Fernando Contreras

La "libertad" de los "libertarios"

En un reciente debate televisado en torno a la pertinencia de la ley que obligaría a los conductores a utilizar el cinturón de seguridad, el diputado Otto Guevara del mal llamado "Partido Libertario" defendió con dientes y uñas el "derecho" de cada quien a atarse o no el dispositivo de seguridad en cuestión, puesto que la ley atentaría directamente contra la "libertad individual". Ni las más conmovedoras cifras de accidentes y víctimas en las carreteras, ni los más probados argumentos científicos a favor del uso del cinturón movieron al diputado de su posición: "la ley atenta contra la libertad individual". Al enfrentar al distinguido "libertario" con el hecho de que una sociedad no sobrevive sin leyes y contratos, respondió con la cajonera pregunta de "¿qué o quiénes son la sociedad?", reduciendo la realidad social a una abstracción.

Resultaría ocioso redundar en cuanto a los beneficios del cinturón; para defender su uso basta, no digamos más pruebas científicas, sino el más rudimentario sentido común. Lo que nos interesa a partir del ejemplo son los conceptos de sociedad y de libertad que, usurpando el nombre de "libertario", maneja el discurso neoliberal del partido representado en la Asamblea Legislativa por dicho señor.

Con las preguntas "¿qué es la sociedad?, ¿quiénes son la sociedad?", el diputado pretende descalificar la más clásica definición, que entiende por sociedad toda agrupación natural o pactada de personas con el fin común de preservar la vida, como objetivo principal. Cualquier especificación (por especificar se entiende declarar con individualidad una cosa [ Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua] ) de la conformación de la sociedad dejaría por fuera a una o más partes del colectivo que ha acordado la convivencia. De modo tal que si no bastara con la respuesta de que "la sociedad somos todos", y para referirse a ella hubiera que redefinir el término, habría que dar cabida entonces a la posibilidad de que algunos de los sectores que la conforman no cupieran en ella, de donde se seguiría necesariamente que habría uno con la potestad de decidir quiénes sí y quiénes no forman parte de la agrupación.

A la pregunta de "¿qué es la sociedad?" ha de responderse por lo tanto: la totalidad del grupo humano que, en vista de un objetivo común, ha optado por convivir. Y a la pregunta de "¿quiénes la conforman?" se responde: todos y cada uno de los individuos del grupo. De las leyes puede decirse también lo más básico que justifique su existencia: son los acuerdos que permiten a los individuos conformar un colectivo, y tanto se derivan de las prácticas que resultan propicias a la preservación de la vida, como se oponen a las que atenten contra ella.

La teoría de las leyes ha llevado a deducirlas de la naturaleza, de las divinidades, o de la supuesta utilidad que su práctica implica. Pensemos, con Nietzsche, que la ley como valor no deriva de ninguna de estas instancias y que, lejos de actuar en favor de una utilidad, actúa en favor de una ficción, o bien de infinitas ficciones a partir de una principal: que la vida posee de suyo un sentido y un cometido. Independientemente de que dichos sentido y cometido sean fingidos, han propiciado la vida y han actuado como antídoto contra el absurdo en la valoración actual: "La falsedad de un concepto no es para mí todavía una objeción en su contra (...) la cuestión está en qué medida el concepto promueva la vida, conserve la vida y la especie. Incluso, soy fundamentalmente de la opinión de que las asunciones más falsas son para nosotros las más imprescindibles, que el hombre no puede vivir sin dejar, en rigor, la ficción lógica, sin medir la realidad con el patrón del mundo inventado de lo incondicional, siempre igual a sí mismo; y que una negación de esta ficción, equivaldría a una negación de la vida..." (Nietzsche, F. [ selección y traducción de G. Meléndez] . 1992. Fragmentos póstumos. Norma. Bogotá).

Así, en tanto la especie siga considerando la supervivencia como un objetivo incuestionable, más allá del solo instinto; en tanto la especie se empecine en creer en una finalidad de la existencia y ello la lleve a urdir estrategias para alcanzarla, en esa medida las leyes que favorezcan ese proyecto mantendrán un estatus de validez. Los tiempos cambian... los objetivos cambian y cambian también las ficciones de los pueblos y naciones; sin embargo, hasta la fecha ha seguido vigente en cada cultura y cada sociedad a su manera el cometido de sobrevivir para alcanzar la finalidad que cada una de sus épocas haya designado como la válida, aunque después sólo sea historia antigua y haya que inventar nuevas ficciones que mantengan el interés por la vida.

"Lo individual" y "el individuo" son conceptos más bien tardíos en las culturas y sería impensable una homologación de éstos entre las diversas culturas y sus diversos cometidos de desarrollo. "El individuo", entonces, es una de las tantas ficciones que se sustentan en la materialidad de la sociedad, que sólo puede surgir en el seno del grupo, que no todos los grupos lo conciben de la misma manera, y cuyos "derechos" y "deberes" están condicionados por el cometido del conjunto, de ahí que una legislación que considere los derechos de un individuo por encima de los derechos del grupo no es posible sino por la fuerza. La "libertad individual" es, por tanto, una ficción más de las que alimenta el imaginario del colectivo, como ficción es toda idea de libertad, incluida la que aspira a la participación de todos los individuos en igualdad de condiciones, de todos los beneficios que alcance la colectividad; con la diferencia de que esta última, como propósito, es propicia a la vida.

