Podemos entender la asimetría entre el nivel de vida de los países del Norte y el nivel de vida del Tercer Mundo sólo cuando nos damos cuenta de que desde la Colonia ha habido un flujo permanente de bienes naturales, mano de obra barata y recursos financieros desde el Sur hacia el Norte, flujo que implica la destrucción y contaminación de las fuentes de vida de las comunidades locales nacionales -de donde se extraen los bienes naturales-, la eliminación, desplazamiento o desintegración de comunidades indígenas y campesinas y, por lo tanto, el empobrecimiento nuestro. Todo ese flujo responde a las necesidades de "desarrollo" de los países del Norte, quedándonos a nosotros una destrucción de la que nadie asume la responsabilidad: total impunidad social y ambiental.

A esta grave situación se suma las exigencias de la banca internacional y de desarrollo para que paguemos la deuda externa, en función de lo que se nos presiona a exportar crecientemente sin importar los daños causados ni las necesidades locales y nacionales. Se nos impone el ajuste estructural a través de los condicionamientos del FMI, las privatizaciones, la inversión extranjera para explotar nuestras riquezas, la reducción de los programas sociales, de salud y educación y las políticas de libre comercio. Como afirma Jacobo Schatan (en El saqueo de América Latina), las exportaciones de América Latina aumentaron desde 1980 hasta 1995 en un 245%; entre 1985 y 1996 se exportaron 2.706 millones de toneladas de productos básicos, mayoritariamente no renovables (minerales y petróleo constituían el 88%), y se calcula que en el 2016 las exportaciones de bienes naturales serán de 11.000 millones de toneladas. Entre 1982 y 1996 América Latina pagó $739.900 millones, es decir más del doble de lo que debía en 1982 ($300.000 millones) y, sin embargo, "debe" $607.230 millones.

Frente a todas estas injusticias surge el reclamo de la deuda ecológica. Somos justamente los países "pobres" (paradójicamente poseedores de enormes riquezas) quienes subsidiamos el nivel de vida de los países "ricos". La concentración de la riqueza es la principal causa de nuestra pobreza, concentración que se sigue fomentando mediante los programas de ajuste estructural impuestos por el FMI, mediante las condiciones del Banco Mundial y la deuda externa, con la complicidad de nuestros gobiernos y élites que nos imponen el paquete neo-liberal que ha incrementado drásticamente nuestro empobrecimiento. La solución de los problemas de empobrecimiento social y deterioro ambiental será posible sólo cuando identifiquemos a los responsables de esta destrucción y los detengamos, cuando fomentemos la equidad y la justicia y cuando pongamos topes al enriquecimiento.

La deuda ecológica es la responsabilidad que tienen los países industrializados por la destrucción paulatina del planeta como efecto de sus formas de producción y consumo, características del modelo de desarrollo que se pretende globalizar y que amenaza las economías locales. La deuda ecológica es la obligación que tienen los países industrializados del Norte con los países del Tercer Mundo por el saqueo y usufructo de sus bienes naturales y la destrucción, devastación y contaminación de su patrimonio natural, de su cultura y fuentes de sustento. La deuda ecológica, generada desde la época colonial, se sigue incrementando hasta nuestros días a través de: (1) la extracción de los bienes naturales para sostener la industria del Norte, que está destruyendo la base de sobrevivencia de los pueblos; (2) la apropiación intelectual y usufructo de los conocimientos ancestrales relacionados con las semillas, el uso de plantas medicinales y otros conocimientos sobre los que se sustenta la biotecnología y la agroindustria moderna, por las que, además, tenemos que pagar regalías; (3) la apropiación, el uso y la degradación de las mejores tierras, del agua, del aire y de la energía humana para establecer cultivos de exportación para sostener el consumismo del Norte, poniendo en riesgo la soberanía alimentaria y cultural de las comunidades locales y nacionales; (4) la apropiación ilegítima de la atmósfera al contaminarla con las desproporcionadas emisiones de carbono y otros gases letales de los países industrializados; (5) la producción de armas biológicas, químicas y nucleares que son probadas, vendidas y utilizadas en nuestros países, y (6) la producción de substancias y residuos tóxicos, de organismos genéticamente modificados que son vendidos y depositados en los países del Tercer Mundo.

Mucho se ha hablado, desde los años ochenta, del peso de la deuda externa en los países del Tercer Mundo, pero no hemos reflexionado todavía sobre la dimensión de la destrucción social, cultural y natural que se nos ha causado y que se expresa en la deuda ecológica. Queremos poner en las agendas nacionales e internacionales este tema y constituirlo en herramienta política para pedir la rendición de cuentas a los responsables de la destrucción de la naturaleza de nuestras tierras y de la crisis ambiental global y, sobre todo, para detener su incremento. Queremos fomentar el reconocimiento de que los pueblos del Tercer Mundo somos los verdaderos acreedores de la deuda ecológica. En función de esto, el año pasado en Praga conformamos la Alianza de los Pueblos del Sur Acreedores de la Deuda Ecológica, que reunirá a representantes de los pueblos del Tercer Mundo a fin de establecer la responsabilidad de los países industrializados del Norte, sus gobiernos, compañías y agencias multilaterales, por la destrucción ambiental en los países del Tercer Mundo y del planeta en general.

El objetivo es demandar eficazmente el reconocimiento internacional de la deuda ecológica -histórica y actual- que los países del Norte tienen con los del Tercer Mundo y de la ilegitimidad de la deuda externa -evidenciada por la deuda ecológica-; además exigir a los países del Norte la repatriación del patrimonio cultural (la memoria histórica saqueada) y natural (material genético y biológico); también lograr la restauración de las áreas afectadas, en los países del Sur, por la extracción de bienes naturales y por los monocultivos de exportación, para que las comunidades locales y nacionales recuperen la soberanía sobre su espacio natural y su capacidad de sustentación; asimismo lograr la reducción de las emisiones de carbono y la eliminación total de los productos que generan la erosión de la capa de ozono; también que se elimine todas las armas, productos y substancias tóxicas que atentan contra la vida del planeta y, finalmente, alcanzar el reconocimiento de que la mayoría de los migrantes del Tercer Mundo hacia los países industrializados del Norte son desplazados por los impactos de la deuda externa, de la deuda ecológica y del modelo neoliberal, y que se les otorguen los derechos de los ciudadanos del Norte.


La autora es coordinadora de la campaña sobre deuda ecológica de Amigos de la Tierra Internacional.

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