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La previsible transformación radical de los territorios productivos
que implica nuestra forma particular de inserción en la globalización
-dada nuestra localización en el patio trasero y área de
influencia más inmediata de la mayor potencia económica
del mundo- conlleva necesariamente una nueva forma de generación
de riesgos, pero a la vez implica cambios en la dimensión de posibles
desastres, ya no por el gran tamaño de las amenazas vinculadas
a fenómenos naturales de gran escala, como los huracanes, el cambio
climático o El Niño, sino por lo formidable del impacto
que puedan tener y van a tener la apertura comercial y la integración
de mercados.
Más allá de la discusión sobre si se puede o se requiere
la integración de nuestra economía a nuevas zonas comerciales
abiertas (como el TLC con EU o el propio proceso del Área de Libre
Comercio de las Américas [Alca]), hay dos temas clave que requieren
investigación prospectiva y actitudes proactivas: Primero, los
impactos territoriales que puedan desatar procesos de degradación
ambiental, estancamiento en zonas -ahora u otrora- de alta producción
y densidad poblacional o abruptos saltos en el tipo de uso del suelo en
amplios territorios que sobrepasen las fronteras nacionales de pequeños
países y economías como las centroamericanas. Y, segundo,
el inmenso impacto que ya tiene todo ello sobre la movilidad relativa
de la fuerza de trabajo en el istmo y que podría aumentarse sustancialmente
aun cuando una de las características de los tratados que supuestamente
se "negocian" es precisamente la ausencia de una preocupación
(e incluso ausencia del tema como un todo) respecto de la apertura simultánea
de la movilidad de esa mercancía especial que es la fuerza de trabajo,
la que más bien encuentra nuevas restricciones e imposiciones:
la población, los seres humanos en comunidad, aparecen como compradores
potenciales, como mercado, pero no como productores y oferentes de su
capacidad de trabajo, es decir como mano de obra de muy diversa relativa
capacidad y capacitación, y por tanto con impactos que pueden ser
gravísimos si se le permite una movilización "libre"
según los vaivenes del mercado y según su éxito relativo
en relación con su inserción en el mercado laboral en rápida
transformación.
La creación de una inmensa zona de libre comercio enfatiza procesos
ya en marcha a partir del Plan Puebla Panamá, como la construcción
de corredores de comercio y logístico; así como el desarrollo
centrado en sitios estratégicos regionales como los grandes puertos,
los canales secos y los ductos interoceánicos, en particular en
ciertas localizaciones que lo facilitan en el istmo. La integración
más intensa de la región y su integración como conjunto
dentro de otra dimensión territorial como el TLC con EU o, más
aun, el propio Alca, implicará el favorecimiento a inmensas empresas
para que puedan superar las barreras que hasta ahora podrían significar
los controles arancelarios y restricciones de nuestras pequeñas
economías.
Por otro lado, en la parte positiva, lo cierto es que desde siglos atrás
nuestras economías han sido muy abiertas y nuestros territorios
han estado disponibles para tales inversiones. De hecho, durante la segunda
parte del siglo XIX el istmo vivió la euforia de la construcción
de un canal interoceánico con propuestas desde mediados de siglo
en Nicaragua, y entre Costa Rica y Nicaragua, lo mismo que en la zona
donde finalmente se construyó una república y un canal,
el de Panamá; ello con todas las implicaciones geopolíticas
y estratégico-militares que son conocidas y siguen vigentes de
diversas maneras.
Algo parecido puede plantearse respecto de las plantaciones bananeras,
que en el caso de Costa Rica implicaron no solo la entrega de casi toda
la costa atlántica a un empresario por parte del gobierno de entonces,
sino también dar una concesión de 100 años al ferrocarril
y muchas otras prebendas y formas de control gubernamental que no dejaron
de lado todo tipo de abusos y formas de discriminación racista
contra indígenas y afrocaribeños traídos como fuerza
de trabajo. La apertura a tal tipo de transformaciones agresivas y de
grandes consecuencias se tuvo también en la transformación
de Guanacaste y muchos otros territorios similares en todo el istmo en
relación con la apertura del mercado de EU a la carne y, luego
del bloqueo a Cuba, también a la caña. Décadas después,
una nueva transformación estratégica se plantea hacia la
diversificación y el incremento de la agroexportación no
tradicional, a la que se integran grandes contingentes de población
y relativamente muy importantes extensiones de territorio, especialmente
por su concentración en algunas áreas donde se sustituye
el café y otros cultivos tradicionales, pero que en estos días
encuentran un relativo cierre, vía aranceles, de los mercados europeos;
esto último, de manera irónica, simultáneamente a
los cantos de sirenas que lanzan loas al libre mercado.
