
El
término sostenible, o sustentable, aplicado a desarrollo, es de uso cada
vez más frecuente y extendido en los medios académico y político de todo el
mundo, y, como es señalado por diversos autores, ahí reside la fortaleza y la
debilidad del concepto establecido. Fortaleza, porque permite que actores
sociales e individuos que en el pasado eran incapaces de dialogar
constructivamente, ahora, por medio del espacio de encuentro que creó el
discurso del desarrollo sostenible, lo hagan y creen consensos en torno al tipo
de sociedad a la que aspiran y al tipo de relación que ésta debe establecer
con su ambiente. Debilidad, porque el término desarrollo sostenible suele ser
usado de manera tan general, superficial e imprecisa, que puede terminar siendo
empleado para definir como sostenibles políticas y prácticas que no responden
a una orientación en ese sentido. Desde ese punto de vista, para que el
concepto desarrollo sostenible, o desarrollo humano sostenible, tenga un impacto
efectivo en la orientación de políticas sociales, así como en el proceso de
toma de decisiones, debe definirse con precisión qué se entiende por
desarrollo humano, qué por sostenible o sustentable y cómo se logrará
alcanzar y mantener el mismo a lo largo del tiempo. El presente artículo
caracteriza los dos discursos principales sobre el desarrollo sostenible, es
decir, el del sentido débil o adaptable a cualquier esquema de desarrollo, y el
del sentido fuerte y alternativo, que obliga a cuestionarse de raíz los
procesos de desarrollo.
Porque
sostenible alude a lo que se mantiene, y sustentable al sustento necesario para
vivir (en inglés ambos se fusionan en sustainable), aquí se usará sustentable
pretendiendo aludir más claramente al tipo de contenido que debe tener el
desarrollo.
I
S. Lélé
(1991.“Sustainable Development: A Critical Review”, en World
Development, Vol. 19, N° 6) hace
un esfuerzo de síntesis sobre la doble raíz del término y sus posteriores
ramificaciones, señalando la existencia de dos grandes tendencias o almas
que se diferencian por el contenido que, en cada una, tienen los términos
desarrollo y sostenible (véase figura 1).

La definición
más superficial y predominante de desarrollo sostenible reduce el desarrollo a
desarrollo económico y éste a crecimiento económico (medido como incremento
del Pib o del ingreso per cápita). Dentro de esta corriente, sostenible tiene
dos significados principales: por un lado, que el crecimiento económico es
constante en el tiempo (crecimiento económico sostenido), por otro lado,
sostenible expresa conservación ambiental, que, en su uso predominante,
significa una política localizada que no cuestiona, o no implica un
replanteamiento de, los patrones de consumo, de producción de bienes, de
generación de desechos ni de impacto sobre la naturaleza, sino un simple
aislamiento de determinadas áreas geográficas, sin importar lo que suceda en
su entorno (problemas sociales, exclusión, etcétera). En este discurso, lo
ambiental aparece claramente subordinado a lo económico, lo que se evidencia en
el peso que tiene el tema del crecimiento económico, planteado como el
requisito central para alcanzar el desarrollo.
Otra característica
de esta corriente de pensamiento es que no le da relevancia alguna a la
participación social como medio para garantizar la sostenibilidad del proyecto,
proceso o política que busca consolidar un desarrollo sostenible. Cuando es
incluida, la participación social es concebida como un proceso vertical,
orientado de arriba hacia abajo (top-bottom oriented), que no permite un
protagonismo real ni una incidencia efectiva en la toma de decisiones por parte
de la población o comunidad sujeto de la política o del proceso de desarrollo
y que, por el contrario, mantiene a la misma como receptora pasiva de beneficios
(Cortés, Alberto. 1997.
Social Participation within the Bilateral Agreement for Sustainable
Development in Costa Rica: The CONAO´s Case, 94-97. Research
paper. ISS. La Haya).
