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En diferentes oportunidades he expuesto mi apreciación
personal sobre la institucionalidad ambiental que ha desarrollado el país:
la inversión pública ambiental se ha dado con el objeto
principal de crear una institución que se concentre en los temas
y retos de la agenda verde, entendida ésta como lo forestal, la
biodiversidad, las áreas protegidas y temas conexos. Hemos confundido,
pues, el concepto de gestión ambiental con el de conservación
de recursos naturales biológicos y, en consecuencia, a lo que es
un ministerio de conservación de recursos naturales le llamamos
Ministerio del Ambiente, sin que verdaderamente lo sea, ya que la institución
ambiental que hemos creado es, sin duda, un ministerio que de manera simplista
podría llamarse Ministerio de Parques Nacionales -sin menosprecio
de la gestión muy positiva que ha logrado a través de tres
décadas. Esto obedece, según mi manera de ver, a que las
prioridades y los retos ambientales del país se han concentrado
en las zonas rurales alrededor del tema de la deforestación y lo
que ella conlleva, habiendo descuidado la construcción de la visión
y de la institucionalidad ambiental a fin de atacar los retos ambientales
del presente que se concentran en las zonas urbanas asociados a la contaminación
ambiental.
Por eso, cuando estudié el último informe del Estado de
la Nación no hice más que confirmar la necesidad de que
el país sea conciente de lo imperioso de invertir (y no me refiero
a términos exclusivamente financieros) en construir una visión
estratégica, y la institucionalidad que conlleva ésta, para
afrontar los retos ambientales y del desarrollo sostenible. Como titular
del Ministerio del Ambiente (Minae), al leer el capítulo de "Armonía
con la Naturaleza", sentí, en términos generales, que
las funciones, responsabilidades y obligaciones propias del Minae son
valoradas en términos positivos, aun cuando reconozco el avance
lento en la consolidación de los parques nacionales, en hacer sostenible
el aprovechamiento forestal, en desminuir la caza y la tala ilegales,
en focalizar el pago de servicios ambientales, etcétera. Producto
no de una incapacidad institucional para hacerlo sino de muchos años
continuos de decrecimiento en el presupuesto. Hoy el Minae tiene 100 guardaparques
menos que hace 10 años y el presupuesto operativo en este término
decreció en más del 100 por ciento en relación con
el total del presupuesto del Ministerio.Comparto totalmente la valoración
que hace el Estado de la Nación de la gestión ambiental
en otros temas que no son competencia directa del Minae: contaminación
de aire y gestión de los ministerios de Obras Públicas y
Transportes y de Salud; contaminación de aguas y gestión
del Instituto de Acueductos y Alcantarillados y del Ministerio de Salud;
desechos sólidos y gestión de este Ministerio, del Instituto
de Fomento y Asesoría Municipal y de las municipalidades; contaminación
por agroquímicos y gestión del Ministerio de Agricultura;
y pesca marina irracional y gestión del Instituto Costarricense
de Pesca. Con lo anterior quiero decir que la responsabilidad del funcionamiento
del aparato estatal ambiental se encuentra dispersa, y lo peor es que
no obedece a una responsabilidad rectora al más alto nivel político.
Nuestra historia reciente nos indica, y el Estado de la Nación
en reiteradas oportunidades nos ha demostrado, que los temas ambientales
tratados por instituciones que no son el Minae constituyen asuntos de
segundo orden.
Cada vez que tengo oportunidad de compartir con otros colegas de la comunidad
internacional sobre los retos de la agenda ambiental global, me convenzo
más de que las diferencias en esta materia no son tan agudas entre
el mundo desarrollado y nuestro país, considerado en vías
de desarrollo. En efecto, las preocupaciones son más o menos las
mismas que hoy reconocemos en el país y que nos obligan a iniciar
un proceso con responsabilidad histórica, social y política
que nos permita enfrentar tales deficiencias: (1) el débil reconocimiento
de los aspectos ambientales y el papel que juegan en las estrategias nacionales
de desarrollo, (2) la dispersión normativa a nivel interno y a
nivel internacional que conduce a una visión fragmentada de lo
ambiental, (3) la debilidad -derivada en gran parte de lo anterior- de
las estructuras institucionales para la emisión, seguimiento y
evaluación de las políticas nacionales y (4) la insuficiencia
de los recursos asignados al desarrollo ambiental de los países.