No es algo nuevo el proceso de introducción rápida e impactante
de las empresas multinacionales, como ya sucedió cuarenta años
atrás con el inicio del proceso de integración centroamericana,
cuando cientos de empresas del área fueron absorbidas por las multinacionales
o simplemente desaparecieron frente a la formidable nueva competencia.
Pero, a la vez, el impacto en el empleo fue muy por debajo del esperado
y las condiciones de trabajo se impusieron en forma que violaban muy a
menudo y ampliamente la legislación laboral vigente, por lo menos
en Costa Rica.
La migración entre regiones dentro de los países, y la migración
internacional en particular hacia afuera de la región y preferentemente
hacia EU, ha sido la respuesta adaptativa de los pobladores que padecen
el torbellino, y al igual que cuando las pérdidas y los daños
se originan en la vulnerabilidad frente a los eventos naturales. En estos
casos, los desempleados y los que se encuentran de pronto con que su capacitación
laboral es obsoleta (sin que haya procesos y programas de reconversión
laboral paralelos a la reconversión productiva en cada zona, región
o país), deben buscar nuevos sitios de inserción, con lo
que no pocas veces se abandonan viejas zonas de cultivo ya no rentables
(como el café en cientos de pequeñas fincas de las montañas
del sur del Valle Central de Costa Rica) y se colonizan zonas nuevas,
sin que los territorios hayan sido preparados para recibirlos, generándose,
por lo tanto, procesos múltiples de degradación ambiental
por hacinamiento o utilización de cuencas, planicies aluviales
o zonas costeras inundables -como el Valle de La Estrella en Costa Rica
o el Bajo Lempa en El Salvador-; así como por la destrucción
de escarpadas faldas montañosas o volcánicas, como sucede
en casi todos los conos de la cadena volcánica desde Guatemala
hasta Costa Rica.
Todo ello implica, también, una gran presión territorialmente
concentrada sobre el recurso hídrico, no solo en nuevos valles
industriales, como la región de San Pedro Sula en Honduras, sino
también en los megaproyectos y complejos de marinas turísticas,
como sucede en toda la costa pacífica de Costa Rica.
Con cada uno de esos cambios, desde la destrucción de los bosques
muy húmedos del Atlántico para plantar banano, hasta la
destrucción del bosque seco del Pacífico para sembrar algodón,
sorgo o ganadería extensiva tradicional, se han ido construyendo
territorios de alta vulnerabilidad tanto a eventos naturales como a los
vaivenes del mercado. Las reglas cambian y las cambian los grandes centros
de poder; pero las subregiones y zonas rurales no tienen plan b. Si se
cierra la producción bananera en el Pacífico Sur, habrá
que migrar; si quiebran las pequeñas fincas cafetaleras de Acosta,
habrá que migrar; si desaparece la producción de helechos,
frutas o flores -dada la dictadura sobre los mercados en Europa o EU;
aunque prediquen la libertad de los mercados-, también habrá
que migrar. Habrá que migrar de una economía rural quebrada
en El Salvador y en Nicaragua, pero también si la población
más calificada de Costa Rica encuentra escasa inversión
y baja demanda de fuerza de trabajo sofisticada por el estancamiento,
la recesión o la guerra que impulsan también los mismos
gobiernos que imponen la libertad de mercados cuando lo desean y donde
lo desean.
