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El tercer informe de evaluación científica (Tar, por sus
siglas en inglés) del Panel Intergubernamental de Cambio Climático,
emitido en 2001, concluye que "existe una nueva y fuerte evidencia
de que el calentamiento atmosférico observado en los últimos
50 años se atribuye a las actividades humanas" y, más
allá de algunas incertidumbres, indica que una acción rápida
y precautoria es necesaria. Además, señala que las concentraciones
de dióxido de carbono en la atmósfera podrían triplicarse
antes de terminar el presente siglo si no se toman medidas y se implementan
políticas de mitigación. Las estimaciones del potencial
calentamiento global del Tar aumentaron considerablemente con respecto
al segundo informe, cubriendo una gama entre 1,4 ºC y 5,8 ºC.
El cambio climático es considerado uno de los grandes desafíos
que tiene que enfrentar la humanidad en este siglo y, según se
prevé, tendrá impactos negativos sobre la salud, la seguridad
alimenticia, la actividad económica, la infraestructura y otros
recursos naturales. Y así como el cambio climático demuestra
la importancia de la ciencia, también hace patente cuán
vital es la cooperación entre las naciones.
El Protocolo de Kioto, convenio multilateral firmado en 1997, constituye
el primer instrumento legalmente vinculante que aborda la relación
que debe existir entre desarrollo económico y ambiente. En aras
de reducir el calentamiento global ese Protocolo tiene como objetivo limitar
las emisiones futuras de gases de efecto invernadero y estabilizar sus
concentraciones en la atmósfera. Para el quinquenio 2008-2012 los
países industrializados se comprometieron a limitar en promedio
sus emisiones en un 5,2% de lo que fueron sus emisiones en 1990. El Protocolo
de Kioto tiene todos los elementos para que la historia lo reconozca como
uno de los pilares de la civilización del siglo XXI. Sin embargo,
la posición de la actual administración de Estados Unidos,
el principal emisor del mundo, de no ratificarlo, se considera una zancadilla
al ambiente y deja en duda su eficacia. Al margen de su soberanía,
la posición de EU sigue sorprendiendo a una opinión mundial
que desde la firma del tratado daba por un hecho dicha ratificación,
sin prever el rumbo que su nueva administración está imprimiendo
a sus relaciones con el resto de la comunidad internacional.
En este marco se desarrolló la VIII Conferencia de las Partes
de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático
(COP8, por sus siglas en inglés), celebrada en Nueva Delhi en octubre-noviembre
de 2002 y que, tras 10 días de negociaciones, se clausuró
con una declaración de objetivos genéricos. Sin perder la
expectativa de que la COP8 fuera una cita de contenido esencialmente técnico
para avanzar en la línea del consenso político de Bonn y
de las decisiones adoptadas en Marrakesh, la urgencia de la entrada en
vigor del Protocolo y el papel de los países en desarrollo en la
estrategia mundial para hacer frente al cambio climático protagonizaron
las sesiones.
A pesar de que la Declaración de Delhi pecó por falta de
perspectiva, objetivos y compromisos, muy en el trazo defendido por Estados
Unidos y los países petroleros organizados, entre sus aspectos
positivos se rescata la instancia de los países que ya han ratificado
el Protocolo que piden con urgencia que lo hagan los que no lo han hecho.
Los países ratificantes hasta ahora concentran el 37,4% de las
emisiones, cuando para que entre en vigor se requiere que entre los ratificantes
se concentre el 55% de las emisiones de los países industrializados
con compromisos de limitación y reducción de emisiones -correspondiente
a 1990. La ratificación de Rusia, con un 17,4% de las emisiones,
es la gran incógnita para el futuro del Protocolo, y sus líderes,
pese a su compromiso, vienen dando largas y mensajes contradictorios.
La declaración destacó la necesidad de tomar medidas para
mitigar los efectos adversos del cambio climático y adaptarse a
ellos, algo en que todos están de acuerdo. Sin embargo, la discusión
sobre este tema incluyó el debate acerca de las posibles directrices
para un segundo periodo de cumplimiento que inexorablemente contempla
el papel de los países en desarrollo. El Protocolo sólo
es vinculante para los países desarrollados, a los que establece
compromisos de limitación o reducción de emisiones. Los
países en desarrollo no tienen tales compromisos, pero en Delhi
se discutieron cuestiones relacionadas con su implicación futura,
sobre todo de los gigantes China, India y Brasil. Los países pobres
se niegan a asumir compromisos, exigiendo que los países ricos
cumplan con lo suyo. Además, claman por que se provea suficiente
espacio ambiental para que se desarrollen, fundamentados en el principio
de equidad de la Convención del Clima, que establece "responsabilidades
comunes pero diferenciadas". Por otro lado, los países ricos
condicionan la operacionalización de los nuevos fondos de la Convención,
como el Fondo de Cambio Climático, a que haya un mayor grado de
compromiso de los países en desarrollo.
La declaración recoge, además, cuestiones cuya ausencia
o trato marginal en los documentos habían sido elemento de denuncia
y discordia, entre ellos el reconocimiento del último informe del
Panel Intergubernamental de Cambio Climático y los riesgos que
conlleva. Sería pecar por omisión no mencionar el tema del
Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL), cuyo primer informe de su Junta
Directiva fue adoptado por consenso. En este tema se establecieron reglas
expeditas para proyectos pequeños, se definieron procedimientos
de acreditación de las entidades operativas responsables del control
de calidad de los certificados de reducción de emisiones atribuibles
a las actividades de los proyectos de mitigación que se desarrollen
en los países en desarrollo y se avanzó en los aspectos
metodológicos para la definición de líneas de base
o de referencia para estimar el potencial de reducción de emisiones
de estos proyectos. La bondad del MDL es que los esfuerzos económicos
incrementales que hagan los países en desarrollo en aras de un
patrón de desarrollo más limpio podrán recuperarse
a través de la comercialización de un servicio ambiental
global. Desde un punto de vista económico es eficiente y desde
una perspectiva de desarrollo es justo. En este ámbito Costa Rica
ha podido aventajar en competitividad la energía renovable del
país y, no muy alejado de una realidad inmediata, contribuir con
la sostenibilidad financiera de la actividad forestal.
Una de las conclusiones de la cita de Delhi es que Estados Unidos y los
países petroleros -que integran el grupo de los 77 más China
pero que no han ni siquiera firmado el Protocolo- manipularon los desacuerdos
y lograron impedir mayores avances. Pero el trasfondo es que la Unión
Europea ha perdido el liderazgo que tuvo en Kioto y en las negociaciones
posteriores. Existe un sentido de urgencia en recuperarlo y desentrabar
el proceso que hoy está tambaleándose.
El gran reto es fortalecer el multilateralismo amenazado por las políticas
aislacionistas. Y no se puede enfrentar estos desafíos sin la solidaridad
global de la cual Estados Unidos se distancia peligrosamente. Y que a
estos esfuerzos se unan países como Costa Rica, que goza de un
gran prestigio internacional por sus esfuerzos en pro de la conservación
de la naturaleza y el desarrollo sustentable.
El protocolo es un tema estratégico para nuestro país por
su dotación de recursos naturales y por el compromiso nacional
ineludible de promover un modelo de desarrollo limpio congruente con nuestras
aspiraciones. Además, Costa Rica ha demostrado al mundo que no
hay que esperar la entrada en vigor de convenios internacionales para
implementar novedosos esquemas para la promoción del desarrollo
sostenible.
Paulo Manso, meteorólogo y economista, es gerente de la Oficina
Costarricense de Implementación Conjunta (Ocic) adscrita al Ministerio
del Ambiente.
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