupos discriminados que son explotados y despreciados. Sin embargo, logran algo básico: sobrevivir.

En el tratamiento de la naturaleza aparece un circuito análogo. La explotación fragmentaria de ésta lleva a crisis ambientales que desde hace décadas se están transformando en crisis globales: el hoyo del ozono, el aumento del número de huracanes, la desertificación creciente, el empobrecimiento de las aguas y la vida en ellas. Nuevas tecnologías promueven o crean nuevas enfermedades... Para el casino no hay problema: cada nueva crisis promete nuevas ganancias por nuevas inversiones necesarias para reparar los daños de las anteriores. Sin embargo, las crisis resultantes dan otras razones para la migración.

El casino no toma en cuenta lo que pasa con la gente ni con la naturaleza. Tiene un solo criterio, que impone a sangre y fuego: los índices de la bolsa. Una guerra es buena o no, es un éxito o no, según si la bolsa sube o baja. Y si la venganza por los atentados del 11 de septiembre lleva al aumento de la bolsa, aquélla estará bien hecha. Ninguna otra cosa cuenta. Ya no hay servicio de noticias sin información sobre la bolsa. No hay resistencia relevante. La negativa a cualquier alternativa, a cualquier utopía, a cualquier humanismo ha aplastado la conciencia de la gente en el mundo entero. Se ha sembrado la desesperanza para asegurar la tranquilidad de los global players en su casino. Pero lo que cunde no es solamente desesperanza, sino que ésta se ha transformado en desesperación. Se esperaba producir fatalismo, mas la desesperación no es fatalista.

Este terrorismo hace, desde el lado opuesto, lo mismo que el casino, que es tan suicida como aquél, y choca con él reproduciéndolo. El casino lleva al suicidio por la irracionalidad de lo racionalizado, y el terrorismo presenta en forma de teatro mundial -un verdadero Coliseo- la verdad del casino.

Nuestra sociedad hace todo para no entender el fenómeno. Se inventa otra vez una lucha entre civilización y barbarie, entre democracia y dictadura, entre el bien y el mal, guerra de civilizaciones... Pero se trata de nuestra misma civilización, que desembocó en esta vorágine de la violencia y no genera manera de salir de ella. El problema está adentro, no afuera. Proyectarlo en otros para solucionarlo por la eliminación de ellos, lo reproducirá a un nivel peor.

El atentado de Nueva York revela que el sistema -este casino- ha perdido todas las coordenadas del bien y del mal. Al ser el origen del desastre que se hace presente en los atentados, en rigor no puede condenarlos sin condenarse a sí mismo. Y al no condenarse a sí mismo tiene que aceptarlos como parte del casino. De hecho Nietzsche, que es el analista más lúcido de este desenlace de la civilización occidental, insinúa eso como la solución. El superhombre como global player y verdugo a la vez, que sigue su juego hasta que se revienta todo para desembocar en un eterno retorno. En esta forma, el sistema ya no necesita coordenadas del bien y el mal y está más allá de ellas.

Todos los pueblos condenaron el atentado en nombre de la dignidad humana, incluidos los representantes del sistema y del casino. Pero existe la sensación bastante generalizada de que la condena por parte del sistema no tiene legitimidad, porque la estrategia de globalización que éste aplica desde hace décadas, "eliminando las distorsiones del mercado", es una negación de la dignidad humana. ¿Los representantes del sistema condenan el atentado, entonces, porque fue irrespetado el poder que ellos detentan? Sí, en nombre de eso y de la bolsa de Nueva York, porque condenar los atentados en nombre de la dignidad humana no pueden hacerlo quienes la niegan en su esencia. Ya el sistema no tiene Norte; antes indicaba una dirección que, por falsa, se podía corregir, pero ahora la aguja de la brújula gira y gira enloquecida. El vértigo que todos sentimos se debe a eso. Los efectos indirectos de la estrategia de globalización han llevado a un punto en el cual la reacción al sistema se hace tan irracional y extrema como el sistema mismo. En este terrorismo el sistema se contradice a sí mismo. Los opuestos coinciden.

El movimiento en favor de alternativas mostró a tiempo lo que hacía falta hacer, y la actual catástrofe lo comprueba. Hay que reforzar este movimiento para evitar catástrofes peores. El sistema es un conjunto doble, compuesto por la irracionalidad de la estrategia de globalización y por la irracionalidad del terrorismo. Ninguna de estas irracionalidades se puede superar sin superar la otra, y esa superación doble muestra el único camino para estabilizar nuestras sociedades. Lo que se desestabilizaría es el casino, que es el que ha desestabilizado nuestra vida. Estamos entre dos extremos fundamentalistas y solamente la afirmación y realización de un camino alternativo nos permitirá pasar. Los extremos se tocan y su conflicto es aparente. Mediante el conflicto se afirman mutuamente.

Cuando el Dios de uno es el diablo del otro y el diablo de uno el Dios del otro, resulta una lucha a muerte sin destino. Desaparecen las coordenadas del bien y el mal y todo es posible. En esta lucha a muerte todo es posible, porque los que se enfrentan aceptan el suicidio como desenlace. En esta lucha no nos podemos poner de lado de uno o de otro, sino debemos subvertirla, no levantando otro frente de lucha, que desembocaría en lo mismo, sino enfrentando esta sociedad con la necesidad de un consenso sobre la dignidad humana, con el bien común como referencia última de todos los polos en conflicto, como "sociedad en la que quepan todos", la naturaleza incluida.

 

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