Presentación

La percepción de que nuestra capital es estructuralmente desastrosa y fea llevó a especialistas e instituciones, desde mediados los años setenta, a estudios y discusiones sobre el carácter de nuestra pobre urbe y sobre cómo reordenarla. Antes, con excepción del inejecutado Plan de la capital de 1949, no se había hecho nada al respecto (Klotchkov dixit), quizás porque San José era humildemente linda y adecuada a la comunidad que la poblaba. Pero, no habiéndose logrado apoyos suficientes ni acuerdos, los estudios y propuestas ocurridas durante este último cuarto de siglo no se convirtieron en hechos materiales. Apenas ahora, que se ha tejido un consenso en torno a que vivir en San José y en el Área Metropolitana es una tarea de mártires, es que vemos realmente agallas, institucionalidad y claras señales de que vamos hacia un replanteamiento del desarrollo de la capital. La elaboración muy avanzada del Plan Nacional de Desarrollo Urbano -apoyado económicamente por la Unión Europea- y diversas acciones de la Municipalidad de San José, en un marco de bastante presión e iniciativas ciudadanas y de discusión pública, parecen decir que por fin vamos en la dirección de reordenar la capital partiendo de nuevos principios en los que la impronta ambientalista tiene un papel importante.

Desde mucho tiempo antes de que se iniciara dicho Plan se ha estado asistiendo al estallido de numerosos conflictos sociales y protestas por las dificultades del transporte, por fa en la captación de aguas servidas y de lluvia y en la recolección de desechos sólidos, por la extrema carencia de espaciollas gravísimass públicos para el recreo y para la simple circulación de personas, por la irrupción de comercios altamente perturbadores del ambiente en zonas residenciales, etcétera. Previo a dicho Plan diversas instituciones han hecho meritorios esfuerzos, frecuentemente infructuosos, para la elaboración y aplicación de planes reguladores del uso del espacio urbano, y también para el rescate de monumentos arquitectónicos -escasos- que hasta hace poco y aun ahora se han demolido en homenaje al progreso -patanamente entendido como el reinado del cemento y el automóvil sobre los cadáveres de los viandantes. Ahora se siente que a casi todo el mundo aquí se le ha acabado la paciencia -principalmente ante el sistema de vialidad-, y relevantes grupos sociales nacionales han caído en cuenta de que incluso para los más alienados del Primer Mundo los signos de progreso son desde hace mucho otros. Además, la cercana y atrevida experiencia de Bogotá aviva la esperanza y sugiere un camino.

Más que al examen de nuestros problemas urbanos, esta edición está dedicada al planteamiento y discusión de las coordenadas que debemos trazar y las tareas que hemos de enfrentar para reordenar nuestra ciudad y poder de nuevo vivir en ella.