Aquella ciudad bucólica de carretas, carruajes y caballos inició una primera modernización en los años cincuenta que condujo al posible primer error urbanístico: la eliminación del tranvía y la apertura del casco metropolitano al automóvil, con el que se comenzó un desarrollo concéntrico que condujo a la construcción de un anillo periférico, el cual, como todos sabemos, tiene más de cuarenta años de haberse iniciado y, sin haberse concluido aún, ya está totalmente obsoleto.

El crecimiento urbano continuó y empezó a absorber otras comunidades. Aunque el concepto de los greenbelts y las ciudades jardín estaba en boga en Europa, no se contempló ninguna división territorial que sirviera como colchón, como protección ambiental y como resguardo a la identidad de la comunidad. El resultado fue la pérdida de esa identidad y el constante crecimiento de esa mancha urbanística que convirtió a los cantones circunvecinos en dormitorios adheridos al caos urbano de San José.

Con la promulgación de la Ley de Planificación Urbana se dotó al país de un instrumento que pudo habernos permitido crecer con un ordenamiento territorial que fuese complementario con las necesidades socioeconómicas del país y con el ambiente. Sin embargo, la ley literalmente se engavetó por décadas y no fue sino hasta en 1984 que se creó, vía decreto, el Gran Área Metropolitana y su área de protección. El G.A.M. contempla 44.000 hectáreas del valle intermontano central y su anillo de protección unas 152.000 ha. Se puede decir que este decreto es lo más importante que se ha dado en la historia de Costa Rica en materia urbanística. Lamentablemente, tal intento de macroplanificación no contempló un proceso inmediato de seguimiento de ordenamiento territorial y a la fecha las municipalidades que cuentan con algún tipo de planificación o de plan regulador son una minoría.

Recientemente se promulgó un nuevo decreto que por su  redacción podría afectar esa área de protección en forma inconveniente e irreversible. Según éste, las 152.000 ha de anillo protector quedarían sujetas a la interpretación casuística de la palabra "o" para que determinados terrenos queden sujetos a la construcción de urbanizaciones de alta densidad. Ante esto, la Dirección de Urbanismo y la Junta Directiva del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (Invu) han llamado la atención del Poder Ejecutivo sobre la necesidad de realizar un estudio serio y cuidadoso antes de permitir que los actuales límites del anillo protector sean vulnerados y éste sea abierto a la urbanización.

Debe recordarse que el establecimiento del G.A.M. se da como un anteproyecto para  el posterior trabajo de planificación, para el cual nunca hubo voluntad política. Esta abulia ante la planificación urbana se materializó aun más con la intromisión de la politiquería en materia de vivienda. La construcción de decenas de miles de casas de interés social con fines electoreros, siguiendo un patrón puramente numérico, vino a complicar y a convertir los alrededores de San José en áreas dedicadas a verdaderos tugurios de concreto, aumentando aun mas el caos urbano.

El anillo periférico del G.A.M. no es la Gran Muralla China, como lo interpretan algunos, ni debe continuar siendo un simple trazo hecho con un pilot como lo interpretan otros. Es hora de estudiar cuidadosamente ese anillo y ajustarlo a límites más razonables para el desarrollo socioeconómico de las comunidades, además de definirlo en referencia a calles públicas y elementos geográficos determinados -como los ríos, bosques y montañas-. Su ampliación, si fuera necesaria, debiera darse en áreas definidas con reglas de juego claras en pro del control ambiental, como podrían ser densidades limitadas, la exigencia de plantas de tratamiento y medidas de compensación ambiental -si fuesen del caso-. Esto se logra únicamente a través de un proceso de planificación serio y continuo.

Para aquéllos que estimulados por los procesos de globalización creen que la planificación es contraria al desarrollo, cabe recordarles que no existe ningún país desarrollado en el mundo que no cuente con un ordenamiento territorial adecuado a su desarrollo socioeconómico. A la vez, sería poco realista pensar que la mancha urbana va a dejar de crecer, por lo que se podría estimular la densificación de los cuadrantes urbanos mediante el estímulo de viviendas en condominio de tres y cuatro pisos, además de un programa de renovación urbana que le devolviera la vocación residencial a los múltiples barrios dentro del casco urbano. Pero dejar el área de protección del G.A.M. por la libre sería un craso error que nos cobrarían las generaciones futuras.


El autor, arquitecto, es miembro de la Junta Directiva del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo (Invu)

 

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