A pesar de que desde la Cumbre de Río de 1992 quedó claramente
establecido el carácter intersectorial o transversal de la política
ambiental, la evolución general hacia la plena interiorización
de este concepto en la emisión de políticas y en la gestión
publica -prestación de servicios- ha sido sumamente lenta. Los
esfuerzos nacionales en esta dirección han sido prolíficos
en el discurso y las buenas intenciones (esfuerzos como Ecodes, Eco2005,
Ecosos, etcétera), pero poco efectivos en su concreción.
Resulta casi una verdad de Perogrullo pero debemos reiterarlo: entre la
clase política y los tecnócratas nacionales no ha existido
una valoración adecuada de la dimensión ambiental del desarrollo
que nos lleve a desarrollar un proyecto de país en esa materia;
es decir, que nos lleve a la definición de una política
de estado que perdure más allá de los ciclos gubernamentales
de turno. Hoy, cuando nos debatimos en una coyuntura internacional caracterizada
por las tendencias al libre comercio, debemos esforzarnos para que los
efectos de éste incidan con el menor impacto negativo posible en
nuestro ambiente.
Nuestro país ha sido por muchos años un campeón en
la emisión de normas en los diferentes niveles del ordenamiento
jurídico, lo que nos sitúa sin duda alguna a la vanguardia
entre los miembros de la comunidad internacional. Posiblemente hemos firmado
más acuerdos internacionales en materia ambiental que las potencias
desarrolladas, creyendo con ello superar nuestras propias deficiencias
en la generación de cambios concretos positivos en el ambiente
mismo. Cantidad de leyes orgánicas y especializadas definiendo
competencias y rectorías ministeriales y de entidades técnicas
desconcentradas en campos tan diversos como energía, agua, suelos,
biodiversidad, pesca, aire, salud humana, etcétera, nos colocan
en un enmarañado legal que más que facilitar la labor de
los jerarcas y funcionarios nos envuelve en un interminable ir y venir
analizando si la responsabilidad es nuestra o de la agencia o ministerio
tal, que reclama derechos históricos sobre este o aquel campo de
actividad pública, cual si se tratara de un proceso de dilucidación
de derechos de propiedad y no de un servicio público. A cada ley
corresponden igual o mayor cantidad de reglamentos y normas técnicas
y de procedimiento que finalmente convierten a la administración
en su principal enemigo, al no encontrar el camino para la eficiente prestación
de los servicios que el desarrollo del país demanda.
La situación legal descrita nos lleva necesariamente a la falta
de claridad en la dirección y coordinación políticas,
posiblemente porque pretendemos encontrar en las leyes orgánicas
o especializadas las herramientas para el cumplimiento de tan trascendental
y delicada misión, y olvidamos que nuestras instituciones particulares
no actúan en forma independiente del resto del ordenamiento jurídico,
particularmente de aquel que determina el rango, el alcance y las modalidades
de autoridad de las diferentes entidades del gobierno -cual es el caso
de la Constitución Política y de la Ley General de Administración
Pública.
Nos queda finalmente el tema de los recursos. No puede gerenciarse una
agenda ambiental tan amplia y comprensiva como la que nos describe el
artículo 50 constitucional y la Ley Orgánica del Ambiente
si no se revisan los criterios para la asignación de recursos públicos
a la política ambiental. El Ministerio del Ambiente no puede cumplir
con esa función si sigue recibiendo básicamente los recursos
creados por leyes especiales, con destinos específicos a determinadas
áreas del accionar ambiental del país. Un Ministerio del
Ambiente sin el personal adecuado, que profesionalmente corresponda con
las necesidades de una agenda multidisciplinaria, con un respaldo tecnológico
adecuado que permita constituir y consolidar una herramienta básica
para ejercer la labor de seguimiento, evaluación de la política
y rendición de cuentas, como lo es un sistema de información
ambiental, no puede pretender convertirse en una entidad estratégica
para hacer realidad los mandatos de la Ley Orgánica del Ambiente,
de ser capaz de armonizar el uso productivo de los recursos naturales
con su conservación.
Estas consideraciones nos llevaron a insistir en la necesidad de un esfuerzo
nacional tendiente a consolidar una verdadera estrategia nacional ambiental,
ya que como lo apuntan los últimos informes del Estado de la Nación,
el reto de lo ambiental está en llegar a conceptuar una visión
ambiental de país.
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