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Aunque ningún discurso puede cubrir todos los
aspectos referentes al tema del que trata, de un buen discurso sí
se puede sensatamente esperar que no eluda los tópicos medulares,
sin los cuales resultaría amorfo e incompleto. Este noveno informe
del Estado de la Nación (publicado en 2003 pero con información
de 2002) está completo, echándose acaso únicamente
en falta el tratamiento de la problemática urbana. Cierto es que
se toca los aspectos más álgidos de ésta: la contaminación
del aire, la disponibilidad y calidad del agua y la generación
y manejo de desechos, pero éstos se tratan como unidades en sí
mismas y no encuadrándolos en una consideración general
de la problemática urbana, o sea, no dentro de una concepción
y caracterización de ésta. ¿Merece ella un trato
aparte? Esto debiera discutirse pero pareciera que sí: el breve
y agudo escrito de Rosendo Pujol, inserto en la sección de contaminación
del aire, así lo sugiere. Ese inserto es como un ventanuco que
desde las páginas del noveno informe, y pareciera que sin proponérselo,
lo hace a uno desviar la mirada del árbol al bosque, es decir,
del problema individual que es la contaminación del aire urbano,
a la estructura y funcionamiento de este gran ecosistema artificializado
-o sea: la ciudad, la Gran Área Metropolitana- donde aquel problema
se inscribe.
Como es bien sabido, en general lo atinado es que el examen de los problemas
específicos se haga sin dejar de considerar el sistema al que pertenecen,
del que son inseparables y a partir del cual se explican; eso sí,
respetando la especificidad del problema y sin diluirlo en el sistema
del que es parte. Pero así como esto es bien sabido, también
es fácil comprender que para una investigación de la problemática
ambiental nacional en un período estrechamente delimitado, tiende
a ser imposible, para cada problema o tópico del que se da cuenta,
revelar el contexto al que pertenece. Es por ello que valdría la
pena discutir si en el caso de la investigación del Estado de la
Nación el ecosistema urbano del que somos parte merece ser objeto
de tratamiento, develando los cambios y vicisitudes en las relaciones
que internamente lo definen, para, a partir de allí, priorizar
y examinar más incisivamente algunos de sus problemas -como el
de contaminación del aire, por ejemplo. O si, por el contrario,
esos problemas debieran tratarse sin abordar el ecosistema urbano en tanto
tal, del cual, por cierto, son fragmentarias expresiones. Por lo demás,
este noveno informe luce redondo y luce bien.
Hay otro aspecto, no sustantivo, que quiero mencionar como digno de ser
discutido: unos temas fueron abordados de acuerdo a -digámoslo
así- una "posición de discurso" y otros desde
otra. Me estoy refiriendo a que en este informe parece que el tratamiento
de unos temas ambientales apuntan a una dimensión de lo ambiental
y otros a otra: sí, en unos temas se priorizó lo cuantitativo
y en otros lo cualitativo, haciendo que el informe, que debe ser unitario,
pueda resultar internamente un poquito disparejo o, mejor dicho, con voces
internas un tanto disonantes. Asimismo, algunos abordajes de algunos temas
ponen mucho énfasis en el significado económico del hecho
o hechos ambientales que examinan, y otros abordajes de otros temas no
hacen hincapié en el significado económico de los hechos
que analizan, sin que esto en cada caso concreto pueda justificarse con
el argumento de que unos hechos sí tienen un significado económico
relevante y otros no. E, igualmente, en algunos abordajes se llegó
a un muy avanzado nivel de detalle, es decir, de desglosamiento en un
recuento, mientras que en otros se fue muy somero, sin que esto pueda
justificarse aduciendo que un caso merecía una cosa y el otro otra
distinta.
Yo creo que todo esto puede deberse a las fuentes de información:
hay ámbitos de lo ambiental en los que diversos institutos que
investigan han generado enormes cantidades de datos y no de generalizaciones
ni tampoco de interpretación, y esto marca los resultados del equipo
investigador del Estado de la Nación, que trabaja contra reloj
sin quizás quedarle mucho tiempo para las generalizaciones y la
interpretación. Contrastantemente, en otros ámbitos los
institutos y empresas competentes se dedican poco a las estadísticas
y a la medición y más a la interpretación, marcando
esto al equipo investigador. O puede suceder también que simplemente
los diversos investigadores tienen orientaciones distintas, desembocándose
en que unos enfatizan en lo cuantitativo y otros en la cualitativo, unos
en el significado económico de ciertos hechos ambientales y otros
no, etcétera. Y es que si bien la perspectiva desde la que se aborda
cada tema debe ser específica, adecuada a la especificidad del
tema, debiera también estar subordinada al enfoque general, eliminando
las disonancias, procurando que los diversos abordajes de los diversos
objetos de estudio apunten a las mismas dimensiones.En referencia a los
resultados de investigación contenidos en el informe del Estado
de la Nación no haré aquí un recuento ni una reseña
ni una evaluación, dándolos por buenos, sino que rápidamente
mencionaré ciertas tendencias y ciertos despuntes que me parece
que en este momento constituyen los rasgos definitorios del carácter
de la situación ambiental nacional y definen su rumbo. Tales rasgos
o bien se desprenden de los resultados de investigación aquí
comentados o bien se explicitan en ellos. En primer lugar se desprende
claramente que, en función de la protección ambiental, en
Costa Rica se sigue profundizando en lo que es una obvia tendencia mundial:
sustituir la coerción a los ciudadanos y empresas por la seducción.
