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La intervención requerida para impulsar un proceso que revierta
las tendencias predadoras de los procesos productivos en marcha no solo
debe abarcar las grandes transformaciones macroeconómicas y regionales
(nacionales y supranacionales), sino también la muy pequeña
escala más allá de lo local: lo comunitario (la escala de
lo local no se refiere específicamente a la dimensión comunitaria,
sino a una mayor, la de un territorio de varios miles de kilómetros
cuadrados y de algunas decenas de miles de habitantes, lo que en Costa
Rica normalmente coincide con uno o varios municipios que cubren el territorio
de una cuenca, valle o zona costera integrada por procesos productivos
y socio culturales de larga data). La escala comunitaria es necesaria
para dilucidar el éxito relativo de las diversas formas de intervención,
incluyendo aquéllas originadas en organismos no gubernamentales
y en los propios municipios, que no pueden ni deberían intentar
modificaciones en patrones y procesos productivos o sociales sin dilucidar
la trama subyacente en esa menor escala territorial que constituye el
poblado, el barrio o la comunidad rural. Una ciudad, por más compleja
que sea solo es entendible en su desarrollo si se desarticula en los elementos
conformantes, que no son otros que sus barrios interrelacionados e integrados
-o desintegrados- en diversas formas y por vía de variados procesos
que se consolidan en largos plazos.
El análisis del riesgo y de los impactos ambientales de los proyectos
de desarrollo -no importa la escala o el origen de estos últimos-
debe concretarse en la pequeña escala de manera que se puedan decodificar
los procesos relativos al liderazgo y estructuración organizacional
que hacen factible, obstaculizan o impiden los procesos en desarrollo.
La construcción de un escenario de riesgo, desde la escala nacional
a la escala regional o local, no es suficiente; es necesario concretar
los escenarios de riesgo o de impacto ambiental en el espacio comunitario.
La promoción de organización comunitaria desde proyectos
de intervención para el desarrollo solo tiene esperanza de éxito
cuando éstos parten de un aprendizaje de los mecanismos de comunicación
y dirección existentes, incluso cuando a simple vista pareciera
que no hubiera ninguno. La aproximación no puede limitarse al contacto
con el dirigente formal. Que en un barrio nacido estable y por procedimientos
legales formales no haya una organización fuerte, defensiva o agresiva,
no quiere decir que allí se dé ausencia total de liderazgos
o de capacidad local para promover su ulterior desarrollo. En las comunidades
siempre se encuentran formadores de opinión y personalidades locales
de los que podría partir el proceso de construcción local
de poder hacia la autogestión referente al riesgo y al desarrollo,
proceso al que debieran integrarse, cada vez más, múltiples
formas de organización y vecinos de toda índole, incluyendo
niños y ancianos, que no deben ser excluidos del proceso participativo
comunitario.
En los barrios donde todavía no hay una completa legitimación,
el avance de la percepción comunitaria es mucho menor y las actitudes
organizativas son básicamente defensivas o agresivas y poco constructivas.
En condiciones de crisis permanente, el surgimiento y consolidación
de fuertes personalidades o patrones externos es propicia, en detrimento
de la democracia interna y la expresión comunitaria. Comunidades
de más reciente formación sufren con más énfasis
los impactos externos y en ellas se puede observar más claramente
las naturaleza y profundidad del contexto regional y la política
social, al margen del modelo aplicado por la administración vigente
que, por lo demás, no ha cambiado mucho en los últimos 20
años.
La organización comunal pasa normalmente por diversos momentos:
impulsa una ocupación de tierras, se alía al gobierno de
turno, sufre rupturas internas, sobrevive o sucumbe a un cambio de gobierno,
recrea nuevas formas de organización, establece contactos con oenegés,
recibe apoyo y se consolida o legitima (por ejemplo, como asociación
sin fines de lucro o comité específico reconocido por la
asociación de desarrollo integral oficial, el municipio u otras
instituciones), es criticada por nuevos grupos que surgen en el mismo
sitio, pierde su respaldo gubernamental, es abandonada por algunos de
sus fundadores, establece nuevos contactos externos, prepara propuestas
o simplemente desaparece con sus dirigentes desmotivados por la falta
de respaldo de los vecinos. Pero siempre es viable y probable que de nuevo
surjan.
