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Acertadamente, Saxe-Fernández (2002) ha calificado como compra-venta
de México el proceso de desnacionalización integral de los
activos estratégicos del país: "el entonces vicepresidente
de EU, Albert Gore, expresó poco antes de que el tratado [Tratado
de Libre Comercio de América del Norte - TLCAN] fuera aprobado
en el Congreso de su país, [que]: 'el TLCAN es tan importante para
nosotros como la compra de Luisiana y la compra de Alaska' ". Resultado
de una ecuación de poder en la cambiante correlación de
fuerzas externas e internas, y aunque la compra-venta y el saqueo del
país se identifican históricamente desde la colonia, en
su modalidad de finales del siglo XX ese proceso se formalizó con
la firma del TLCAN por parte de las élites del poder del país
norteño y su contraparte mexicana o, mejor dicho, con el grupo
de country managers (según expresión del ex presidente tico
Rodrigo Carazo, citado por Saxe) de EU en México. El TLCAN, como
se puede constatar a poco más de nueve años de que formalmente
entrara en vigor, lejos de beneficiar al país y a su gente, ha
garantizado, bajo la figura de acuerdo comercial, el aumento indiscriminado
de las inversiones extranjeras como "motor de la economía
nacional", al tiempo que ha "comprometido" al país
a abrir crecientemente el mercado nacional a los productos altamente subsidiados
y tecnificados de EU -y en menor medida de Canadá. Ello trajo,
entre otras consecuencias y como parte de esa "nueva realidad internacional",
un Iguazú de procesos de privatización de los activos estratégicos
de México. Comenzó por ferrocarriles y carreteras, para
luego extenderse, mediante iniciativas y proyectos de privatización
formal, o de facto, al sistema bancario y de pensiones, a puertos y aeropuertos,
a telecomunicaciones y al espacio satelital, a sistemas de almacenamiento,
distribución y tratamiento de agua, a gas, electricidad y petróleo,
a minerales, etcétera. Desde luego, inclúyanse, además
de los recursos naturales mencionados, otros que han sido transferidos,
sea a partir de la concesión de las principales operaciones extractivas,
o bien bajo la lógica del comercio internacional a precios de "socio
comercial", los cuales, por supuesto, no consideran el impacto ambiental
en parte producido por la intensidad de su explotación. Me refiero
al saqueo de recursos como madera y celulosa para la producción
de papel, fibras, chicle y látex, y a toda la biodiversidad de
interés comercial, incluyendo su capacidad como "banco de
genes" al servicio de las multinacionales biotecnológicas
y afines (Delgado 2002).
Las implicaciones de la desnacionalización de esos activos son
de orden mayor, incluyendo los últimos a los que se les podrían
llamar activos naturales -siguiendo irónicamente la propuesta oficial
privatizadora de los "activos de la nación" y que no
se refiere propiamente a la de los recursos naturales. Todo lo que un
país defiende en caso de guerra es justamente lo que ha venido
siendo objeto de compra-venta, por lo que, de suceder una "desestabilización
social interna" como consecuencia de la subasta del país,
es más que factible que sea EU quien defienda, en territorio mexicano,
lo que "compraron" sus empresarios bajo el velo del TLCAN (considérense
también ahí las concesiones extractivas "otorgadas",
muchas de ellas operando en territorios indígenas y campesinos).
En tal sentido, no es de extrañar que uno de los principales objetivos
del TLCAN sea garantizar la seguridad y operatividad de las inversiones
extranjeras y, en particular, las de EU; de ahí que, según
el Tratado, sea fundamental "[la] protección de las inversiones
respecto del maltrato por parte de los gobiernos extranjeros
[así
como]
la eliminación de las barreras a la inversión
que representan el requisito de desempeño y los derechos de establecimiento"
(Cosbey 2002). Más aun, en el Capítulo 11 del TLCAN se abordan
los "cuidados" que debe tenerse con la inversión extranjera
directa (IED). El Artículo 1.102 del Tratado explicita las obligaciones
de trato nacional para el capital extranjero, mientras que el 1.106 establece
la prohibición de requisitos de desempeño y el 1.105 las
obligaciones sobre niveles mínimos de normas de trato internacional.
En el 1.110 se delimita la protección contra la expropiación,
la cual, según el documento oficial, no puede ser más que
"a causa de utilidad pública, sin discriminación por
nacionalidad específica y con indemnización por parte del
gobierno expropiador"(Ibid.).
