La paranoia, entendida en el más básico de sus significados, surge de una composición de las voces griegas: para ( (contra)  y  nouz ((espíritu), y se refiere a una “perturbación mental fijada en una idea o en un orden de ideas”. Baste con esta definición de diccionario para abordar lo que parece definir el estilo de vida de nuestras ciudades contemporáneas, de las que San José se esfuerza por no diferenciarse: una cultura de la paranoia en torno fundamentalmente al orden de ideas sobre la seguridad ciudadana... “el crimen y el castigo”.

En el diario La Nación del 1º de abril de este año -página 10A-, aparece el siguiente titular: “Resurge violador en serie”. El artículo presenta este encabezado: “El 65% de los agresores son desconocidos”. De los veinte párrafos que componen el artículo, cinco están dedicados al caso de un joven apodado El Sable, culpable de siete violaciones y condenado a ciento cincuenta y seis años de prisión. El resto de la noticia presenta datos y estadísticas del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) acerca de los sitios de la capital señalados como peligrosos, así como del supuesto perfil psicológico de los delincuentes, de acuerdo con criminólogos no identificados. Aparte, dos cuadros con los títulos “Reconózcalo” y “¿Cómo opera?, elaborados ambos a partir de “consultas a criminólogos y expertos del OIJ”, detallan, el primero, una serie de “características de los dos tipos de violador en serie”, y “rituales de los violadores en serie”, el segundo.

La noticia acierta otro golpe a la ya de por sí lastimadísima imagen de nuestra sociedad, máxime si se toman en cuenta los desgraciados descuartizamientos de que han sido víctimas dos jóvenes mujeres en los últimos meses y otros casos no menos dolorosos.

El innegable aumento y recrudecimiento de la criminalidad en nuestro país es tema obligado de los diarios, de los discursos de la oficialidad y del día a día de la gente común y corriente, que lee los diarios y escucha los discursos de las autoridades políticas del país. Los diarios editan a su manera los sucesos, los políticos los aprovechan a su manera y el pueblo reacciona ante el fenómeno como sólo le es dado hacerlo: de manera inconexa y desorganizada; inconexa puesto que cada quien lee como puede y cuando puede los acontecimientos, y desorganizada porque si algo caracteriza a una masa es su incapacidad de organizarse espontáneamente y de alcanzar un único criterio que permita una acción coordinada.

El pueblo, medianamente conciente de esta deficiencia, reacciona con miedo y cae víctima de una perturbación fijada en un orden de ideas derivado de la inseguridad. Los gobiernos y los diarios de la oficialidad, plenamente concientes de esa deficiencia, promueven y dirigen en su provecho el miedo del pueblo y esto, sobra decirlo pero digámoslo, no es ni por asomo exclusivo de nuestro país.

Los políticos que se turnan el poder manejan este rubro como “seguridad ciudadana”, y los diarios lo reproducen. El pueblo habla de “inseguridad”. Entre ambas maneras de entender el fenómeno hay un abismo. Para los políticos, el tema de la “seguridad ciudadana” es fundamental para el convencimiento del electorado, que una vez convencido ve con ingenuidad cómo de “seguridad ciudadana” se pasa a hablar de “aumento y profesionalización de la fuerza pública”, lo que a simple vista le parecen sinónimos: más policías graduados cada año, más armas, radiopatrullas, motocicletas, bicicletas y caballos comprados anualmente, equivale a más seguridad y... verdad de Perogrullo, la criminalidad sólo aumenta y todo ese aparato policial es usado con harta frecuencia para enfrentar al pueblo cada vez que sale a las calles a defender lo que le pertenece o a exigir el cumplimiento de las promesas de campaña.

Esta incoherencia social da como resultado la “cultura de la paranoia”, el miedo como estilo de vida, la seguridad como floreciente negocio y los aparatos policiales al servicio más de la empresa privada que del pueblo (recordemos, sólo por citar un ejemplo, las acciones del ejército colombiano contra el pueblo que se niega a entregar sus tierras a las compañías petroleras).