El paso de una condición a otra en lo organizativo puede ser crítico
para la marcha de proyectos de desarrollo y la aplicación de criterios
de intervención que tomen en cuenta el riesgo. El inicio de un
proyecto con interlocutores que pasan por una etapa más bien defensiva
o de confrontación reivindicativa se enfrenta a equívocos
por parte de la dirigencia local que no encuentra con facilidad los elementos
objetivos para depositar confianza en las propuestas externas. El trabajo
implicará un largo proceso de búsqueda de condiciones como:
credibilidad, cercanía, conocimiento mutuo, explicación
de propuestas y muestras objetivas y palpables de la intencionalidad real
y las ventajas futuras y prevención de pérdidas o daños
que se podrían sufrir. No es sino después de una tal etapa
que cabe esperar una respuesta en términos de propuestas y compromisos
que progresivamente pueden profundizarse y tener respaldo colectivo mayoritario.
La típica directiva de siete miembros, que requiere quórum
de cuatro, y cuyas funciones se desdibujan en la vida cotidiana -aunque
se puedan recitar de memoria-, no solo no conduce necesariamente al desarrollo
orgánico de la comunidad, sino que las más de las veces
impone un número y una forma burocratizada y cosificada de acción
que choca con la posibilidad concreta del vecino promedio con disponibilidad
de ánimo para contribuir al desarrollo comunitario. Los llamados
presidentes o coordinadores usualmente ni presiden ni coordinan, se limitan
a tomar las decisiones por sí y ante sí y a realizar gestiones
en nombre de la comunidad, aun cuando en numerosas ocasiones éstas
son totalmente desconocidas por los vecinos. Todo ello conlleva el incremento
de las condiciones de riesgo y la ignorancia del riesgo que muchos vecinos
sufren en la implantación de proyectos de desarrollo que supuestamente
han obtenido el beneplácito "comunal".
Los dirigentes no acceden a sus puestos por tener más ingreso o
educación formal, pero sí son importantes algunos elementos
relacionados con esta última, como la facilidad de palabra o el
escribir con más facilidad cartas y peticiones. Un aspecto común
a los dirigentes, no obstante toda su experiencia, ha sido la poca información
sobre recursos externos de carácter institucional y el tener un
conocimiento muy esquemático y pobre del alcance potencial de la
participación institucional en los barrios y, particularmente,
de cómo acceder a ella en alguna forma distinta a la típica
relación patrón-cliente.
La principal dificultad para profundizar la labor de dirigente local ha
sido la imposibilidad de dedicar el tiempo que estas tareas consumen y
la importancia de la permanencia en el barrio. El contacto constante con
los vecinos facilita la comunicación y discusión más
o menos informal de asuntos comunitarios y fortalece a las dirigencias.
El trabajo productivo localizado en la comunidad, tan común en
los barrios, crea condiciones no solo localizacionales sino de disciplina,
conocimientos y responsabilidades que favorece la realización de
tareas de dirigencia, especialmente entre las mujeres. El hecho de que
se realice un trabajo por cuenta propia además implica mayor flexibilidad
y la posibilidad de la colaboración de niños y jóvenes
-especialmente si también son mujeres. Normalmente, son mujeres
las que mejor conocen los riesgos, las duras condiciones pos-impacto (luego
de inundaciones o avalanchas) y los problemas por la interrupción
de servicios básicos como agua, electricidad o disposición
de víveres.
