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La di-gestión del patrimonio: cuestión de enfoques
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Ante este contingente de información un tanto fragmentaria y,
en algunos casos, incompleta y fundamentada en comunicaciones personales,
apreciaciones y puntos de vista de entrevistados, resulta inevitable echar
de menos un enfoque alternativo. Porque el Estado de la Nación,
con todos sus muchos méritos, se muestra ayuno de indicadores consistentes
para el tema que nos ocupa y, lejos de recabar la información ex
profeso a partir de un conjunto predeterminado de indicadores robustos
y versátiles, pareciera incorporar en sus páginas una colección
de recortes procedentes de cuanta información aparezca y esté
circunstancialmente disponible. Es decir, nos toca digerir un documento
salpicado de datos interesantes, pero sin una estructura prediseñada
que sintetice, en unos cuantos indicadores, la información más
relevante para ponderar las tendencias y estimar el grado de avance en
relación con el período anterior. Por ejemplo: ¿serán
indicadores adecuados y suficientes, con miras a evaluar la gestión
del patrimonio, la superficie cubierta por cada una de las categorías
de manejo de áreas protegidas y la variación anual en la
visitación que reciben dichas áreas (cf. cuadro 4.2)? Ciertamente,
se asemeja más a una instantánea que a una película
sobre nuestra realidad. En segundo lugar, el tema de las extinciones debiera ser considerado detenidamente a la luz de lo que sabemos: las extinciones siempre han existido y siempre existirán por cuanto son uno de los motores de la evolución orgánica. La cuestión entonces tiene que centrarse en determinar si la pérdida de especies y otros grupos taxonómicos mayores es producto de variables que podríamos controlar o si se trata de eventos inevitables. Basta revisar los doce principios del enfoque ecosistémico adoptados por la quinta conferencia del Convenio sobre Diversidad Biológica -CDB- (Pnuma 2000) para darse cuenta de que el marco en ellos propuesto reconoce que el cambio es inevitable y que, por lo tanto, la respuesta está en adoptar un enfoque adaptativo en la gestión ambiental. Y es aquí justamente donde interviene el estudio de la salud de los ecosistemas, como un medio indispensable para aprender haciendo. Concordamos con el Estado de la Nación en que ésta es una de las tareas más urgentes para procurar una gestión responsable del patrimonio natural, al igual que lo es la necesidad de trascender de una vez por todas el viejo paradigma del laisser faire, entendiendo que la naturaleza algunas veces requiere nuestra ayuda mediante el manejo activo (i.e. interventivo) de sus recursos para garantizar la provisión futura de bienes y servicios ambientales, particularmente en los casos que ameriten restauración ecológica o control de especies exóticas invasoras. El tercer aspecto es la utilización que hace el Estado de la Nación de los resultados obtenidos por Arguedas (2002) en su evaluación rápida de 19 áreas silvestres protegidas como parte de los esfuerzos que alimentaron la primera fase del Foro Ambiental Nacional. Se señala, por ejemplo, que "solo el 44% de las áreas estudiadas tiene un administrador a tiempo completo sin ningún recargo, el 39% lo tiene pero con recargo de otras funciones ... y el resto de las áreas (17%) son administradas desde las oficinas subregionales"; omitiéndose mencionar las recomendaciones que el mismo Arguedas plantea, entre las que está la aplicación de un sistema de jerarquías para el manejo, donde existan áreas protegidas "con un administrador a tiempo completo y personal a su cargo" y otras con la administración "como recargo del jefe subregional u otro funcionario que él designe". Es evidente que sin una priorización sería imposible hacerle frente a la administración de las 155 áreas protegidas del país con poco menos de 400 guardaparques; es clara la urgencia de contar con un plan director nacional para su manejo. Éste, que ha sido identificado como necesidad apremiante desde los ochenta (Morales y Cifuentes 1989) y a lo largo del último lustro (v.g. Morales y Bermúdez 2002, Sinac-Minae 2002), está ahora en proceso de diseño, el cual debiera ser muy participativo: la participación pública es una de las fronteras que deben ser alcanzadas para redimensionar el papel de las áreas protegidas dentro de la sociedad. Finalmente, estimamos necesario apuntar que el fideicomiso para las áreas protegidas creado por la Ley de Biodiversidad aún no está funcionando, por diversos motivos, al contrario de lo que sugiere erróneamente el Estado de la Nación (cf. p. 202), adjudicándole a quien escribe estas líneas dicha afirmación. De hecho, actualmente se realizan distintas gestiones en procura de establecer esta figura para la administración de los fondos que financian la operación de las áreas protegidas. Referencias bibliográficas |
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