Agricultura orgánica
y mercado exterior

--Hugo Valdés--

La agricultura orgánica, aún en proceso de expansión en el mundo, actualmente cuenta con 23 millones de hectáreas certificadas cultivadas en 400.000 fincas de 130 países, estando la mayor parte concentrada en Australia, Argentina, Italia, Estados Unidos y Alemania, países que acumulan más del 70% del área certificada en el mundo. El consumo de productos orgánicos superó los $21.000 millones en 2002 y se espera que a fines de 2003 las ventas asciendan a $24.000 millones; la tasa de crecimiento de éstas en los últimos cinco años supera el 20% anual, pero en Inglaterra es de 48%, en Suecia de 46% y en EU de 30%. El Centro Internacional del Comercio, órgano técnico de la Organización Mundial del Comercio, estima que esta tendencia continuará en los próximos años a tasas que irán desde un 5% en Alemania y Francia hasta un 20% en EU, Irlanda y Canadá. La demanda se encuentra concentrada casi exclusivamente en los países industrializados: la Unión Europea y EU compran más del 90%, y es en estos países donde hay mayor interés por los productos orgánicos por parte de los consumidores, motivados por la preocupación creciente por los problemas ambientales, por el incremento de enfermedades producto de los cambios ambientales y por el deseo de alimentos más sanos -de fondo está el aumento de influencia de los partidos ecologistas que ha obligado a los estados a combatir los factores de daño ambiental y a estimular los contrarios.

Con pocas excepciones, la demanda ha mostrado un desarrollo muy dinámico, más que la oferta, lo que ha derivado en precios atractivos para productores y comerciantes y ha abierto oportunidades a productores de países en desarrollo.

Al contrario de los países industrializados, donde los motivos para la expansión de la agricultura orgánica tienen raíces más profundas, la exportación ha sido su principal impulso en la mayoría de los países en desarrollo. En América Central y Costa Rica la superficie orgánica ha tenido en los últimos años un desarrollo enorme: mientras que en 1998 solo se cultivaba 22.300 ha, actualmente se cultiva 56.000 ha (esta cifra podría ser mayor dado que de tres países no tenemos cifras posteriores al año 2001).

Los principales cultivos orgánicos de la región son café, cacao, ajonjolí y frutas, orientados casi en su totalidad a la exportación. Incluso las escasas políticas existentes de los gobiernos de la región dirigidas a lo orgánico están orientadas a favorecer la exportación. Si bien es cierto que el mercado exportador ofrece buenas oportunidades que deben ser aprovechadas por los productores y por el país, especialmente para productos que se encuentran en una profunda crisis, como el café, no se debe dejar de considerar que el mercado de productos orgánicos tiene características muy diferentes al mercado convencional. El consumidor orgánico, antes de demandar el producto, se asegura no solo de que éste sea realmente orgánico sino que examina la congruencia que debe existir entre la forma de producir orgánicamente y su forma de mercadeo. Especial atención se le presta al uso de energía en la producción, procesamiento, transporte y empaque del bien orgánico (un consumidor orgánico europeo no demandará una piña orgánica que haya sido transportada por avión, por muy sabrosa que ésta sea). Este comportamiento del consumidor orgánico resulta en un orden de preferencia descendente: producción local, regional, nacional e internacional. Solo cuando no consigue un bien producido localmente demandará el producto regional, y así sucesivamente. El vendedor de orgánicos conoce esto y lo considera a la hora de elegir a sus proveedores. Se admite que el esquema de preferencias puede funcionar de manera diferente a corto plazo, sobre todo cuando la demanda es superior a la oferta, pero esto cambiará rápidamente cuando la oferta se equipare con la demanda.

Este orden de preferencia se manifiesta, además, cuando por algún escándalo la credibilidad de la producción orgánica se ve afectada. En tal caso, para protegerse, el cliente trata de tener la relación más directa posible con su proveedor (el año pasado, en Alemania, cuando se encontraron residuos del herbicida Nitrofén en carnes y huevos orgánicos, las ventas de éstos disminuyeron drásticamente en los supermercados pero aumentó la venta directa de los productores); pero en el mercado exportador, sin embargo, una relación directa entre productor y consumidor no es posible.

El segundo aspecto -y tal vez el más importante- que hace que el esquema exportador sea muy vulnerable tiene que ver con la forma de producción. La agricultura orgánica debe lograr un equilibrio natural en su forma de producción, que es la única manera de evitar plagas, las cuales son generalmente producto del desequilibrio provocado por el monocultivo y la falta de rotación de cultivos, haciendo necesario el uso de químicos. Este equilibrio solo puede ser logrado en una finca biodiversificada y de producción no intensiva. De una producción diversificada surge una gran variedad de productos, de los que no todos pueden ser para la exportación. La economía exportadora, orgánica o convencional, exige, por el contrario, volumen y especialización, es decir, tiende exactamente a lo contrario de la agricultura orgánica, hacia el monocultivo. El mero reemplazo de insumos químicos por orgánicos no es suficiente para sostener el sistema. De continuar la tendencia únicamente exportadora de productos orgánicos en nuestros países, su modo de producción entrará, más temprano que tarde, en crisis, el sistema se hará insostenible. Por esta razón es imprescindible desarrollar los mercados locales para los productos orgánicos, a través de los cuales no solo se podrá dar salida adecuada a los cultivos provenientes de la biodiversidad sino que también se posibilitará que nuestra población tenga acceso a productos más sanos. No se trata de una disyuntiva -mercado local versus mercado internacional-, porque ambos pueden ser muy bien combinados por lo menos durante un tiempo. Lo importante es tener claro el rumbo y reorientar las políticas en esa dirección.

Hugo Valdés, economista, trabaja en la Corporación Educativa para el Desarrollo Costarricense (Cedeco) en el área de comercialización internacional.