Sustitución que implica la conversión del súbdito
del estado en agente económico autónomo; sustitución
que consiste en que en lugar de castigar a la entidad que atenta contra
la naturaleza se le da a ella la opción de pagar por el atentado
que lleve a cabo (por ejemplo, verter contaminantes en cursos de agua);
y se le plantea la opción, que es equivalente a la anterior, de
que cobre por la protección que lleva a cabo de la naturaleza (por
ejemplo, conservar el bosque).
En concordancia con ese cambio en la lógica empleada para la protección
ambiental, de los resultados presentados por este informe también
se desprende que en Costa Rica, para la protección de la naturaleza,
cada vez son más importantes las certificaciones de sostenibilidad
ambiental, o sea, las certificaciones de ciertos procesos de producción
de bienes y servicios que son ambientalmente benignos. Esto es así
gracias a que los bienes y servicios certificados se posicionan crecientemente
bien en los mercados, lo cual nos incentiva para producir sosteniblemente.
También se desprende que mientras en muchos ámbitos de la
problemática ambiental ya están bastante encaminadas las
reorientaciones de políticas o por lo menos hay consensos básicos
respecto de éstas, en lo referente a áreas silvestres protegidas
se está haciendo urgente iniciar -apenas- el estudio y el debate
acerca de cómo replantear su gestión. Esto porque hay elementos
que están llevando a cuestionar el actual modelo de gestión:
la deficiente financiación de esas áreas, la creciente presión
del turismo sobre ellas, el aumento de las demandas ciudadanas de participación
y las reivindicaciones de los pueblos indígenas que habitan algunas
de ellas.
Pero lo que me parece más importante en este informe del Estado
de la Nación, en referencia a lo ambiental, es el hecho documentado
de que la participación ciudadana se ha acrecentado en todos los
ámbitos. Se trata de una participación consistente en el
involucramiento de ciudadanos y organizaciones en procesos de elaboración
de políticas y leyes (por ejemplo, de cara al recurso hídrico),
consistente también en vigilancia de los recursos naturales (por
ejemplo, los covirenas y los grupos ecologistas), consistente en generación
y seguimiento de programas de manejo de desechos, consistente en la beligerancia
de grupos indígenas defendiendo sus derechos dentro de las áreas
protegidas donde habitan, etcétera. Es una participación
estimulada desde la esfera estatal, también desde organismos internacionales
que prestan asistencia y, principalmente, por el movimiento ambientalista.
Se trata de una participación que alimenta, y probablemente también
refleja, la opinión ciudadana de que la vía privilegiada
para la resolución de los problemas ambientales es la participación
ciudadana -así lo dicen encuestas de las que da cuenta este noveno
informe. Es una participación sustentada en un creciente interés
de la ciudadanía por la protección de los ecosistemas y
por su degustación, de lo cual da fe el aumento de la visitación
a las áreas silvestres protegidas. Una participación que
también es correlativa de esa sobreproducción de investigación
y de normatividad que según el Estado de la Nación se está
dando en Costa Rica, superproducción que es un indicador de la
pujanza de las corrientes de defensa del ambiente, más que de la
esterilidad de éstas. Y junto a estas crecientes participación
y presión ciudadanas, y de un raquitismo en el financiamiento de
programas por parte del estado, se da -dice este noveno informe- una mayor
participación de la empresa privada en los esfuerzos de conservación,
fundamentalmente como promotora y propietaria de nuevas áreas silvestres
protegidas.
Esta participación de la que da pruebas el Estado de la Nación
hace cifrar la esperanza de que la problemática ambiental nacional
no solo no se agravará en los años próximos sino
que será gradualmente superada -aunque nunca totalmente, porque
el movimiento hacia la armonía es, en cualquier campo, necesariamente
asintótico. Pero en caso de que los problemas en vez de superarse
se recrudecieran hasta llevarnos a la catástrofe -lo cual es muy
improbable-, a los sobrevivientes en el territorio tico les quedaría
como consuelo que el destino de nuestro ambiente fue abierto al debate
y que se trabajó arduamente para que cristalizaran las condiciones
en que pudiera ser decisiva la influencia de los ciudadanos y sus organizaciones,
les quedaría como consuelo que de cara a lo ambiental la sociedad
fue cada vez más oída e involucrada en las decisiones, aunque
a la larga se fallara.
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