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La propuesta de Estados Unidos de acordar un Área de Libre Comercio
de las Américas (Alca) ha puesto en el centro de los debates las
ideas sobre la integración continental. El Alca apunta a liberar
y desregular exportaciones e importaciones de bienes y servicios en un
mercado ampliado a casi todas las naciones de América, lo cual
es presentado como sinónimo de integración latinoamericana,
generándose a partir de allí el mito de que el Alca defiende
simultáneamente la libertad y la integración regional (anhelos
éstos de profundas raíces en América Latina). Y como
nadie está contra la libertad y la integración, el debate
sobre el libre comercio termina empantanado.
Sin embargo, el Alca poco tiene que ver con la libertad y con la integración.
La libertad no está asegurada y las grandes economías continentales
apelan a trabas, subsidios ocultos y protecciones encubiertas para proteger
sectores clave de sus economías. Los borradores del Alca no ofrecen
garantías para desmontar esas distorsiones, lo que augura una liberalización
comercial asimétrica con la que los mercados nacionales quedarán
expuestos, tanto en cuanto a las importaciones como en cuanto a los flujos
de capital.
Lejos de promoverla, el Alca inhibirá la integración, la
cual es un proceso en el que la liberalización comercial es un
componente entre otros tanto o más importantes: como las articulaciones
culturales, sociales y productivas. En la Unión Europea, por ejemplo,
además de libre comercio se observa la libre circulación
y residencia de personas. Pero en las américas, tanto EU como Canadá
rechazan la posibilidad de que dentro del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte (TLCAN) haya avances en la política migratoria:
los mexicanos siguen necesitando un pasaporte y una visa para viajar a
aquellos países. Esta problemática no se contempla en el
Alca.
Otros procesos de vinculación en América Latina insinúan
rutas alternativas distintas al Alca. Por ejemplo, en el Mercado Común
del Sur (Mercosur), entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, cualquier
persona puede viajar dentro de la región usando únicamente
su documento nacional de identidad, y recientemente se ha aprobado un
acuerdo sobre migración y residencia que liberaliza todavía
más las condiciones para vivir y trabajar en otro país.
La integración es también un proceso político en
el que se elaboran políticas comunitarias comunes a fin de reducir
la competencia entre los socios, mejorar la competitividad y poder atender
las demandas sociales y ambientales. Ese tipo de coordinación existe
en la UE, y el caso más conocido es la política agrícola
común. Pero la experiencia del TLCAN y los borradores del Alca
la excluyen, no dejando ningún mecanismo de concertación
política para coordinar emprendimientos productivos, y, por el
contrario, manteniendo la competencia entre sectores, empresas y países.
Al amparo del libre comercio los más fuertes intentarán
invadir los mercados de los más débiles. Las medidas de
salvaguardia y protección serán imposibles, ya que cualquier
gobierno que las intentara estaría atentando contra el libre comercio.
En este terreno las experiencias alternativas son más limitadas.
En el caso del Mercosur todavía no se ha logrado construir políticas
comunes en sectores clave como el agropecuario. Pero, a pesar de ello,
ese acuerdo tiene componentes políticos mucho más importantes
que los previstos dentro del Alca: existe una Comisión Parlamentaria
Conjunta que reúne delegados de los poderes legislativos de los
cuatro países y que es un embrión de un futuro Parlamento
del Cono Sur; también viene trabajando el Foro Consultivo Económico
y Social del Mercosur, integrado por delegados de los sindicatos y empresarios
de cada país, y, finalmente, en forma paralela se vienen desarrollando
acuerdos políticos en otros campos no comerciales, como estrategias
regionales en salud, educación y cultura. A pesar de sus limitaciones,
la experiencia del Mercosur deja en claro que es posible avanzar en el
plano de la coordinación política de la integración,
rompiendo el mito de que el Alca es el camino para ello.
Un verdadero proceso de integración, basado en un entramado político,
es esencial para la protección ambiental, porque las medidas orientadas
a la conservación y la sustentabilidad deben estar basadas en políticas
comunes y no pueden estar acotadas por fronteras políticas, que
nada tienen que ver con las ecorregiones. Pero el Alca carece de escenarios
políticos de ese tipo, por lo que con él no se contaría
con una política ambiental regional, sino que los países
seguirían compitiendo para exportar más o menos los mismos
productos, acentuando sus impactos ambientales, y los intentos de regulación
ambiental serían combatidos por su supuesto impacto sobre el libre
comercio.
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