En su propósito por instaurar sociedades justas y ambientalmente sustentables que satisfagan las necesidades de la población, Amigos de la Tierra Internacional (AT) se ve en la necesidad de cuestionar la globalización económica neoliberal, que impide la sustentabilidad.

En el mundo las disparidades son crecientes y muchos millones de seres humanos no tienen satisfechas ni siquiera sus necesidades básicas más elementales. Los bosques, los minerales y los combustibles fósiles están siendo explotados a ritmos absolutamente insustentables para proveer con recursos naturales a la economía globalizada. La democracia se ve progresivamente erosionada a medida que el poder se va concentrando en menos manos. La diversidad biológica y cultural está desapareciendo a ritmos alarmantes y muchas conquistas sociales y ambientales trabajosamente logradas se encuentran seriamente amenazadas. Si persistimos en este rumbo las perspectivas para las generaciones presentes y futuras son aterradoras. El verdadero desafío que tiene la humanidad es brindarle una calidad de vida digna a una población estimada en 10 mil millones de habitantes para el año 2050, reduciendo al mismo tiempo los impactos sobre el ambiente a niveles sustentables, pero la globalización económica neoliberal está haciendo imposible enfrentar tal desafío. Aun así, el discurso oficialista sigue sosteniendo que “no existen alternativas”. AT discrepa: En primer lugar, los fundamentos teóricos de la economía neoliberal son anacrónicos. Las facilidades cada vez mayores para el movimiento de capitales en el planeta hacen que hoy muchos países encaren dificultades para retener y atraer recursos financieros indispensables para el funcionamiento económico y el bienestar social. Las grandes empresas utilizan su poderío para enfrentar entre sí a los gobiernos necesitados de contante, consiguiendo así importantes exenciones impositivas y presionando hacia abajo las condiciones y normas sociales y ambientales en todo el mundo. La demanda creciente por recursos que se agotan es hoy un importante factor limitante, y se hace cada vez más evidente que la riqueza no se redistribuye por chorreo (trickle down) entre la población, como sostenían los proponentes neoliberales. En balance, la globalización económica neoliberal representa cada vez más una situación en la que algunos pocos ganan y la gran mayoría pierde -en lugar del sistema en el que todos ganan, prometido por sus partidarios.

La dimensión del problema puede resultar desalentadora, pero aún es posible encaminarnos hacia un futuro distinto -democrático, equitativo y sustentable-, para lo que tenemos que replantearnos cuestiones básicas: qué necesitamos de nuestras economías, cuáles serían los mecanismos de decisión y reglamentación más adecuados y qué tipo de información económica sería necesaria.

 

Lo que debemos hacer

Fijar nuevas metas para la economía

Un sistema económico confiable y productivo debe tener como objetivo la satisfacción de las necesidades de la gente, mediante el uso equitativo y ecológicamente sustentable de los recursos del planeta, teniendo en cuenta que no son inagotables. La erradicación de la pobreza, la sustentabilidad social y cultural, la equidad intergeneracional y la dignidad humana deben constituir importantes fines económicos. Es necesario administrar los niveles de producción y consumo, y el trato preferencial a los países y pueblos empobrecidos ha de ser uno de sus componentes básicos.

Ya no basta con procurar la maximización del PBI. Para alcanzar tales objetivos ahora se requieren políticas económicas ingeniosas en el ámbito nacional e internacional que fomenten grados óptimos de actividad económica, fundadas en principios básicos acordados internacionalmente que incluyan: respeto a los derechos humanos; respeto por la diversidad biológica, cultural y económica; subsidiariedad económica y política; equidad intra e intergeneracional, abarcando una redistribución del control sobre los recursos como la tierra, y el pago de la deuda ecológica; transparencia y responsabilidad pública y rendición de cuentas por parte de los gobiernos, las empresas y otros grupos de interés; garantías al “derecho a saber” o de información de la ciudadanía; acceso ciudadano a la justicia; aplicación del principio de “quien contamina paga”, responsabilidad jurídica de las empresas por daños ocasionados y obligación de indemnizar a los damnificados; respeto por normas de alta calidad respecto del ambiente, la salud y la seguridad, las condiciones sociales, laborales y sanitarias; y aplicación del principio precautorio.

La diversidad es parte indisoluble de la sustentabilidad y, como en cualquier otro orden, tal principio también debe aplicarse al ámbito de la economía. La diversidad económica implica estrategias económicas variadas, economías diversificadas (lo que supone un abanico de sectores y actividades económicas, en lugar de una economía basada en una o dos mercancías), y diferentes actores dentro de cada sector de la economía (es decir, no a los monopolios). Los países y las comunidades deben contar con la posibilidad de optar por aquellos mecanismos y estrategias económicas que consideren más convenientes para la satisfacción de sus necesidades económicas, sociales, culturales y ambientales, en cualquier momento que lo crean oportuno. Esas decisiones deberán apuntar a optimizar la actividad económica y mantener cierto grado de autosuficiencia, a fin de promover el desarrollo de economías fuertes y diversas, capaces de aguantar y adaptarse a los sacudones externos.