La cultura de la paranoia lleva a las personas a la mutua desconfianza y al más improductivo de los individualismos: el sálvese quien pueda. Esta actitud absolutamente comprensible en nuestros tiempos, no así justificable, es de gran provecho para los gobiernos, pues nada más fácil de controlar que una masa desorganizada y temerosa que deposita sus últimas esperanzas en una fuerza policial a la que teme en igual o mayor medida de la que confía. Un pueblo que teme a policías y a ladrones está solo, y para mantenerlo solo y temeroso se le satura de datos. Los diarios y los telediarios le confirman lo que ya sabe y ve en las calle; la novedad de las noticias reside únicamente en los nombres de las víctimas y los de sus victimarios, y es cuando el pánico adquiere rostro. En este sentido es que la noticia se vuelve doblemente preocupante, primero por lo que comunica, y segundo por el cómo lo comunica, veamos:

Qué comunica

(a) Una delimitación temporal: en un lapso de un año y tres meses durante el cual se registran “cinco casos de hombres que  abusaron de mujeres”, y “dos de sujetos que ultrajaron a menores”, más el seguimiento de la pista de “otras dos personas que, al parecer, están  relacionadas con hechos similares”. (b) La ubicación geográfica de los escenarios de hechos de ese tipo, llamados, en la jerga de la seguridad ciudadana, “lugares de riesgo”. (c) Una estadística: “de los siete casos de violadores en serie que se han reportado en los últimos 15 meses, las autoridades nacionales ya han logrado poner tras las rejas a cinco”. (d) Un caso personal: el procesamiento del antisocial apodado El Sable. (e) Una identificación: cómo describe la policía a los violadores: “65% de los agresores son personas desconocidas para la víctima, 25% son conocidos, y 9% familiares”. (f) Dos cuadros aparte sobre el perfil del violador y su modus operandi.

Cómo lo comunica

Una estadística subrayada precede al título del comunicado: “7 casos registrados entre el 2000 y el 2001”. Una cifra alta para un país que presume de bienestar social es un encabezado alarmante, que introduce al aun más alarmante título -destacado en negrita y un punto de letra más grande-: “Resurge violador en serie”. Es importante observar el verbo utilizado: resurgir, que cuenta con las siguientes acepciones: “volver a aparecer” y “volver a la vida”, que comparte con el verbo resucitar. ¿Algo más aterrador que un criminal que resurge?; porque al utilizar la tercera persona singular del indicativo -él resurge- se induce a pensar que se trata de un sujeto individual más que de una problemática social.

Seguidamente, capta la atención del lector una fotografía a todo color del hombre procesado por el delito repetido de violación, con una leyenda que inicia con su apodo destacado en negrita: El Sable, antes de su nombre propio: Henry Marín Quesada. El ángulo de la fotografía muestra a un joven fornido, con un gran tatuaje en su brazo expuesto, encadenado con esposas y conducido del brazo; es decir, absolutamente dominado y reducido por la policía. No se muestran fotografías de otros procesados, que evitarían el error de confundir el encabezado con un predicado de ese sujeto: no es el llamado El Sable quien resurge, sino el fenómeno de los violadores en serie

Otra estadística, también destacada en negrita, da inicio al cuerpo del artículo: “65% de los agresores son desconocidos”. No se explica, como en el último párrafo, que 65% de los agresores son desconocidos para sus víctimas. Y no es sino hasta en el primer párrafo que se utiliza el plural: “El fenómeno de los violadores en serie ha resurgido en el país”.

Un fenómeno social surge y resurge. Los individuos con sus  personalidades y sus biografías son transitorios y no resucitan, por lo que resulta sumamente perjudicial para la salud pública la asociación inducida de todo este tratamiento en singular con un apodo, un nombre, una cara y una biografía específica, que podría aparecer en casi cualquier punto de la ciudad, siempre y cuando sea de tránsito popular; porque una de las fuentes consultadas, un hombre de la Sección de Homicidios del OIJ, “no considera que el fenómeno del violador en serie haya crecido, pero sí reconoció que han aumentado los lugares de riesgo, como bares y discotecas”, lo cual vendría a significar algo así como que los violadores en serie han ganado en eficiencia y no en número, logrando así la misma cantidad de ellos cubrir un área mayor: “las paradas de buses, los parques La Sabana y de la Paz, y las inmediaciones del Centro Comercial del Sur”.

