
La sociedad de la ética
de los ladrones es la sociedad que reduce todas las relaciones sociales al cálculo
(los primeros cálculos desnudos son el de la guerra, el del pirata y el de
Pirro), la que ha tratado todas las éticas como distorsiones del mercado y las
ha sustituido por la absolutización de la ética del mercado, rigiéndose ahora
-en el límite- por la ética de los ladrones.
Esta sociedad es la que procura
la sostenibilidad del sistema y no de la vida humana, sacrifica ésta para hacer
sostenible el sistema, pero al sacrificar la vida humana la sociedad y el
sistema devienen insostenibles.
En la medida en que la sociedad
trata a los excluidos a partir del cálculo de hasta dónde aguantan,
como objetos, las relaciones sociales internas a ella –que es la sociedad de
los "integrados"- dejan de ser sostenibles y ella pierde su integración.
El cálculo del límite de lo aguantable acaba con la vida, porque al no saberse
a priori dónde está el límite de lo aguantable hay un sobrepasamiento
respecto de ese límite.
Que no se puede vivir sin que
todos vivan es un postulado de la razón práctica y, a la vez, determina una
praxis, la correspondiente a los derechos humanos de la vida humana. Según
Levinas, la traducción correcta del llamado al amor al prójimo es: Amá a tu
prójimo, vos lo sos –lo cual es posible solamente si se trata de una actitud
más allá del cálculo, y que el mundo sea hoy global significa que aquéllo
sea ahora así en la realidad globalizada misma.
Hay unos nuevos terroristas que
matan, sin razones aparentes, para suicidarse al final. Lo cual de manera
invertida muestra lo que es el ser humano en cuanto sujeto: no mata al otro para
no matarse a sí mismo. Hacen el teatro del coliseo, donde el actor que cae
muerto no se levanta al final para agradecer los aplausos. El mundo actual se
revela en sus nuevos asesinos locos, que nos muestran el espejo, diciendo la
verdad de manera invertida. El suicidio final del asesino es la inversión del:
“Tenés que asegurar la vida de todos para no terminar en el suicidio”. Esos
terroristas son delirantes, pero los delirios tienen lógica (Hamlet: “Aunque
sea locura, método tiene”).
Se trata de teatrum mundi.
Lo que los locos asesinos hacen como teatro real y cruel lo hace nuestra
sociedad en grande: asesina sabiendo que el final será el suicidio. Es nuestro
coliseo, pero al revés: aquél era montado por el emperador y se aclamaba el
crimen representado, éste es armado por la misma gente y no se aclama el crimen
sino se dice: “¡qué horror!”, para luego, como los romanos, sentarse a
comer y seguir la fiesta, que en las pantallas de televisión jamás se detiene.
Los teatros crueles que celebramos oficialmente (guerras promovidas por la Otan
o la Onu) muestran siempre la gran mentira de que podemos seguir con la
violencia sin que tenga consecuencias sobre nosotros, que el asesinato no es
suicidio. Las guerras del nuevo emperador quieren mostrar lo contrario de lo que
muestran los lúcidos locos asesinos. Él tiene la aspiración de poder destruir
a todos sin arriesgar su imperio.
Lo real no es lo que se puede
medir sino lo que se escapa cuando todo ha sido reducido a la medición. Lo no
medible, lo cualitativo, es lo real. Considerar real lo medible es encontrarse
con la nada, y es aquí donde el nihilismo tiene su raíz. Que el asesinato sea
suicidio revela el límite de la calculabilidad, y el límite del cálculo
revela al sujeto, que no es el mismo que el individuo. Éste calcula y -como
individuo o como grupo- defiende sus intereses particulares. La persona en
cuanto sujeto defiende sus intereses también, pero lo hace en la
intersubjetividad establecida por el criterio según el cual la amenaza a la
vida del otro es también amenaza para la propia vida, aunque calculablemente no
haya el más minúsculo criterio para sostener eso. Si el otro no puede vivir yo
tampoco puedo, por lo que nunca se puede imaginar un sujeto solo -Robinson es
individuo y nada más que eso. La subjetividad irrumpe en la individualidad, es
el Mesías que está siempre a la vuelta de la esquina (Walter Benjamin). La
subjetividad es una identidad con los otros, pero una identidad mediada por la
relación vida-muerte del otro y mía. Que el asesinato es suicidio resulta ser
un postulado de la razón práctica y probablemente el único.
En el bien común se hace
presente este sujeto. La persona en cuanto sujeto defiende su interés como bien
común. Por eso el bien común es histórico, no un conjunto de normas fijas
preestablecidas. Si África se abandona, como sujeto sé que eso me afecta a mí
y a mis hijos, aunque no sé cómo. Si me solidarizo, defiendo no sólo a los
africanos sino a mí también. Calculadamente, una afirmación como ésta no
tendría sentido. Pero no se trata de sacrificarse por el otro, sino de
reivindicarse como sujeto, lo cual no se puede sin reivindicar al otro. De esta
reivindicación nace la solidaridad en cuanto praxis, porque al reivindicarse
como sujeto la persona se reivindica en el conjunto de los otros. El otro está
en mí, yo estoy en el otro. Esta intersubjetividad del sujeto -no entre sujetos
sino de todos en cuanto sujetos- es el ser que cayó en el olvido del ser. Es un
ser para la vida, no un ser para la muerte.
Anthony de Mello cuenta una anécdota (según Carlos
G. Vallés. 1987. Ligero de equipaje. Tony de Mello. Un profeta para nuestro
tiempo. Sal Terrae. Santander): Un monje de la India que vive de lo que la
gente le regala como limosna un día encuentra en su camino una preciosa joya.
Como le gusta mucho la mete en su bolsa, en la que guarda lo que la gente le
regala. Y sigue con su vida. Tiempo después, otro monje le pide ayuda porque no
consiguió limosna y está pasando hambre. El monje abre su bolsa y le da del
arroz que le queda, pero en ese momento el segundo monje ve la joya y se la
pide, a lo que el poseedor la saca, la mira y la entrega. El monje receptor la
agradece y se marcha pensando que podrá vivir en abundancia durante el resto de
su vida. Pero al día siguiente regresa donde el generoso monje y le devuelve la
joya, y a la pregunta de por qué, manifiesta: “Quiero que me des algo que
tiene más valor”. El primer monje le responde que no posee nada más, y le
interroga: “¿Qué querés de mí, entonces?”. “Quiero que me regalés aquéllo
que te hizo posible regalarme la joya”, le contesta el monje insatisfecho.
La referencia a ese "aquéllo"
es lo que hace posible la vida humana. Ninguna validez de valores ni, por tanto,
de los derechos humanos es posible si no volvemos a descubrir la refere
ncia a
ese "aquéllo", que es la joya de la cual se trata. Descubrirla no es
solamente una virtud, es a la vez condición de posibilidad de la propia
supervivencia humana. Es el punto de Arquímedes que Arquímedes no encontró.
Eso implica una conversión, no a Dios sino a lo humano -lo que no excluye la
conversión a Dios, pero el criterio para saber si uno se ha convertido a Dios o
no es lo humano.
Llevando nuestra situación al extremo, sin pensar todavía las mediaciones necesarias, estamos de nuevo frente a la apuesta de Pascal, que es la apuesta por la vida y por la felicidad. Tenemos que eligir: el coliseo o la joya.