También es necesario devolver la toma de decisiones a la base de la sociedad, aplicando el principio de subsidiariedad económica (es decir, la toma de decisiones al nivel más básico que corresponda en la estructura de poder). Es conveniente, además, que intervengan diversos niveles en la toma de decisiones, contribuyendo a establecer controles y equilibrios entre las diversas instancias de decisión para así reducir las probabilidades de que ocurran abusos de poder en cualquiera de las diversas esferas.

Medir adecuadamente el bienestar económico

Debemos medir nuestro bienestar económico de maneras mucho más ingeniosas. En particular, debemos reconocer y valorar equitativamente el trabajo, e incluir los verdaderos costos sociales y ambientales del transporte en los precios al consumidor. Tal y como se calcula hoy en día, el PBI no mide ni valora la calidad de vida, los avances sociales, la erradicación de la pobreza, el desarrollo humano y la calidad ambiental. Importantes roles sociales como el cuidado de niños y ancianos en el hogar, y las tareas domésticas, a los que generalmente no se les asigna ningún valor económico. Los precios subvalorados del transporte -subsidiados por el bajo precio de los combustibles fósiles, que no incluye los verdaderos costos sociales y ambientales de su explotación y uso-  de hecho suponen darle preferencia a modos de producción y comercio altamente contaminantes y destructivos del hábitat, en vez de a la producción y el comercio locales.

Disminuir el empleo de recursos y la conflictividad

Muchos recursos naturales, tanto renovables como no renovables, ya han sido gravemente sobreexplotados. En efecto, si toda la gente en el mundo consumiera al nivel que muchos en el Norte lo hacen ahora, en el año 2050 necesitaríamos de ocho planetas Tierra para proveernos de los recursos que necesitaríamos entonces. Se requieren cambios sustantivos en los patrones de producción y consumo (que a su vez requerirán acuerdos internacionales eficaces y previsores) para garantizar que el consumo mundial de recursos permanezca dentro de límites sustentables, por la salud y el bienestar perdurable de todos. Esos cambios, no obstante, deberán tener en cuenta y encarar los problemas de infraconsumo, especialmente en el Sur.

Implementar políticas de reciclaje, reutilización y recorte en el uso de materias primas y productos es un elemento absolutamente clave para lograr mayor eficiencia y reducir el consumo de recursos en el Norte. Sin embargo, para librar recursos que permitan un justo aumento del consumo de los pueblos empobrecidos y al mismo tiempo recortar el empleo global de recursos a niveles sustentables, los países deberán promover también estrategias de suficiencia y de manejo de la demanda.

Disminuir el empleo de recursos en el Norte traerá probablemente más paz y seguridad que la economía neoliberal (al reducir la competencia por los recursos), y además alberga potencialmente la posibilidad de generar mucho más empleo.

Compartir los recursos, eliminando la pobreza y las desigualdades

Las políticas económicas vigentes -como las promovidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional- agravan la pobreza y las desigualdades al transferir las riquezas desde los países pobres hacia los del Norte, lo cual se recrudece con el pago de la deuda, que es cobrada haciendo caso omiso del hecho de que los países ricos tienen una deuda ecológica con los países del Sur (en virtud del acceso permanente a sus recursos naturales, infravalorándolos) que supera ampliamente el monto de la deuda financiera del Sur. Esta redistribución debe ser revertida a fin de alcanzar un equilibrio que garantice que el acceso a los recursos y a los beneficios derivados de su uso esté distribuido equitativamente dentro de cada país y entre los diversos países y regiones. La deuda financiera debe ser eliminada; y el acceso a los recursos, a una vida y un ambiente sanos deben ser proclamados derechos humanos fundamentales.

Cambiar las prioridades, invirtiendo en la verdadera economía

Aplicar políticas que promuevan la estabilidad económica (y que contribuyan o, por lo menos, no erosionen la sustentabilidad) ha de constituir un componente fundamental de las economías sustentables. Los gobiernos deben poder controlar y orientar los flujos de inversión tanto nacional como extranjera, y asimismo dar preferencia y acoger las inversiones en la economía productiva “real”, en lugar de las “virtuales” en la economía financiera. Acoger selectivamente a los inversionistas extranjeros, establecer requisitos de desempeño decididos localmente y regímenes preferenciales para las empresas locales y nacionales y reglamentar la actividad de los inversionistas nacionales -todo ello a fin de promover economías sustentables- deberá ser la norma.

Re-equilibrar el comercio, fortaleciendo las economías locales

Un cierto grado de comercio internacional es inevitable e incluso conveniente, pero la clave para satisfacer las necesidades básicas de la población reside en disponer de economías y comunidades locales sanas y vigorosas. No obstante, unas y otras están hoy siendo erosionadas por el neoliberalismo. Es necesario re-equilibrar el comercio restándole primacía al comercio internacional y dándole prioridad al local y al regional (y a la pequeña y mediana empresa), y fomentar mayor autosuficiencia local. Las economías y comunidades locales deben ser vigorizadas. La gente debe gozar del derecho a reforzar la protección de su ambiente local y nacional a través de gobiernos electos democráticamente, a fomentar actividades económicas sustentables de pequeña escala y ejercer control local sobre sus recursos naturales compartidos. Esto supone abandonar las políticas de desarrollo orientado hacia las exportaciones, impuestas desde fuera. Además, no puede permitirse que las normas del comercio invaliden leyes diseñadas para proteger a las comunidades locales, el ambiente y la salud pública. Con esto no queremos decir que todas las decisiones deban tomarse necesariamente en el ámbito local. La aplicación de los conceptos de subsidiariedad y democracia económica debería alentar e incrementar la participación y los aportes desde el ámbito local y la diversidad económica y proporcionar los controles y equilibrios adecuados.