La búsqueda de la participación comunitaria no ha sido una
práctica común, aun entre los agentes externos que lo pretenden
en sus declaraciones. Es común que se forme un comité y
luego se abandone o se haga una "práctica" académica
o de oenegé y luego se descontinúe. En pocos casos se intenta
descubrir los ejes de movilización comunitaria, pero también
en esos casos cuando se encuentran los ejes de movilización que
desatan el potencial local, el propio agente se ve usualmente superado
por la respuesta comunitaria y provoca una nueva expectativa frustrada
y frustradora para la iniciativa local. La posibilidad de movilizar recursos
comunitarios se ha enfrentado a líneas de mando y formas de tomar
decisiones claramente verticales, pero a la vez con rupturas y desvinculaciones
entre lo local, lo regional y lo nacional. Cada institución mantiene
contactos o programas de desarrollo en forma independiente, y los agentes
locales (externos a las comunidades) no tienen capacidad de decisión
o recursos suficientes. La coordinación regional aparece como práctica
de oficina y cada cual responde a su propia línea de mando, mientras
que la coordinación local de escala comunitaria es casi nula. En
este nivel incluso se carece de la información mínima sobre
programas paralelos, sobre el número e importancia de las instituciones
que actúan ni sobre el poder real de clientes locales de patrones
localizados en los centros de poder nacional. En consecuencia, y no solo
en proyectos vinculados al riesgo frente a desastres sino también
en proyectos de desarrollo en general, los comités fundados por
uno u otro agente externo se extinguen fácilmente y es usual encontrar
que no están activos cuando ocurren impactos intensos con grandes
daños y pérdidas.
La presencia de instituciones que expresamente "promueven" la
organización y de aquellas vinculadas a la prevención de
desastres no aparece como un punto clave de cambio. Ello enfatiza el rol
más bien formalizado de tales instituciones, de escasa o nula representación
e impacto en la cotidianeidad. La presencia de oenegés, agencias
externas y promotores de proyectos para-institucionales, sí ha
sido un punto clave de cambio en la acción comunitaria, pero mantiene
prácticas locales poco participativas o muy formalizadas y discontinuas.
En un proyecto originado en organismos internacionales y con sede en instituciones
de gobierno es muy probable que se desarrollen formas posicionales de
legitimidad, pues es el contacto externo el que permite al dirigente adquirir
apoyo, y es funcional al proyecto que la legitimidad radique precisamente
en la labor material alcanzada. Pero, contrariamente, para poder darle
soporte a prácticas autogestionarias ese tipo de legitimidad debe
evitarse. Es común a la intervención gubernamental el nombramiento
de representantes en los sitios, cuya legitimidad proviene exclusivamente
de aparecer como representantes del gobierno de turno (como los delegados
presidenciales), incluso cuando ello no sea necesariamente algo que en
realidad conlleve un poder particular. Este tipo de legitimidad no es
fácil de evadir desde proyectos de base gubernamental, pero es
contradictoria con el impulso de la democracia local.
Un proyecto hacia el desarrollo integral de base local en gestión
de riesgos -y también en otros campos sectoriales específicos-
deberá crear condiciones y promover prácticas de sus funcionarios
que conlleven una legitimidad distinta que se corresponda con participación
comunitaria creciente y se base en la motivación que potencia el
recurso local y la organización comunitaria. Crear múltiples
actividades que fortalezcan las destrezas de mayor utilidad al desarrollo
de dirigentes representativas y hacer evidente la existencia de otras
formas de legitimidad para facilitar su superación crítica
es la tarea de un proyecto institucional de desarrollo. La continuidad
y el seguimiento, junto con la conclusión de acciones puntuales
y evaluables en terreno, que expresen logros pequeños pero medibles
y palpables desde la perspectiva vecinal, son requerimientos en tales
proyectos. La gestión del riesgo no podrá desarrollarse
a escala regional o local sin su componente participativo de escala comunitaria,
en el barrio o el poblado rural, donde deberán ser evidentes los
logros progresivos que motiven la continuidad y eviten la extinción
del esfuerzo local.
Manuel Argüello Rodríguez, sociólogo especialista en
planificación urbana, es profesor e investigador en la Universidad
Nacional.
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