Los hijos de Gandhi
Paulo Manso


El tercer informe de evaluación científica (Tar, por sus siglas en inglés) del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, emitido en 2001, concluye que "existe una nueva y fuerte evidencia de que el calentamiento atmosférico observado en los últimos 50 años se atribuye a las actividades humanas" y, más allá de algunas incertidumbres, indica que una acción rápida y precautoria es necesaria. Además, señala que las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera podrían triplicarse antes de terminar el presente siglo si no se toman medidas y se implementan políticas de mitigación. Las estimaciones del potencial calentamiento global del Tar aumentaron considerablemente con respecto al segundo informe, cubriendo una gama entre 1,4 ºC y 5,8 ºC.
El cambio climático es considerado uno de los grandes desafíos que tiene que enfrentar la humanidad en este siglo y, según se prevé, tendrá impactos negativos sobre la salud, la seguridad alimenticia, la actividad económica, la infraestructura y otros recursos naturales. Y así como el cambio climático demuestra la importancia de la ciencia, también hace patente cuán vital es la cooperación entre las naciones.
El Protocolo de Kioto, convenio multilateral firmado en 1997, constituye el primer instrumento legalmente vinculante que aborda la relación que debe existir entre desarrollo económico y ambiente. En aras de reducir el calentamiento global ese Protocolo tiene como objetivo limitar las emisiones futuras de gases de efecto invernadero y estabilizar sus concentraciones en la atmósfera. Para el quinquenio 2008-2012 los países industrializados se comprometieron a limitar en promedio sus emisiones en un 5,2% de lo que fueron sus emisiones en 1990. El Protocolo de Kioto tiene todos los elementos para que la historia lo reconozca como uno de los pilares de la civilización del siglo XXI. Sin embargo, la posición de la actual administración de Estados Unidos, el principal emisor del mundo, de no ratificarlo, se considera una zancadilla al ambiente y deja en duda su eficacia. Al margen de su soberanía, la posición de EU sigue sorprendiendo a una opinión mundial que desde la firma del tratado daba por un hecho dicha ratificación, sin prever el rumbo que su nueva administración está imprimiendo a sus relaciones con el resto de la comunidad internacional.

En este marco se desarrolló la VIII Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP8, por sus siglas en inglés), celebrada en Nueva Delhi en octubre-noviembre de 2002 y que, tras 10 días de negociaciones, se clausuró con una declaración de objetivos genéricos. Sin perder la expectativa de que la COP8 fuera una cita de contenido esencialmente técnico para avanzar en la línea del consenso político de Bonn y de las decisiones adoptadas en Marrakesh, la urgencia de la entrada en vigor del Protocolo y el papel de los países en desarrollo en la estrategia mundial para hacer frente al cambio climático protagonizaron las sesiones.
A pesar de que la Declaración de Delhi pecó por falta de perspectiva, objetivos y compromisos, muy en el trazo defendido por Estados Unidos y los países petroleros organizados, entre sus aspectos positivos se rescata la instancia de los países que ya han ratificado el Protocolo que piden con urgencia que lo hagan los que no lo han hecho. Los países ratificantes hasta ahora concentran el 37,4% de las emisiones, cuando para que entre en vigor se requiere que entre los ratificantes se concentre el 55% de las emisiones de los países industrializados con compromisos de limitación y reducción de emisiones -correspondiente a 1990. La ratificación de Rusia, con un 17,4% de las emisiones, es la gran incógnita para el futuro del Protocolo, y sus líderes, pese a su compromiso, vienen dando largas y mensajes contradictorios.
La declaración destacó la necesidad de tomar medidas para mitigar los efectos adversos del cambio climático y adaptarse a ellos, algo en que todos están de acuerdo. Sin embargo, la discusión sobre este tema incluyó el debate acerca de las posibles directrices para un segundo periodo de cumplimiento que inexorablemente contempla el papel de los países en desarrollo. El Protocolo sólo es vinculante para los países desarrollados, a los que establece compromisos de limitación o reducción de emisiones. Los países en desarrollo no tienen tales compromisos, pero en Delhi se discutieron cuestiones relacionadas con su implicación futura, sobre todo de los gigantes China, India y Brasil. Los países pobres se niegan a asumir compromisos, exigiendo que los países ricos cumplan con lo suyo. Además, claman por que se provea suficiente espacio ambiental para que se desarrollen, fundamentados en el principio de equidad de la Convención del Clima, que establece "responsabilidades comunes pero diferenciadas". Por otro lado, los países ricos condicionan la operacionalización de los nuevos fondos de la Convención, como el Fondo de Cambio Climático, a que haya un mayor grado de compromiso de los países en desarrollo.
La declaración recoge, además, cuestiones cuya ausencia o trato marginal en los documentos habían sido elemento de denuncia y discordia, entre ellos el reconocimiento del último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático y los riesgos que conlleva. Sería pecar por omisión no mencionar el tema del Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), cuyo primer informe de su Junta Directiva fue adoptado por consenso. En este tema se establecieron reglas expeditas para proyectos pequeños, se definieron procedimientos de acreditación de las entidades operativas responsables del control de calidad de los certificados de reducción de emisiones atribuibles a las actividades de los proyectos de mitigación que se desarrollen en los países en desarrollo y se avanzó en los aspectos metodológicos para la definición de líneas de base o de referencia para estimar el potencial de reducción de emisiones de estos proyectos. La bondad del MDL es que los esfuerzos económicos incrementales que hagan los países en desarrollo en aras de un patrón de desarrollo más limpio podrán recuperarse a través de la comercialización de un servicio ambiental global. Desde un punto de vista económico es eficiente y desde una perspectiva de desarrollo es justo. En este ámbito Costa Rica ha podido aventajar en competitividad la energía renovable del país y, no muy alejado de una realidad inmediata, contribuir con la sostenibilidad financiera de la actividad forestal.
Una de las conclusiones de la cita de Delhi es que Estados Unidos y los países petroleros -que integran el grupo de los 77 más China pero que no han ni siquiera firmado el Protocolo- manipularon los desacuerdos y lograron impedir mayores avances. Pero el trasfondo es que la Unión Europea ha perdido el liderazgo que tuvo en Kioto y en las negociaciones posteriores. Existe un sentido de urgencia en recuperarlo y desentrabar el proceso que hoy está tambaleándose.

El gran reto es fortalecer el multilateralismo amenazado por las políticas aislacionistas. Y no se puede enfrentar estos desafíos sin la solidaridad global de la cual Estados Unidos se distancia peligrosamente. Y que a estos esfuerzos se unan países como Costa Rica, que goza de un gran prestigio internacional por sus esfuerzos en pro de la conservación de la naturaleza y el desarrollo sustentable.
El protocolo es un tema estratégico para nuestro país por su dotación de recursos naturales y por el compromiso nacional ineludible de promover un modelo de desarrollo limpio congruente con nuestras aspiraciones. Además, Costa Rica ha demostrado al mundo que no hay que esperar la entrada en vigor de convenios internacionales para implementar novedosos esquemas para la promoción del desarrollo sostenible.


Paulo Manso, meteorólogo y economista, es gerente de la Oficina Costarricense de Implementación Conjunta (Ocic) adscrita al Ministerio del Ambiente.