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Eduardo Gudynas --Falta incluir el ambiente
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Semanas atrás, en la cumbre ministerial de Cancún, Costa Rica se integró al llamado Grupo de los 20 plus, un amplio conjunto de países entre los que están Brasil, India, China y Sudáfrica. Casi todas las naciones sudamericanas y varias centroamericanas formaron parte de ese conjunto, constituyendo una potente coalición que desde el Sur reclamaba el fin de las distorsiones en el comercio agrícola causadas por los subsidios y protecciones de Estados Unidos y la Unión Europea. Tal encuentro ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC) fracasó al no llegarse a un acuerdo comercial global. Los responsables no fueron el G 20+ ni las naciones africanas que se retiraron de las negociaciones, sino la intransigencia de Washington y Bruselas negándose a liberalizar el comercio mundial y a moverse hacia condiciones más justas. El papel del G 20+ fue muy exitoso. Mantuvo su unidad a lo largo de las negociaciones y demostró que la coordinación entre las naciones del Sur es efectiva para un contrabalance en las discusiones sobre comercio global. Esas novedades lamentablemente no se complementaron con nuevas actitudes hacia los temas ambientales: Brasil -uno de los líderes de ese grupo- y la enorme mayoría de los gobiernos del Sur mantienen una firme oposición a avanzar en la línea de considerar medidas ambientales en el seno de la OMC. En un sentido contrario, la Unión Europea y otros pocos países industrializados son insistentes promotores de incorporar la dimensión ambiental dentro de las resoluciones de la OMC. Ésta es una historia donde hay muchas culpabilidades y es difícil encontrar inocencias: Bruselas presenta sus subsidios y proteccionismos como medidas ambientales, e invoca restricciones verdes que se convierten en barreras de acceso a los mercados. Las naciones del Sur reaccionan combatiendo ese proteccionismo y desde allí critican y se resisten a incorporar medidas ambientales. El G 20+ podría ser una herramienta para discutir y promover una visión alternativa de las regulaciones ambientales que las naciones del Sur consideren legítimas. Recordemos que ellas tienen mucho que ganar debido a sus ventajas ambientales y en especial por medio de las exportaciones de productos orgánicos agrícolas y ganaderos. Otro tanto sucede en las discusiones sobre un acuerdo de libre comercio en América Central y también a nivel hemisférico en relación con el Alca. Los miembros latinoamericanos del G 20+ podrían aprovechar el impulso que acaban de obtener para profundizar en nuevas reglas de comercio más justas desde el punto de vista económico, pero también social y ambiental. Sin embargo, los más recientes movimientos se han dado a la inversa. No solo no se ha incorporado nuevos temas al debate sino que el G 20+ se está resquebrajando. Primero El Salvador abandonó el grupo, y más recientemente le han seguido Colombia, Perú, Costa Rica... Costa Rica ya había liderado una carta de apoyo a la negociación de un fuerte acuerdo en el Alca, consiguiendo la adhesión de más de una decena de países latinoamericanos. Este movimiento contribuyó a debilitar la coalición de miembros latinoamericanos del G 20+, en especial dejando aislados a Brasil y Argentina en su intento de contrabalancear las negociaciones frente a Estados Unidos. Llegamos así a una situación doblemente compleja. Por un lado se desvanecen las opciones de promover nuevos temas en la agenda comercial global o regional, y por otro lado no se aprovechan las oportunidades para negociar de mejor manera los temas comerciales tradicionales. El debilitamiento del G 20+ es una mala noticia, dado que afecta, una vez más, una experiencia exitosa de articulación latinoamericana y nos vuelve a dejar desunidos frente a las naciones industrializadas del Norte.
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