Ambiente y libre comercio en América

--Eduardo Gudynas--


La propuesta de Estados Unidos de acordar un Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) ha puesto en el centro de los debates las ideas sobre la integración continental. El Alca apunta a liberar y desregular exportaciones e importaciones de bienes y servicios en un mercado ampliado a casi todas las naciones de América, lo cual es presentado como sinónimo de integración latinoamericana, generándose a partir de allí el mito de que el Alca defiende simultáneamente la libertad y la integración regional (anhelos éstos de profundas raíces en América Latina). Y como nadie está contra la libertad y la integración, el debate sobre el libre comercio termina empantanado.
Sin embargo, el Alca poco tiene que ver con la libertad y con la integración. La libertad no está asegurada y las grandes economías continentales apelan a trabas, subsidios ocultos y protecciones encubiertas para proteger sectores clave de sus economías. Los borradores del Alca no ofrecen garantías para desmontar esas distorsiones, lo que augura una liberalización comercial asimétrica con la que los mercados nacionales quedarán expuestos, tanto en cuanto a las importaciones como en cuanto a los flujos de capital.
Lejos de promoverla, el Alca inhibirá la integración, la cual es un proceso en el que la liberalización comercial es un componente entre otros tanto o más importantes: como las articulaciones culturales, sociales y productivas. En la Unión Europea, por ejemplo, además de libre comercio se observa la libre circulación y residencia de personas. Pero en las américas, tanto EU como Canadá rechazan la posibilidad de que dentro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) haya avances en la política migratoria: los mexicanos siguen necesitando un pasaporte y una visa para viajar a aquellos países. Esta problemática no se contempla en el Alca.
Otros procesos de vinculación en América Latina insinúan rutas alternativas distintas al Alca. Por ejemplo, en el Mercado Común del Sur (Mercosur), entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, cualquier persona puede viajar dentro de la región usando únicamente su documento nacional de identidad, y recientemente se ha aprobado un acuerdo sobre migración y residencia que liberaliza todavía más las condiciones para vivir y trabajar en otro país.
La integración es también un proceso político en el que se elaboran políticas comunitarias comunes a fin de reducir la competencia entre los socios, mejorar la competitividad y poder atender las demandas sociales y ambientales. Ese tipo de coordinación existe en la UE, y el caso más conocido es la política agrícola común. Pero la experiencia del TLCAN y los borradores del Alca la excluyen, no dejando ningún mecanismo de concertación política para coordinar emprendimientos productivos, y, por el contrario, manteniendo la competencia entre sectores, empresas y países. Al amparo del libre comercio los más fuertes intentarán invadir los mercados de los más débiles. Las medidas de salvaguardia y protección serán imposibles, ya que cualquier gobierno que las intentara estaría atentando contra el libre comercio.
En este terreno las experiencias alternativas son más limitadas. En el caso del Mercosur todavía no se ha logrado construir políticas comunes en sectores clave como el agropecuario. Pero, a pesar de ello, ese acuerdo tiene componentes políticos mucho más importantes que los previstos dentro del Alca: existe una Comisión Parlamentaria Conjunta que reúne delegados de los poderes legislativos de los cuatro países y que es un embrión de un futuro Parlamento del Cono Sur; también viene trabajando el Foro Consultivo Económico y Social del Mercosur, integrado por delegados de los sindicatos y empresarios de cada país, y, finalmente, en forma paralela se vienen desarrollando acuerdos políticos en otros campos no comerciales, como estrategias regionales en salud, educación y cultura. A pesar de sus limitaciones, la experiencia del Mercosur deja en claro que es posible avanzar en el plano de la coordinación política de la integración, rompiendo el mito de que el Alca es el camino para ello.
Un verdadero proceso de integración, basado en un entramado político, es esencial para la protección ambiental, porque las medidas orientadas a la conservación y la sustentabilidad deben estar basadas en políticas comunes y no pueden estar acotadas por fronteras políticas, que nada tienen que ver con las ecorregiones. Pero el Alca carece de escenarios políticos de ese tipo, por lo que con él no se contaría con una política ambiental regional, sino que los países seguirían compitiendo para exportar más o menos los mismos productos, acentuando sus impactos ambientales, y los intentos de regulación ambiental serían combatidos por su supuesto impacto sobre el libre comercio.