La concepción
de desarrollo sostenible en su sentido fuerte o alternativo otorga un contenido
distinto a los tres componentes antes mencionados -desarrollo, sostenibilidad y
participación social. El desarrollo no queda reducido a crecimiento económico,
sino que se amplía significativamente su alcance. En este sentido, el Programa
de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en su Informe sobre Desarrollo
Humano (1996. Ediciones Mundi-Prensa. Madrid), establece los siguientes vínculos
entre crecimiento económico y desarrollo para que sea sustentable: Equidad: Cuanto
mayor sea la igualdad con que se distribuyan el PNB y las oportunidades económicas,
tanto más probable será que se traduzcan en un mejoramiento del bienestar
humano. Oportunidades de empleo: El crecimiento económico se concreta en
la vida de la gente cuando se le ofrece trabajo productivo y bien remunerado. Acceso
a bienes de producción: Las oportunidades económicas de mucha gente pueden
incrementarse con acceso a bienes de producción, en particular la tierra, la
infraestructura física y el crédito financiero; el estado puede hacer mucho en
todas esas esferas, interviniendo para tratar de nivelar el terreno de juego. Gasto
social: Los gobiernos y las comunidades deben encauzar una parte importante
del ingreso público hacia el gasto social más prioritario, en particular
mediante la prestación de servicios sociales básicos para todos. Igualdad
de género: Al brindar a la mujer mejores oportunidades y mejor acceso a la
enseñanza, las guarderías infantiles, el crédito y el empleo. Buen
gobierno: Quienes detentan el poder asignan gran prioridad a las necesidades
de toda la población y la gente participa en la toma de decisiones en muchos
niveles. Una sociedad civil activa: Las organizaciones no gubernamentales
y los grupos de la comunidad no sólo complementan los servicios gubernamentales
haciendo llegar los servicios a la población meta, sino que además desempeñan
una función esencial al movilizar la opinión pública y la acción de la
comunidad a ayudar a determinar las prioridades del desarrollo humano.
En
este caso es claro que el crecimiento económico no es suficiente. Además, como
se evidencia en los criterios antes mencionados, no sólo interesan los aspectos
cuantitativos del mismo sino sobre todo su calidad. Esto diferencia al
desarrollo sostenible de las corrientes económicas predominantes, que enfatizan
la necesidad de que la economía crezca, sin importar la internalización de los
costos sociales y ambientales, y dejando para después la redistribución de la
riqueza (“trickle-down” economy). Al desarrollo sustentable le interesa no sólo el crecimiento económico,
sino también cómo se produce el mismo y cómo se distribuye la riqueza creada.
Esta discusión tiene un corolario: no existe el crecimiento económico, sino
tipos de éste que pueden ser inclusivos o excluyentes, equitativos o
polarizadores, destructivos o respetuosos de los ecosistemas en que se
desenvuelven, etcétera.
En
esta línea, el concepto sustentabilidad hace referencia a la interrelación de
tres elementos: (1) La sustentabilidad ambiental, que se refiere a la
necesidad de que el impacto del proceso de desarrollo no destruya de manera
irreversible la capacidad de carga del ecosistema. En palabras de Hans Opschoor
(1996. Sustainability, Economic Restructuring and Social
Change. ISS. La
Haya: 14), “la naturaleza
provee a la sociedad de lo que puede ser denominado frontera de posibilidad
de utilización ambiental, definida ésta como las posibilidades de producción
que son compatibles con las restricciones del metabolismo derivados de la
preocupación por el bienestar futuro, restricciones o límites que incluyen
procesos tales como capacidad de regeneración de recursos, ciclos bio-geoquímicos
y capacidad de absorción de desechos. Esto representa el carácter
multidimensional de la utilización del espacio ambiental” [traducción
del autor].
(2) La sostenibilidad social, cuyos aspectos esenciales son (a) el
fortalecimiento de un estilo de desarrollo que no perpetúe ni profundice la
pobreza ni, por tanto, la exclusión social, sino que tenga como uno de sus
objetivos centrales la erradicación de aquélla y la justicia social; y (b) la
participación social en la toma de decisiones -es decir, que las comunidades y
la ciudadanía se apropien y sean parte fundamental del proceso de desarrollo.
(3) La sostenibilidad económica, entendida como un crecimiento económico
interrelacionado con los dos elementos anteriores. En síntesis, el logro del
desarrollo humano sustentable será resultado de un nuevo tipo de crecimiento
económico que promueva la equidad social y que establezca una relación no
destructiva con la naturaleza (véase la representación de esto en la figura
2).

Esta conceptualización del desarrollo es relativamente reciente y responde a una creciente conciencia -local, nacional y global- de que los recursos naturales no son ilimitados y que los estilos de desarrollo prevalecientes -entiéndase patrones de producción y de consumo- son insostenibles. De hecho, la primera discusión mundial sobre la relación entre desarrollo y ambiente se dio en la conferencia sobre ambiente y desarrollo organizada por Naciones Unidas en 1972 en Estocolmo, y el término desarrollo sostenible, o sustentable, fue acuñando en 1980 en la propuesta Estrategia Mundial de Conservación de la Naturaleza, planteada por WWF, UICN y PNUD. Dentro de las muchas variantes que existen del concepto la más influyente sigue siendo la formulada por la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo en el llamado Informe Brundtland (Nuestro futuro común, 1987), que define desarrollo sostenible como aquél que logra satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de satisfacción de las futuras generaciones. Al incorporar el futuro, expresado como solidaridad intergeneracional, el Informe Brundtland estaba definiendo un límite en las posibilidades de consumo de las generaciones presentes, es decir, reconoce la existencia de límites últimos para el crecimiento económico.
