Patrimonio en vez de capital ecológico

 

--Eduardo Gudynas--


Días atrás conocí a don José, un líder mapuche de una comunidad rural en el sur de Chile. Compartiendo el desayuno en su hogar y visitando su predio de poco menos de 20 hectáreas, conversamos sobre la vida, los temas ambientales y las opciones futuras del desarrollo y, al poco tiempo, estuvimos inmersos en una discusión muy similar a la que hoy se vive en el mundo académico alrededor del concepto de capital ecológico.

En los últimos años, las ideas y métodos de la economía convencional se expandieron y el concepto de capital entró en escena en las áreas social y ambiental. Unos presentaron la idea de capital social y otros la de capital ecológico. En las cuestiones ambientales la perspectiva de concebir el ambiente como una forma de capital se asociaba a una valoración económica, la asignación de derechos de propiedad y la mercantilización de la naturaleza. Se ha llegado incluso a promover la conservación como un tipo de inversión ecológica y a generar mercados de servicios ambientales.

Estas cuestiones están en el centro de muchos debates, tanto a nivel académico como en el seno de los movimientos sociales. Muchas personas han reaccionado ante esa mercantilización y afirman que no es posible considerar el ambiente únicamente desde un punto de vista económico, ya que sus componentes están más allá de cualquier precio. La naturaleza no puede ser reducida a un conjunto de mercancías y ella debe ser protegida independientemente de los beneficios económicos que puedan lograrse.

Don José ofrece muchos ejemplos de una valoración basada en perspectivas diferentes a las económicas. Él es un veterano y reconocido líder -o lonko- indígena que se dedica en su pequeño predio a criar unas pocas cabezas de ganado, mantener algunos cultivos y proteger una parcela de bosque. Justamente esa pequeña área forestada llamó mi atención y, cuando le pregunté por ella, don José me aclaró que su intención era preservarla intocada, sin producción agropecuaria, para legarla a sus hijos. Esa posición corresponde al concepto de patrimonio, que es una de las mejores alternativas frente a la idea de capital. Recordemos que el patrimonio se refiere a lo que se recibe en legado de nuestros padres, se lo preserva y se deja en legado a nuestros hijos. La idea de patrimonio no impide el uso, sino que apunta a una utilización responsable que permita que las futuras generaciones pueden aprovechar el mismo recurso. El concepto de patrimonio también apela a mantener esos bienes por fuera del mercado si ello es necesario para asegurar su preservación.

El vigor de la idea de patrimonio queda en claro con la posición de don José. Este lonko mapuche recibió su predio de sus padres, perteneciendo a la familia de su madre, y desea dejarlo a sus hijos. Una y otra vez alude al sentimiento de responsabilidad de mantener esa pequeña parcela de bosque y queda así en evidencia una racionalidad muy distinta a la que prevalece con el capital ecológico: la mercantilización de la naturaleza preserva el entorno allí donde es un buen negocio, mientras que el patrimonio natural lo hace por un imperativo ético.

Este tipo de tensiones entre esa perspectiva ética y las demandas económicas son muy comunes entre las comunidades mapuches en el sur de Argentina y Chile. En muchos de sus territorios se viven conflictos a veces larvados y en otros casos explícitos frente a enormes plantaciones forestales, aprovechamientos madereros y explotaciones de hidrocarburos. Los territorios originales en el contexto de los mercados actuales tienen poco valor, pero si son modificados se pueden aprovechar diferentes materias primas, usualmente explotadas por empresas extranjeras y que se destinan a la exportación.

En la región donde vive don José, en las cercanías de la ciudad de Temuco y a corta distancia del imponente volcán Llaima, se observa las cicatrices de la destrucción del paisaje natural. El bosque nativo se encuentra arrinconado en pequeñas áreas, habiendo sufrido la tala de los árboles más valiosos, la quema sucesiva para la mal llamada limpieza de los campos que en muchos casos terminaron en enormes incendios, dejando un manto de cenizas blanquecinas y, más recientemente, las plantaciones con especies exóticas como pinos. Allí se nutren algunas enormes empresas forestales.

Desde la dinámica actual del mercado, el bosque nativo vale mucho menos que los predios forestados con especies extranjeras y, por lo tanto, el capital ecológico en este caso no contribuye a mantener la biodiversidad. Es un buen negocio convertir el bosque nativo en una plantación artificial. La situación en el sur de Chile es tan grave que, cuando ocurre un incendio en las plantaciones de pinos privadas, rápidamente se organizan las brigadas de bomberos, pero se demoran cuando las llamas devoran los árboles nativos en un parque nacional. Las plantaciones forestales mueven buena parte de la economía regional, mientras que el patrimonio natural en gran medida no genera beneficios visibles desde el punto de vista de los mercados convencionales.

El bosquecillo de don José, que alberga algunos robles australes y colihues, no le genera ninguna ganancia. Desde un punto de vista tradicional, más de un técnico agropecuario diría que es improductivo y alentaría a transformarlo a la ganadería o la agricultura.

La idea del capital ecológico se difunde en todo el continente: existe toda una nueva generación de manuales de contabilidad ambiental o valoración económica, aparece en muchos proyectos financiados por la cooperación internacional y, en especial, por el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo y ofrece un cierto encantamiento de rigurosidad y cientificidad. Muchas organizaciones ambientalistas han insistido tanto con los potenciales beneficios económicos de la naturaleza que han abrazado la idea del capital ecológico, aunque en el fondo eso potencia los mecanismos de mercado y producción que constituyen la causa profunda de los problemas ambientales.
La insistencia en la idea de capital ecológico y en la articulación entre mercado y conservación ha avanzado hacia posiciones extremas, hasta esperar que la gestión ambiental sea económicamente rentable. Ésta es una idea totalmente equivocada: los éxitos económicos en el mercado nada dicen sobre los éxitos en la conservación de la naturaleza. Es más, la preservación de la biodiversidad debe ser un fin en sí mismo independientemente de sus posibles ganancias económicas. En esta trampa han caído algunos planes de manejo de áreas protegidas en América Latina y, por lo tanto, deben buscar ingresos económicos, usualmente apelando al ecoturismo, con más de un problema debido a sus impactos ambientales dentro de las áreas naturales. Frente a ello, el concepto de patrimonio sirve para recordar que la gestión ambiental no puede quedar restringida a los flujos de capital ni a la rentabilidad y que engloba aspectos éticos donde las valoraciones se dan en ámbitos distintos a los económicos. Don José tiene clara esa diferencia y afirma con orgullo que "nosotros, los mapuches, hablamos con la naturaleza; nuestro pensamiento es en la naturaleza porque somos parte de ella". Queda así en evidencia la pluralidad de valoraciones con las cuales las personas reaccionan frente al ambiente; podrá aceptarse que el valor económico es una de las escalas de valoración, pero no es la única y, en realidad, tienen igual importancia otras dimensiones como la cultural, la ecológica, la estética y la religiosa. Esto constituye una de las ventajas del concepto de patrimonio natural, ya que no se lo presenta en oposición al de capital ecológico sino que lo trasciende, englobando ésa y otras formas de valoración del ambiente. Es, por lo tanto, una perspectiva que vuelve a poner en primer plano la responsabilidad en las personas y no rehuye de ella presuponiendo que será el mercado el que decidirá el porvenir de nuestro entorno.