Desde hace más de diez años en Centroamérica -región que contiene el 7% de la biodiversidad mundial- se da un proceso de integración en materia de políticas públicas para el sector de recursos naturales y ambiente que se orienta a dar lineamientos de política y arreglos institucionales para la promoción del desarrollo sostenible, y que tiene como promotor a la Dirección General del Ambiente y a la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (CCAD) (Foro Centroamericano de ministros).

En 1996, un equipo técnico regional financiado por el Fondo Mundial del Ambiente (Gef) hizo los estudios y diagnóstico pertinentes para la creación del Corredor Biológico Mesoamericano (CBM), en los cuales no quedaba claro cuál era la realidad y las necesidades de la poblaciones asentadas en la vecindad de las áreas protegidas ni de las incluidas en éstas. Esa primera propuesta del CBM se basó en criterios y conceptos que no tomaban en cuenta los grandes desafíos que enfrentan las poblaciones indígenas, campesinas y negras de la región. Por añadidura, fenómenos como los incendios forestales y, más recientemente, el huracán Mitch, mostraron que las áreas protegidas en las que la población no ve un beneficio directo o indirecto son más vulnerables al resultar una especie de tierra de nadie; contrariamente, aquellas experiencias en que se da una interacción productiva con las comunidades adyacentes o presentes en el área tienden a conservarse mejor, muestra de lo cual son las concesiones forestales comunitarias de El Petén, Guatemala, las zonas de frontera agrícola en la región atlántica nicaragüense y el Parque Nacional Palo Verde en Costa Rica.

Esa primera propuesta claramente establecía un desequilibrio en la relación entre zonas de reserva y zonas de producción. Pero en el proceso de gestación del CBM organizaciones como nuestra Coordinadora Indígena Campesina de Agroforestería Comunitaria Centroamericana lograron influenciar para un cambio del enfoque, gracias a lo cual, y a la apertura de algunas instancias oficiales, ya en 1998 la CCAD decía que “El CBM es un programa estratégico para impulsar el desarrollo y consolidación de acciones que promuevan un nuevo equilibrio entre las necesidades de sustento de los habitantes de la región, la dinámica económica imperante y el potencial de recursos naturales de acuerdo a ciertos criterios ecológicos, económicos y sociales”.

En un esquema sin participación de las comunidades las capacidades humanas se ven seriamente rebasadas por las responsabilidades, ya que en teoría a cada funcionario de campo que trabaja en las áreas protegidas en los siete países le correspondería cubrir alrededor de 5.000 ha. Y aparte del problema de personal hay varios otros obstáculos que hacen que la administración y manejo de las áreas protegidas sea poco eficiente en la mayoría de los casos: ausencia de programas de capacitación que responda a necesidades, falta de programas de investigación participativa, equipo inadecuado y presupuesto insuficiente y poca integración de las comunidades de las áreas protegidas.

La estrategia del componente social y productivo del CBM -que siguiendo la Estrategia Global de la Biodiversidad considera la biodiversidad como la totalidad de los genes, las especies y los ecosistemas de una región, que en muchísimos ocasiones han sido modificados por la milenaria acción humana, siendo ésta entonces también parte o complemento de la biodiversidad- plantea la necesidad de articular la propuesta oficial del CBM con una propuesta construida a partir de la riqueza de las experiencias comunitarias, una propuesta que sea reconocimiento, fortalecimiento y multiplicación de esas experiencias en tanto formas de participación real, concreta y productiva de las comunidades.

El llamado componente social y productivo del Corredor Biológico Mesoamericano es una iniciativa que pretende articular los esfuerzos por proteger y conservar el patrimonio de la biodiversidad de la región centroamericana, la reserva estratégica de recursos naturales y el fomento de actividades productivas amigables con el ambiente en las zonas de vecindad de las reservas boscosas y en estas mismas. Tal componente se considera una alternativa dentro del CBM para incorporar a la gente y sus actividades productivas, demostrando que también existe un corredor social y productivo en Mesoamérica que requiere apoyo y fortalecimiento.  


El autor, ingeniero forestal, es especialista en forestería comunitaria y asesor de la Coordinadora Indígena Campesina de Agroforestería Comunitaria Centroamericana.

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