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Ambiente, pobreza e inundaciones --Luis Nelson Arroyo--
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Como parte de un ciclo, y ante la imposibilidad económica y práctica de rehabilitar a corto plazo terrenos degradados, se opta por la introducción de ganadería extensiva, opción ésta con la que el propietario se desentiende del descalabro ecológico que enfrenta. Este inconveniente subsanado o no en grandes espacios de las cuencas hidrográficas causa impactos importantes en las represas hidroeléctricas. Aquí la acumulación de sedimentos disminuye el gradiente y reduce el potencial de almacenamiento de aguas y, por ende, el de la generación de electricidad; ello sin contar las interrupciones que deben hacerse para dragar el fondo de los embalses, así como el acortamiento de la vida útil de la obra. La interrelación de los sistemas que configuran una cuenca hidrográfica es estrecha. El grado de alteración que ésta sufra está en relación con el contexto geológico, con las características del clima y las pendientes y con la cobertura y uso de la tierra (bosque, cultivos, carreteras, edificios). De todas estas variables, el factor antrópico es el mayor detonante, ya que si bien la erosión geológica o normal y los movimientos de laderas son consustanciales a los relieves emergidos del planeta, está probado que a la intervención humana se debe más del 50% de la erosión del planeta. Las inundaciones y otros procesos asociados a la acción de las aguas fluviales deben analizarse en el contexto de las modificaciones efectuadas en la cuenca. De hecho, éstas les son propias a los ríos; lo que no es propio es el tanto de intervención humana que las causa. Desde antaño, las planicies adyacentes a los ríos han sido lugar preferido para asentarse, merced a la presencia de agua, a su papel como vía de comunicación y a la factibilidad de siembra que presentan, pues no tienen restricciones por pendientes y los suelos que las conforman reciben el aporte periódico de avenidas que los enriquecen. En Costa Rica, las franjas aledañas a ellos se encuentran normadas mediante leyes con retiros variados, ya se trate de una zona rural o una urbana. Sin embargo, estas regulaciones están lejos de ser respetadas, por lo que en la práctica estos terrenos "no tienen dueño". Por lo general, muchas de ellas, al ser tierras con restricciones topográficas por pendiente y accesibilidad, representaban hasta hace algunos años los últimos rincones en que alguien hubiera pensado vivir. Precisamente, muchos de estos sitios son ahora barriadas populares que, atomizando los espacios, se apretujan en las condiciones más inverosímiles. No es de extrañar, entonces, que los sucesos por pérdidas diversas asociadas a las vecindades de cursos fluviales vayan en aumento. Estos daños en infraestructura y en muerte de gente no pueden achacarse únicamente a los trastornos que el hombre efectúa en las cuencas, sino que la población mundial más pobre tiende a ocupar y a explotar tierras marginales en las riberas de los ríos. Por ello, si desde tiempos inmemoriales las planicies aluviales eran los graneros de los pueblos, hoy día esas tierras, feraces como siempre y nacidas al influjo de las crecidas periódicas de los ríos, soportan una presión inmensa no tanto ya por cultivos sino por un poblamiento que, en la práctica, vive dentro de los ríos. En los países pobres la degradación ambiental marcha paralela al empobrecimiento de grandes segmentos sociales, y éstos, al socavar constantemente el medio en que se asientan; hacen que procesos físicos como deslizamientos e inundaciones, otrora considerados normales dentro de los cambios que experimentan los relieves, adquieran visos de catástrofes reiteradas aun ante eventos pequeños en magnitud. Y es que, también en el caso de las ciudades, las intervenciones humanas han reducido la infiltración de las aguas, por lo que la velocidad con que el agua corre se traduce en crecidas altas que afectan sectores donde la construcción de edificios y residencias modernas hacían impensable el sufrir efectos por inundaciones. Muchas de estas construcciones actúan a manera de barreras artificiales, mientras que otras, al privar el aspecto económico, se diseñan pensando no en un río para el puente sino en un puente para el río. Mediante directrices de este tipo se estrangula el paso natural de las aguas, se invade con rellenos el cauce y, como corolario, nuevamente grandes cantidades de pobres hacinados en los núcleos urbanos y rurales depositan fe en el efecto protector de estas obras. El paso de los huracanes Georges y Mitch, en Honduras en 1998, y el del huracán Joan, diez años antes en Ciudad Neily -Costa Rica-, patentizan el espejismo que representaban esas protecciones. Incluso ante eventos moderados -crecidas no extraordinarias- esos diques fueron literalmente barridos y con ellos los pobladores. Ineludiblemente, salta la pregunta sobre cómo dar una respuesta
apropiada a estos problemas. La literatura tradicional acerca de desastres
explica sobre prevención y mitigación. Prevenir es planear
qué hacer para evitar pérdidas futuras, y mitigar es cómo
reducir daños en lo que ya existe. Estas premisas parecen de fácil
aplicación, mas en la práctica ésta es muy compleja.
Se debe partir de que ya las áreas de riesgo existen con pobladores
e infraestructura incluidos. Asimismo, por lo general en estos sectores
el problema es endémico, lo cual significa que los gobiernos de
turno dan largas al asunto en vista de los altos costos en que se incurriría
por la reubicación de asentamientos. La tarea fundamental es cómo
dar calidad de vida a los pobladores de áreas de riesgo por inundaciones
y otras amenazas naturales, tratando de reconciliar la no pobreza con
el mejoramiento del ambiente. De muy poco sirve explicarles sobre la altura
que alcanzarán las aguas y lo inestables que son las laderas si
antes no aclaramos y atacamos las causas de estas ocupaciones humanas
de tierra. Lo urgente no se refiere tanto a evitar lo que pueda estar
por ocurrir sino a solucionar las perentorias necesidades actuales de
mucha gente. Cualquier discurso que no contemple esto edifica sobre arena.
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