Regular las empresas, disminuyendo su influencia

Si las metas de la economía mundial fuesen modificadas de conformidad con estas propuestas, el papel y la naturaleza misma de las empresas también cambiaría. En términos generales y a través de normas de reglamentación nacional e internacional, se esperaría de ellas que contribuyesen al logro de un conjunto de objetivos, y se les exigiría el compromiso de generar niveles óptimos de actividad económica y aplicar normas sociales y ambientales de alta calidad (entre otras, que disminuyan su utilización de recursos, reduzcan los niveles de contaminación, garanticen buenas condiciones laborales y fomenten la igualdad entre los sexos). También se requeriría de ellas que rindiesen cuentas de manera amplia ante la ciudadanía. Cambiar los indicadores con que medimos el bienestar económico también alentaría a los gobiernos a asegurarse que las empresas cumplan con esos objetivos.

Tanto a las empresas nacionales como a las empresas que quisieran iniciar operaciones o abrir filiales en otro país distinto al de origen se les debiera exigir adhesión y cumplimiento de los siguientes principios: (1) consentimiento previamente informado de la comunidad mediante procesos de decisión definidos por la propia comunidad que será afectada por una actividad o proyecto empresarial; (2) realización de estudios de impacto ambiental y social; (3) responsabilidad financiera y penal por tareas de limpieza y recuperación ambiental y control de contaminación; (4) pago de regalías a las comunidades en cuya jurisdicción la empresa extrae recursos; (5) derechos comunitarios frente a la destrucción social, cultural, física o económica provocada por un proyecto empresarial, y (6) respeto a los derechos humanos y aplicación de normas sociales (inclusive laborales) y ambientales de alta calidad. Es de central importancia que la competitividad deje de ser el objetivo principal de los diseñadores de políticas, y pase a ser uno entre otros y que, además, quedara reglamentada mediante la introducción de legislación internacional contra la formación de monopolios, oligopolios, carteles y otras prácticas anticompetitivas.

Liberar la información, garantizando transparencia y democracia

Generar economías sustentables y democráticas constituye una meta ambiciosa que sólo podrá ser realizada si se asegura que las políticas internacionales reflejen verdaderamente y encaren las esperanzas y aspiraciones de la gente por sociedades justas y equitativas -nacional y globalmente. Para lograrlo es fundamental dar pasos firmes hacia la descentralización política. Será absolutamente necesario garantizar que las naciones y las comunidades sean los actores principales en la toma de decisiones; que todos los órganos de decisión pertinentes -desde el ámbito local hasta el internacional- sean genuinamente representativos y participativos, y que la gente disponga de oportunidades reales para participar en la toma de decisiones en el ámbito de la económica.

Por otra parte, los gobiernos debieran negociar acuerdos internacionales aprobados por sus ciudadanos, haciéndose plenamente responsables ante ellos de sus propios actos, lo cual sólo será posible cuando se pueda determinar con claridad sus acciones. La transparencia externa de las negociaciones comerciales intergubernamentales debe aumentar significativamente.

Actualizar la infraestructura, rediseñando normas e instituciones

Los componentes regionales e internacionales de un comercio re-equilibrado requerirán un sistema eficaz de reglas y acuerdos verdaderamente multilaterales basados en nuevas metas económicas que deberán integrarse como complemento y no en contraposición a la legislación nacional e internacional no referida al comercio; requerirán, asimismo, un conjunto de leyes acordadas internacionalmente referidas a temas no estrictamente económicos, como la equidad y la producción y consumo sustentables. Las instituciones internacionales y regionales de comercio y financieras deberán ser incorporadas plenamente a la estructura de Naciones Unidas; el Banco Mundial y el FMI tendrán que cambiar sus formas de funcionamiento en consonancia con las políticas de una economía sustentable; y los acuerdos multilaterales sobre ambiente, desarrollo, salud, derechos humanos y laborales debieran primar sobre el comercio.

Para el logro de todas estas ambiciosas metas la cooperación intergubernamental es clave: debiera incentivarse a los gobiernos para que colaboren entre sí -incentivos y sanciones tendrían que constituir un rasgo de los tratados multilaterales. Al diseñar y aplicar políticas nacionales de protección del ambiente y la salud, los gobiernos debieran estar obligados a prever efectos involuntarios perjudiciales para otros países, y los tribunales internacionales debieran tener mandato para resolver las disputas consecuentes, que habrían de saldarse con base en principios acordados.


Amigos de la Tierra Internacional es una federación de organizaciones ecologistas independientes en 66 países de África, Asia, Europa, América Latina y Norteamérica.

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