
La iluminación y las revoluciones burguesas no hicieron
rebelión en el cielo sino que lo destituyeron, pero en el mismo movimiento lo
sustituyeron recuperándolo en una dimensión diferente. En el lugar del cielo
religioso transmundano pusieron el progreso infinito, producto de una alianza
entre tecnología y empresa, laboratorio y fábrica. Constituyeron una religión
intramundana que como mito fundante tiene el del progreso infinito. El infinito
cuantitativo de este progreso es ahora el cielo intramundano. Se trata de una
trascendencia externa a la vida humana que impone una tensión hacia el futuro
que no permite descanso jamás (funciona como un látigo); una trascendencia
perfectamente intramundana, porque resulta de una simple proyección al infinito
de desarrollos técnicos presentes. Al destituir el cielo de las religiones
tradicionales se constituye el cielo del progreso infinito.
Cuando
la sociedad occidental asume el mito del progreso infinito –que aparte de mítico
es ilusorio- las religiones no dejan de existir, pero sí dejan de tener
significado en la formación de la sociedad, y aquél se transforma en criterio
de verdad de todas las religiones. El dios del progreso infinito, que sustituye
todos los dioses anteriores aunque éstos mantengan sus nombres, es aun más
celoso que ellos (el caso más extremo de la teología del dios del crecimiento
infinito parece expresarse en: Tipler, Frank J. 1994. The Physics of Immortality. Doubleday. New
York). Desde la
aparición de la obra de Max Weber sobre la ética protestante el valor de las
viejas religiones pasó a definirse a partir de su capacidad para vehiculizar el
mito del progreso en la alianza entre tecnología y empresa; desde entonces a
las religiones se les categoriza según su capacidad de promover el capitalismo
o no: su aporte al “desarrollo” decide su validez. En la cima de la jerarquía
que se establece entre las religiones está el puritanismo calvinista, seguido
por el confucionismo; luego vienen las religiones que distorsionan relativamente
el “desarrollo” y que tienen que ser adaptadas a su verdad incuestionada: el
catolicismo, la ortodoxia rusa y el Islam; y finalmente las religiones
completamente incompatibles: las indígenas de América y las originales de África.
Concomitantemente se condena las orientaciones dadas dentro de las religiones,
como la teología de la liberación, que son declaradas “amenaza para la
seguridad de E. U.” y para la religión central de nuestro tiempo: la
intramundana del progreso infinito.
La
pérdida de validez de todas las religiones tradicionales se da en el grado en
el que se someten al criterio de la verdad de la religión del progreso
infinito. Para no sucumbir, entonces, en todas ellas se desarrollan posiciones
fundamentalistas ciegas y muchas veces sumamente agresivas. Este fenómeno
empieza con el fundamentalismo cristiano en E. U., al que siguen los diversos
fundamentalismos islámicos, judíos y el actual fundamentalismo del Vaticano.
Por todos lados aparecen talibanes que luchan entre sí.
Pero,
paralelamente, la religión del mito del progreso infinito, que derrotó a todas
las religiones tradicionales, desarrolló una gran crisis en su interior. Las
amenazas globales de la exclusión y de la destrucción ambiental, que son el
subproducto de la persecución irrestricta de este mito, hicieron visible su carácter
profundamente ilusorio. Desde el informe al Club de Roma -Los límites del
crecimiento (1972)- ese mito se quebró perdiendo su legitimidad: se tomó
entonces conciencia de los peligros del crecimiento; mas en vez de reaccionar
con políticas de moderación se llevó a cabo una aceleración en el plano más
destructivo del sistema, que aumentó con el colapso del socialismo histórico;
y la propia modernidad hizo surgir el fundamentalismo neoliberal, tan ciego y
agresivo como los fundamentalismos de las religiones tradicionales pero mucho más
poderoso, apareciendo los talibanes del FMI y de las reuniones del G-7.
La
destrucción de los monumentos de Buda por los talibanes de Afganistán, que es
un acto de barbarie nacido del fundamentalismo islamista, recuerda la destrucción
de gigantes monumentos de la cultura egipcia, con tres mil años de antigüedad,
llevada a cabo para construir la represa de Assuán en los años 60 del pasado
siglo en nombre del progreso. Los dos son casos de barbarie fundamentalista,
pero una fue considerada legítima y la otra no. Casi nadie se atrevió a
enfrentar la barbarie de los talibanes de Assuán, porque el mito del progreso
infinito con su verdad absoluta e incuestionable silenciaba cualquier crítica.
En cambio, los talibanes de Afganistán con su respectiva verdad absoluta e
incuestionada son condenados sin compasión. Sin embargo, ambos tipos de
talibanes son del mismo calibre, y los de Assuán continúan con la cancha libre
para destruir lo que se les antoje (culturas, seres humanos, ecosistemas) a
condición de que sirva para avanzar en la aplicación de alguna tecnología
rentable.
Las culturas destruidas por Occidente han correspondido a sociedades altamente desarrolladas, aunque no fueron modernas. Las grandes culturas americanas de México y Cuzco, las culturas de China e India, las árabes y la medieval europea eran culturas desarrolladas. Fueron destruidas por Occidente sin compasión, considerándolas sin valor por el hecho de no ser modernas.
Los
propios seres humanos son excluidos y botados a la basura. Las llamadas intervenciones
humanitarias arrasan países enteros, e igualmente es destruida la
naturaleza. Mururoa, en el Pacífico, fue aniquilada por las pruebas atómicas;
Vieques, en Puerto Rico, es bombardeado diariamente por las fuerzas aéreas de
E. U. La Amazonia y el Himalaya son hollados, las fuentes de agua envenenadas,
el aire apestado. En Costa Rica la prospección petrolera ya hace estragos y
promete más. Las bellezas del país son entregadas al mejor postor a condición
de que las destruya en función del mito del progreso infinito. Donde aparece
algo útil para el crecimiento económico o la seguridad nacional la
modernidad se lo apropia destruyendo lo que se le antoja: seres humanos,
culturas, naturaleza. Los talibanes de la modernidad resultan posiblemente
peores que cualquier otro talibán.
Hoy nos queda la tarea de reconstruir un mundo entero devastado por la modernidad occidental: por el gran baile de muerte de los talibanes de todos los colores.