Es decir, se ponen las precauciones pertinentes para que no vuelva a ocurrir
una expropiación como la que realizó en 1938 el general
Lázaro Cárdenas al nacionalizar el petróleo mexicano
y quitarle el negocio al empresariado estadounidense. Nótese que,
por lo tanto, el 1.110 avalaría, en caso de que sucediera una expropiación
"injustificada" y supuestamente con "apego a la legalidad",
que EU pueda incluso ir a guerra, ya sea para recuperar sus activos expropiados
o la indemnización correspondiente (la que generalmente está
fijada en montos extraordinariamente altos). Aunque seguramente el 1.110
es un "candado" pensado a favor de la IED en el sector energético
(petróleo, gas y electricidad), igualmente es aplicable para el
caso de otras inversiones: tal es el de las referentes a los activos naturales,
un aspecto no considerado en las discusiones oficiales y de "expertos"
del TLCAN en el ausente rubro ambiental. (Respecto del 1.102, desde la
perspectiva ambiental se pregunta que si se diera el caso de que varias
empresas nacionales estuvieran ya contaminando al máximo permitido,
el negar un permiso a un inversionista extranjero para abrir otra planta
en el mismo sitio ¿equivaldría al incumplimiento de la cláusula
de trato nacional? [Cosbey 2002: 4]; en cuanto al 1.105, y particularmente
al 1.106, no se incluye la noción ambiental como lineamiento regulador
de un mínimo de desempeño y obligaciones, al menos para
no contaminar el ambiente de modo tan agresivo; y en torno al 1.110 se
ha puntualizado la necesidad de considerar las repercusiones ecológicas
de una empresa como una de las causas para que sea expropiada -en tal
sentido, una IED que produzca los suficientes impactos ambientales, de
categoría grave, no podría ser expropiada para su clausura
a menos que se le pagara).
Considerando lo anterior y dada la debilidad de la legislación
ambiental nacional y de su cumplimiento, así como por la corrupción
del sistema, no es casual la reubicación de empresas de EU altamente
contaminantes que operaban en ese país y que "casualmente"
con el TLCAN comenzaron a hacerlo a lo largo y ancho de México
y, en específico, en el lado fronterizo mexicano. Se trata de un
fenómeno de transferencia de contaminantes y residuos tóxicos
por parte de EU a México y que se protege con los lineamientos
legales del Tratado. Aunque, por supuesto, y gracias a la movilización
de la sociedad civil mexicana, algunas empresas han logrado ser simbólicamente
sancionadas, pero son casos contados.
Desde el punto de vista del saqueo de los recursos naturales, el TLCAN
ha sido indispensable para las élites de poder norteñas,
ya que permite establecer una peculiar modalidad de "comercio internacional"
que abre las puertas a la intensificación de la transferencia de
esos recursos, ya sea a partir de su exportación hacia las empresas
de EU que luego los procesan o comercializan a gran escala (regresando
una parte al país como importaciones), o a través, y sobre
todo, de la realización de tal proceso extractivo-industrial directamente
en el país.
Una investigación efectuada por Saxe-Fernández y Núñez
(2001) muestra que entre 1976 y 1997 América Latina realizó
una transferencia de excedentes a favor de los países ricos por
concepto de servicio de la deuda, transferencias unilaterales, fugas de
capitales, utilidades netas remitidas de inversión directa, términos
de intercambio, errores y omisiones, conservadoramente estimada en 2 billones
51 mil 619,1 millones de dólares, deflactados al PIB 1990 de EU
(Saxe-Fernández 21-3-02). Ello, indica Saxe-Fernández, "encarna
el enlazamiento y profundización de las desestabilizantes fuerzas
de centrifugación capitalista, por la vía de los programas
privatizadores y de ajuste estructural, con la correspondiente tendencia
a la centripetación y proyección del poderío policiaco-militar
del Poder Ejecutivo" (Ibid.). En efecto, tanto las fuerzas centrífugas
como centrípetas a las que alude Saxe-Fernández, componen
uno de los nodos del escenario operativo del TLCAN y ciertamente del Plan
Puebla Panamá y el Área de Libre Comercio de las Américas
(Alca), las cuales vienen a profundizar el ritmo de transferencia de riqueza
de América Latina hacia el Norte, y que, como muestran tales estimaciones,
no se está hablando de pequeñeces. Si a las cifras anteriores
se les suman las correspondientes al saqueo de los recursos naturales
y los "costos" ambientales, evidentemente tal transferencia
se incrementaría de modo exponencial.