Lo que sigue es casuística, casos de criminales de origen humilde, entre los que destaca el de El Sable, “bailarín exótico” cuyo apodo alusivo al falo agresor es utilizado cuatro veces en el artículo: “Las investigaciones determinaron que El Sable abordaba a las mujeres en...”. En definitiva, el uso de este sobrenombre es más efectivo que el del nombre propio del agresor, se memoriza más fácilmente y se presta para asociaciones libres que no permite un nombre desconocido.

El artículo cierra con la tentativa de identificación antes señalada: “Quiénes son”, en plural. Entre la descripción que presenta la policía aparece este párrafo: “La mayor parte de los violadores en serie son hombres blancos de entre 17 y 30 años, violentos y propensos a la pornografía”, descripción que llevaría también a temerle a cualquiera de los jóvenes que estacionan sus autos y hacen fila en los tantos cines que presentan pornografía en el país, que consumen las revistas y periódicos pornográficos nacionales o extranjeros, o simplemente que se quedan en casa disfrutando de pornografía a domicilio vía cable, televisión en directo o internet, o que visitan los clubes nocturnos, negocios todos absolutamente legales en Costa Rica. Así las cosas, el plural se justifica, no sólo hay también una menor parte de los violadores en serie que no corresponde a esta tipología, sino que los que corresponden podrían sumar cientos.

A propósito quedan para el final los dos cuadros aparte (se sabe que es lo último que busca el lector). El primero: “Reconózcalo” -¡volvemos al singular!-, y, destacado en fondo celeste además de la negrita, aparece la primera clasificación: “Desorganizado”, que despliega las siguientes once características: (1) no planea el delito; (2) soltero y solitario; (3) presenta impulsos descontrolados desde la niñez; (4) es muy violento; (5) no le interesa la edad de la víctima; (6) tiene bajo nivel educativo; (7) vive en zona marginal y posee un nivel económico bajo; (8) no le importa su apariencia física; (9) actúa cerca de su casa y no tiene medio de transporte; (10) tiene récord delictivo, y (11) no es sociable. Todo esto lleva a pensar que, salvo el primero y el décimo punto, y aun contándolos, la cantidad de candidatos a violadores en serie que tiene la clase baja de nuestra sociedad es descomunal y habría que desconfiar de todos los pobres que en el mundo han sido, en tanto que solteros y solitarios pueden ser todos aquellos que no tengan con qué mantener una familia, que impulsos descontrolados desde la niñez los puede presentar todo aquel que ha sido socialmente agredido desde la niñez, que violento es un adjetivo demasiado abarcador como para que sea incriminatorio, que la edad de la víctima no es un factor que excluya a las víctimas de otros delitos tan condenables como éste, que baja escolaridad la tiene todo aquel excluido del sistema educativo por factores económicos, a pesar de que la educación en este país sea gratuita y obligatoria por ley, que la vivienda en una zona marginal no indica sino el nivel de deterioro social que han producido las políticas de los últimos años, que la apariencia física no es cuestión sólo de gustos sino de poder o no poder pagar por una apariencia menos sospechosa de pobreza, que no tener medio de transporte incriminaría a todo aquel que se niegue a poseer un vehículo por las razones que sean y, finalmente, que la sociabilidad es una práctica de la que no puede escaparse ninguno de los seres sociales con las consecuencias que sean, fastas o nefastas, porque hasta una violación es un acto social.

Con otro singular se perfila al llamado “violador en serie organizado”: violento y manipulador; escoge víctimas de edad similar y de su misma raza (supongo que quisieron decir etnia, a menos que se refieran a la zoofilia); tiene nivel de inteligencia normal; es de clase media; con educación de bajo promedio; posee buena contextura física y buenos hábitos de higiene; viste bien; tiene medio de transporte; goza de facilidad de palabra; aparenta ser sociable; es mujeriego; es egocéntrico, egoísta, irresponsable; es mentiroso; gusta de la pornografía; conoce el lugar donde comete el delito; es intimador y usa armas.

