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En Costa Rica hemos venido adorando al Ice (Instituto Costarricense de
Electricidad) -más con razón que sin ella- y avalando sin
cortapisas sus políticas. El apogeo del amor ocurrió cuando
el país casi entero se unió enfebrecido en las calles rechazando
los intentos de privatizar esa empresa, intentos perpetrados por unos
gobernantes que -por cierto- hubieran acentuado en vez de corregir los
defectos de la institución que hoy, en la resaca del idilio, denuncian
los ecologistas ticos. La defensa del Ice era para dejarlo al servicio
de la sociedad -parece que reclaman ahora los críticos-, no para
que el ente se envaneciera y se consagrara a su engrandecimiento autista,
ni para que deviniera un coloso de la electricidad y las ganancias ni
tampoco un competidor en el mercado centroamericano de la energía.
La lucha era -pareciera que nos dicen- solo para que el Ice proveyera
la energía eléctrica estrictamente necesaria al pueblo que
lo hizo y que lo salvó, salvaguardando rigurosamente el entorno
ecosistémico de ese pueblo, protegiendo toda la vida y los recursos
sin los que la identidad de ése cambiaría trágicamente.
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