El discurso neoliberal, disfrazado de libertario, ha querido invertir en su favor los conceptos de "sociedad" y de "libertad", haciendo del primero una abstracción, y del segundo una conveniente realidad. Al defender la "libertad individual" y declarar indefinible a la sociedad, al preguntarse "¿qué es? y ¿quiénes la conforman?", sin aceptar el irrefutable: "somos todos", el discurso neoliberal coloca los "derechos" del individuo por encima del cometido de la sociedad, con lo cual da lugar a que, en nombre de la "libertad individual", se cometa todo tipo de atropello contra el derrotero común. Finalmente, este individuo con semejante "libertad", no es otro que aquél que actúa con violencia contra el grupo, que impone arbitraria e irresponsablemente sus mezquinas ficciones en detrimento de las grandes ficciones de la sociedad, sus mezquinos intereses, contra los intereses del campo de las relaciones humanas.

La libertad de los mal llamados "libertarios" es aquélla que permite, mediante la impunidad, toda clase de abuso oponiendo a la práctica de la solidaridad la de la "competencia irrestricta", sin importar que las sociedades y los individuos sometidos a esa competencia no están en igualdad de condiciones. Al despojar a la sociedad de su condición de realidad y asumir como realidad la ficción de la libertad, el discurso y las prácticas neoliberales provocan una esquizofrenia social que pretende divorciar al individuo del grupo... como si tal individuo fuera posible, como si fuera pensable semejante desarticulación. Al proponer la "irrestricta competencia" y reivindicar la "libertad individual" por encima de los intereses de la sociedad, al romper los principios de solidaridad que diferencian a la especie humana de las especies depredadoras (no porque el ser humano, en su condición animal, no lo sea, sino porque el trabajo y la producción de cultura implican la renuncia voluntaria a ese comportamiento), se atenta contra la vida y, por lo tanto, contra esa otra hermosa ficción a la que no estamos dispuestos a renunciar: la dignidad de los pueblos, como única vía hacia la dignidad del individuo, y la de éste como única vía hacia la de aquéllos.

El "Partido Libertario" ha usurpado el nombre de los movimientos anarquistas que, con Proudhon, proclaman la libertad del individuo sin que ésta atente contra la realidad colectiva, pues la dignidad de la persona no se diferencia de la del prójimo; así, la justicia no debe ser impuesta sino que es facultativa de un "yo", que no se riñe con el "nosotros". Y, con Mijail Bakunin, proclama un orden libertario del porvenir, considerado como el bien total. Es claro que cuando los auténticos libertarios declaran la ilegitimidad del estado, no lo hacen con el fin de legitimar a unos cuantos individuos en detrimento del colectivo social, sino porque ven en la libertad del individuo la libertad colectiva. En este sentido, la ficción de la libertad es aquélla de la que todos participan en igualdad de condiciones en función de un interés grupal. Ello supone, entre otros cometidos, la abolición de la propiedad privada, a la que definen como un hurto (Max Stirner).

Es claro que cuando los seudo-libertarios aspiran a la abolición del estado, lo hacen en función de la llamada "libertad de empresa", del "libre comercio" y de la "competencia irrestricta", a partir de la "libertad individual" y en detrimento de la libertad colectiva. Desde esta perspectiva, un gobierno neoliberal como el que padecemos actualmente considera legítimo, por ejemplo, hablar de los estudios de impacto ambiental, previos a la realización de cualquier empresa, en términos de una traba u obstáculo contra ésta, privilegiando así los intereses de un ínfimo número de personas sobre el resto de la sociedad. El uso y abuso del ideal de libertad que los neoliberales cometen en defensa de las más disparatadas causas, como el "derecho" del individuo a usar o no el cinturón de seguridad, o el de cada quien a inyectarse en su cuerpo la sustancia que le venga en gana, indiferentemente de si con ello compromete o no el futuro de la especie, no es más que una deliberada estrategia para encubrir la exclusión que su proyecto hace de las mayorías y de los beneficios de la explotación de éstas.

La "libertad", privada de su naturaleza de ficción indispensable de la sociedad, y llevada al plano de lo real, no es sino una inconsistente falacia para confundir al inadvertido usuario de los sueños colectivos. Al utilizar el término "libertad", el discurso neoliberal lleva a los desprevenidos a creer que se refiere a lo mismo que ellos entienden por éste, cuando lo que hace no es sino manipular el término familiar para que parezca dirigido a la causa del bien común. El engaño opera de esta forma: si cada quien está en su derecho individual de utilizar o no el cinturón de seguridad, de la misma manera cada quien estaría en su derecho individual de acumular excedentes y riquezas, y parte de este derecho sería la competencia irrestrictamente para lograrlo, pues se trataría de una "ley natural". Puesto en esos términos, parecería absurdo contradecirlo; más aun, se justificaría históricamente y no habría argumento capaz de rebatirlo. Sin embargo, lo que ha sido una práctica histórica que ha llevado por diferentes rumbos a los distintos grupos humanos sin atentar contra la especie, en las condiciones de desigualdad en las que el capitalismo salvaje pretende validar ese supuesto derecho natural sólo lleva a que cualquier acumulación de riqueza por parte de un pequeño grupo sea posible solamente gracias a la pobreza que ello genera en su sociedad; a una despiadada lucha entre una minoría dueña del poder por la fuerza y el abuso y una mayoría inerme obligada a ceder su terreno en los sueños de la humanidad, en las ficciones propicias a la vida y en la realidad del trabajo de todos para todos, único sustento posible de las aspiraciones... ¿O a otra cosa se refería Guevara, El Ché, cuando decía "seamos realistas, exijamos lo imposible"?

       

 

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