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El creciente flujo turístico a Costa Rica nos ofrece la posibilidad
de reducir progresivamente la desarmonía entre crecimiento
económico y protección de la naturaleza, en virtud
de que el nuestro es un turismo que mayoritariamente gravita en
torno a los atractivos naturales del territorio nacional. Cierto
que éstos no se pueden ofrecer en bruto -se precisa vías
de comunicación, hostelería y la extensa y ecológicamente
onerosa telaraña de bienes y servicios para la supervivencia
y comodidad de individuos formados con normas de consumo del Primer
Mundo. Pero, a pesar de ello, la exposición de la naturaleza
y la facilitación del contacto con ella al público
es, ahora, uno de los negocios con más potencialidad de inocuidad
ambiental. El consumidor de naturaleza -buceadores, senderistas,
fotógrafos, kayaquistas, etcétera- apetece y paga
por lo virgen o, en el peor caso, por lo que se ha alejado poco
de lo virgen, o sea, lo rural muy bajamente tecnologizado, lo artesanal,
lo ingenuo
y en el marco de nuestra exuberante naturaleza,
nuestras paz y armonía sociales fácilmente son asociadas
(en el inconsciente o en el preconsciente de cada individuo) con
el mito del paraíso perdido, que es el lugar de la virginidad
y la ingenuidad. Y, además de lo virgen, el consumidor de
naturaleza apetece lo diverso (en general, la apetencia por lo diverso
es consustancial a todo turismo), que en nuestro caso lo es altamente
el medio ecosistémico y, muy menormente -en comparación
con los otros países de la región-, nuestro medio
cultural. Ambos medios debemos protegerlos, primero por su valor
intrínseco y luego porque son clave para asegurar las bases
del ecoturismo en nuestro territorio.
Ahí está la clave de nuestro desarrollo turístico,
y éste, si lo vemos así, puede a su vez ser la clave
de un bienestar económico nacional creciente -con equidad-
y de una efectiva protección de nuestros ecosistemas. Hospedajes
para muchedumbres agolpadas, marinas multitudinarias y faraónicos
campos de golf, en ecosistemas frágiles, terminarían
reventando los ecosistemas, destruyendo las comunidades locales
y, en el mismo movimiento, erosionando la imagen del destino turístico
global que constituye Costa Rica, acabando poco a poco con el negocio
-o haciéndolo derivar hacia otro tipo de negocio turístico-
y malogrando la posibilidad de seguir protegiendo la naturaleza
sin perjudicar el ingreso de divisas.
En esta edición, dedicada al turismo en Costa Rica, se recalca
la necesidad de conciliación entre naturaleza y desarrollo
turístico, unos autores señalando faltantes y otros
anotando suficiencias; se exalta el ecoturismo realizado verdaderamente
con las comunidades y se analiza algunas experiencias; se describe
el agroecoturismo de cara a la experiencia nacional; a la par que
se descalifica la opción de turismo que representan los megaproyectos,
se discute la existencia de éstos en el país, y, finalmente,
se caracteriza las certificaciones turísticas.
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