Dieciséis puntos se anota el “violador en serie organizado”, que sumados a los once del “desorganizado” no dejan cara en qué persignarse, salvo, por supuesto, a toda la clase alta, en pleno, donde nadie parece ser violento ni manipulador, ni tener un nivel de inteligencia normal, ni educación de bajo promedio, etcétera, donde no hay mentirosos ni mujeriegos, egocéntricos, egoístas e irresponsables, ni gusta nadie de la pornografía, ni poseen armas, etcétera, etcétera.

El segundo cuadro aparte, el destacado singular de “¿Cómo opera?”, habla de los rituales que parecen compartir los violadores en serie pobres y desorganizados y los de clase media organizados, comenzando por los “horarios”: (1) de 6 p.m. a medianoche; (2) de mediodía a 5 p.m., y (3) de 6 a.m. a 11 a.m. De donde se deduce, sin mucha matemática, que no hay hora del día en la que no actúe un violador en serie. Sigue con los “sitios”: (1) Alajuelita, Hatillo y San Sebastián; (2) San Francisco de Dos Ríos y La Sabana; (3) Autopista a Cartago y Curridabat; (4) Pavas, Escazú y Santa Ana, y (5) Guadalupe y Coronado. “Zonas de riesgo”: La Sabana, Parque de la Paz e inmediaciones del Centro Comercial del Sur. “Sitios de riesgo”: paradas de buses, salidas de bares y discotecas, teléfonos públicos y salidas de centros comerciales. Finaliza con el “horario”: “Entre semana hay más violaciones por el movimiento de mujeres hacia el trabajo”. Primer lugar: domingo; segundo lugar: lunes; tercer lugar: jueves, y cuarto lugar: sábado. Las noticias no pueden ser peores, los violadores en serie acechan las veinticuatro horas, cuatro días por semana y en los cuatro puntos cardinales.

De acuerdo con este perfil, no solamente nadie que no sea de clase alta es digno de confianza, sino que además se llega casi al límite de lo general, de modo que, a pesar de que los cuadros aparte inviten a reconocer al violador en serie, resulta imposible discernir entre quiénes padecen esas características y comparten ese territorio y quiénes no llevan a un criminal en lo más hondo del corazón.

Para la imagen internacional del país, tanto como para sus dirigentes y las clases privilegiadas, resulta más cómodo y rentable hablar de unos cuantos criminales de baja condición económica que de aceptar que se trata de una enfermedad social producida por el deterioro al que las políticas neoliberales nos han arrastrado. Es más fácil ponerle un rostro pobre a una problemática nacional que verle la cara a una crisis que ya está comenzando a reproducir los males que antes parecían lejanos.

El caso del “violador en serie” es sólo un ejemplo de cómo a partir de un innegable acto de brutalidad se pueden generalizar rasgos que no sólo caracterizan a un criminal. Esta clasificación tan cuestionable lo que deja claro es un severo prejuicio clasista (recordemos que la violación como forma de tortura ha sido practicada y legitimada por los militares de las dictaduras latinoamericanas, todos bien vestidos y provenientes en innúmeros casos de las clases altas) que no contribuye más que con el miedo y la cultura de la paranoia, que no conduce sino a la desconfianza entre las gentes y que más bien confunde y distancia de los grandes problemas de fondo: ¿Qué clase de sociedad es ésta que está dando lugar a crímenes tan condenables? Si la situación de marginalidad social lleva a los individuos a convertirse en esos monstruos, ¿no resultaría acaso más inteligente invertir en la construcción de una sociedad más justa? Si el maltrato de los niños produce adultos criminales, ¿no habría entonces que propiciar una verdadera cultura de la seguridad social en vez de sólo neutralizar a los que ya están dañados? Si la pornografía es condenable como incitación a ese tipo de crímenes, ¿por qué no es condenable como negocio? Si es tan alta la inversión en la represión de estos delitos, ¿no sería entonces más importante invertir en prevención? ¿No enfrentaríamos mejor todos estos problemas si en vez de fomentar la cultura de la paranoia intentáramos una cultura de la solidaridad?  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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