Más aun, vale señalar que la dinámica de transferencia
de excedentes está consolidada en sinergia al pago de la deuda
y sus intereses. Martínez-Alier y Roca (2000: 428-429) sintetizan
adecuadamente tal lógica al escribir que "la obligación
de pagar la deuda externa y sus intereses lleva a una depredación
de la naturaleza
Para pagar la deuda externa y sus intereses hay
que lograr un excedente
Este excedente proviene en parte de un aumento
genuino de la productividad
pero en parte sale del empobrecimiento
de las personas de los países deudores y del abuso de la naturaleza".
En este contexto llama la atención que el presidente de México,
Vicente Fox, asegure que "somos la novena economía del mundo"
y que, gracias al TLCAN, tenemos una formidable balanza comercial: "la
séptima más grande en el mundo" (La Jornada, 11-12-02).
Lo interesante no es el absurdo de estar supuestamente en la novena posición
de las economías del orbe, sino las dimensiones de nuestra balanza
comercial, lo que implica una explotación extraordinaria de los
recursos naturales y humanos del país. Mientras la crisis se agudiza
cada vez más en el país, no sorprende, entonces, que siguiendo
esa coherente lógica de pensamiento que caracteriza al presidente
mexicano, todavía se atreva a señalar que el TLCAN "ha
sido 'altamente positivo' para la economía nacional" (Ibid.).
Según datos del Banco de Comercio Exterior de México (Bancomext
2002), entre febrero de 2001 y febrero de 2002 el país había
exportado $11.995 millones en petróleo crudo -ojo, no de derivados,
donde está el negocio importante- (más de 675 millones barriles
a un precio promedio por barril de $17,76). A esa transferencia hay que
sumarle las toneladas de productos del sector agropecuario (agroindustria
de hortalizas y frutas en su mayoría) que sumó un valor
de $3.869 millones. Asimismo, los centenares de toneladas de productos
de la minerometalurgia y la siderurgia cuyas exportaciones se valoraron
en $237 y $351 millones respectivamente, las de productos minerales no
metálicos en $453 millones, las del sector extractivo (en bruto),
de las cuales el 71,4% eran de zinc, sal común, cobre y espatofluor,
en $63 millones, las de vidrio en $289 millones, las de plásticos
y caucho en $333 millones, las de químicos en $841 millones, las
de la industria maderera en $126 millones y las del papel/editorial en
$180 millones -por mencionar algunos casos, sin considerar las actividades
de maquila de otros bienes intermedios o finales que se llevan a cabo
en el país y que también hacen uso de recursos energéticos
y naturales, y de fuerza de trabajo. El balance general del TLCAN, sintetizado
grosso modo, ha sido la explotación de los mexicanos, el saqueo
de los recursos y la destrucción de la economía nacional
al ser sustituida por la de los capitales extranjeros que dejan los costes
ambientales y sociales llevándose únicamente las ganancias.
Eso sí, en caso de que la mano invisible del mercado falle a los
intereses empresariales, siempre está la alternativa de abandonar
el país y cargar la cuenta al pueblo. Pero nótese que todo
lo anterior es solamente posible gracias a la actuación subordinada
de los country managers que detentan el poder en México. Así,
pues, a contracorriente de este escenario, es central insistir en un alto
al pago de la deuda externa y sus intereses como punto de partida para
que la región, en oposición al pretendido Plan Puebla Panamá
y al Alca, pueda construir su propio desarrollo. Este último, entendido
como la visión latinoamericana para los latinoamericanos, que dé
cuenta de peculiaridades de la región tales como su historia, su
diversidad cultural, su riqueza natural, sus necesidades, potencialidades,
limitantes y contradicciones.
Referencias bibliográficas
Bancomext. 2002. Comercio exterior de México a febrero de 2002.
Disponible en la página web de Bancomext.
Cosbey, Aaron. 2002. El capitulo 11 del TLCAN y el medio ambiente. Documento
de información para el Comité Consultivo Público
Conjunto de la Comisión para la Cooperación Ambiental. Ottawa,
17-18 de junio de 2002. Instituto Internacional para el Desarrollo Sustentable.
México.
Delgado, Gian Carlo. 2002. La amenaza biológica. Plaza y Janés.
México.
La Jornada. 11-12-02. "Se negocia con EU y Canadá la adecuación
del TLCAN: Fox".
Martinez-Alier, Joan y Jordi Roca-Jusmet. 2000. Economía Ecológica
y Política Ambiental. Fondo de Cultura Económica. México.
Saxe Fernández, John et al. 2001. Globalización, imperialismo
y clase social. Lumen-Hvmanitas. Argentina.
Saxe-Fernández, John. 2002. La compra-venta de México. Plaza
y Janés. México.
Saxe-Fernández, John. "La presidencia imperial en Monterrey",
en La Jornada 21-3-02.
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