II
De
la discusión anterior se sigue que un desarrollo humano sustentable debe
permitir una mejora sustancial de la calidad de vida de la gran mayoría de una
sociedad, o una comunidad, la cual a su vez debiera conducir a la reproducción
del ecosistema en el que ésta está inserta. Éste sería un criterio
fundamental para discernir la calidad y la sustentabilidad del desarrollo que se
impulsa. Entre muchos aspectos que podrían tomarse en cuenta para la definición
de calidad de vida, la erradicación de la pobreza es central, por lo menos para
el Tercer Mundo. Existe un amplio consenso internacional acerca de la necesidad
de revertir la tendencia de creciente polarización entre países ricos y pobres
y entre los estratos más ricos y los más pobres de cada país, lo cual es
insostenible ética y materialmente; como asimismo hay consenso respecto de que
la pobreza ejerce un impacto negativo sobre el ambiente natural y que es
necesaria su erradicación para el logro de un desarrollo humano sustentable. En
ese sentido, Agenda 21 señala que "Todos los estados y todas las personas
deben cooperar en la tarea esencial de erradicar la pobreza como un requisito
indispensable para el desarrollo sostenible, con el objetivo de reducir las
diferencias en los estándares de vida y para llenar de mejor manera las
necesidades de la mayoría de las personas en el mundo" (Consejo de
la Tierra. 1994.
The Earth Summit, ECO 92: Different Visions. IICA.
San José. Pg. 16). (El problema de la pobreza no es los pobres, por
supuesto, sino las causas de aquélla, particularmente la concentración de la
riqueza y del acceso a los recursos naturales, que obligan a los pobres a
destruir la naturaleza para poder sobrevivir. No obstante, no se sabe qué tiene
mayor impacto negativo sobre el ambiente, si las acciones de sobrevivencia de
los pobres del Sur o el consumo opulento en el Norte.)
Como
señala Michael Watts (1997. “Reworking
Development at the End of the Millenium”, en Global Futures. ISS.
La Haya), el problema de la superación de la pobreza se relaciona
ineludiblemente con dos preguntas asociadas con la calidad de vida: ¿qué se
entiende por pobreza y, por tanto, por bienestar? y ¿cómo debe
erradicarse la pobreza? Las respuestas a éstas constituyen una discusión
inagotable en que se confrontan distintas visiones de lo que debe ser el
desarrollo. La tradición del pensamiento occidental sobre desarrollo tiende a
definir el binomio pobreza-bienestar en términos de capacidad de consumo
material y, por tanto, en función del ingreso o de la capacidad adquisitiva de
la persona o del crecimiento económico y del Pib de un país. Pero hay enfoques
alternativos sobre cómo definir la pobreza y, entonces, el bienestar y la
calidad de vida. Uno de ellos es el denominado enfoque de necesidades humanas,
según el cual dos grandes prerrequisitos deben ser cumplidos para lograr la
erradicación de la pobreza: garantizar el sustento físico y permitir
una autonomía crítica de los seres humanos, entendida como la
posibilidad de tener acceso a información acerca de las opciones de desarrollo
existentes y, sobre esa base, tener la capacidad de decidir sobre su futuro y el
de su comunidad o sociedad. Es decir, debe existir una correlación entre la
satisfacción de sus necesidades materiales y la posibilidad de decidir sobre su
desarrollo.
La
respuesta a la pregunta de ¿cómo debe erradicarse la pobreza? pasa por
la definición del rol de dos instituciones centrales: el estado -por medio de
las políticas públicas (económica, social, ambiental, etcétera)- y las
comunidades o la población pobre/empobrecida. Un criterio para determinar si
una política pública contribuye no sólo a erradicar la pobreza, sino también
a mejorar la calidad de vida y, por tanto, al desarrollo humano sostenible, es
el tipo de relación (dependencia, clientelismo, autonomía, protagonismo) que
se establece entre la institución que impulsa la política y la población
objeto de la misma. Una política pública que busque mejorar la calidad de vida
de manera sustentable debe trascender los enfoques asistenciales (de ayuda
directa) y fortalecer el protagonismo del individuo, grupo social, comunidad o
sociedad a la que se oriente, lo que implica no sólo el desarrollo de
habilidades, conocimiento y educación de dicha población, sino también el
fortalecimiento de su participación en la toma de decisiones y en el acceso a
los recursos naturales, así como una democratización del ingreso.
El autor, politólogo,
es profesor en la Universidad de Costa Rica.