El último siglo de cambios debió dejar muchas lecciones
aprendidas, pero parece que no hay tal proceso de aprendizaje. Los técnicos
de alto nivel del comercio exterior siguen trabajando en lo suyo, pero
no tienen contrapartes que generen las condiciones a negociar que permitan
evitar los impactos negativos, depredadores y destructivos que tanto sobre
el ambiente como sobre los pobladores tuvieron las radicales modificaciones
de la vida social con los cambios económicos y de la estructura
productiva que se han sufrido. En particular, los más recientes
vinculados con el Mercado Común Centroamericano o la relocalización
de la fuerza de trabajo en Centroamérica, y, en particular, la
inmensa migración de nicaragüenses hacia Costa Rica para insertarse
en algunos sectores bien precisos como la construcción, la corta
de café y cítricos -en el norte-, la seguridad privada y
el servicio doméstico, con referentes territoriales también
claramente definidos; pero en todos los casos sin las adecuaciones ambientales,
habitacionales o de servicios sociales e infraestructuras mínimas
para asegurarles una vida digna y la seguridad frente al impacto de los
consuetudinarios daños y pérdidas que se dan asociados con
fenómenos naturales como el ciclo de las lluvias o la liberación
de energía de las fallas locales o continentales.
Ni los organismos especializados ni menos aun las estructuras de gobierno
vinculadas al desarrollo, e incluso menos las vinculadas con la política
social, han tenido el peso, la información o el interés
de impulsar las actividades requeridas paralelas a los cambios económicos
que aseguren la vida o, al menos, reduzcan o mitiguen el riesgo. Los nuevos
cambios previsibles en la producción agrícola, la organización
productiva -por ejemplo con el impacto sobre el sistema de maquila en
zonas francas que tendrá la eliminación de los incentivos
y privilegios de que hasta ahora disfrutan- y su relativa concentración
en algunas zonas o sitios, deberán acompañarse de procedimientos
y periodos de preparación que permitan mitigar el impacto, tanto
sobre la degradación ambiental como sobre la estructura del empleo.
Una readecuación productiva debe ir acompañada de la correspondiente
reconversión laboral, es decir, de nueva capacitación de
la vieja fuerza de trabajo y en particular de los contingentes de jóvenes
que están accediendo al mercado laboral. Una apertura a ultranza
en lo comercial y las inversiones de multinacionales debe ir acompañada
de la correspondiente política migratoria y la salvaguarda de la
aplicación obligatoria de la legislación laboral, no simplemente
de la imposición de la llamada flexibilidad laboral, que no es
otra cosa que la explotación a ultranza (o sea la reducción
salarial impuesta por procesos como devaluación o impuestos al
salario y equivalentes) y el desempleo o subempleo obligado.
Las estrategias locales y regionales deberán ser herramientas aplicables
tanto a la negociación internacional, donde se prevean los impactos
locales y se programen las readecuaciones que protejan tanto el ambiente
y el disfrute de los recursos naturales por parte de las próximas
generaciones, como a la protección de la población local
o regional, evitando la migración y el empobrecimiento forzado
como consecuencia.
No serán los negociadores de las grandes potencias los que protejan
a nuestros campesinos -aquéllos protegen los suyos-; pero tampoco
parece que nuestros negociadores tengan mayor interés en este asunto,
ya que a menudo pugnan por la flexibilización laboral, la desregulación
radical y la privatización generalizada junto a la reducción
y casi aniquilación del rol estatal. Corresponde entonces a las
organizaciones locales y regionales, a los pobladores organizados, los
gremios, las organizaciones ambientalistas, los gobiernos locales y en
general a los directamente afectados, la preparación de propuestas
preventivas que permitan una inteligente inserción en la economía
global, por vía de tratados negociados y a la vez por vía
del desarrollo de contrapesos que protejan o impulsen el bienestar de
quienes serán directas víctimas si quedan al vaivén
de los avatares del mercado, que no es -nunca ha sido y nunca será-
libre, sino controlado por grandes fuerzas de enormes empresas (incluso
algunas monopólicas) y no solo por parte de los estados. La regulación
del mercado se origina precisamente en esas inmensas corporaciones, cuya
dimensión supera con mucho la capacidad de nuestras economías,
pero no por ello debe doblegar la fortaleza de nuestra soberanía
en tanto que estados independientes y dignos.
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