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En una gira por el Parque Nacional Cahuita, con Víctor Castro,
eminente fitoquímico del Centro de Investigación en Productos
Naturales de la Universidad de Costa Rica, y Jaku Povia, de la Universidad
Técnica de Berlín, en la que colectábamos Asteraceas
y otras plantas para análisis bioquímicos, me regresaron
las molestias de rodilla que me habían comenzado en el Chirripó
en 1972. Me acordé entonces que los aborígenes se daban
azotes con las ramas de ortiga -Urera baccifera Urticaceae- para los dolores
musculares y de articulaciones. Cogí, pues, un buen rollo de ellas,
me azoté la rodilla, y al ratito sentí un calorcito delicioso;
luego me bañé en el delicioso mar de aguas cristalinas y
arenas de nácar y el dolor y la inflamación desaparecieron
como por encanto. A los años, en la hacienda El Rodeo, en Ciudad
Colón, me volvió otra vez el malestar en la rodilla, y entonces
se me ocurrió que me picaran 20 hormigas del cornizuelo -Acacia
collinsi Fabaceae Mimosoideae-, para lo cual cogí con cuidado cada
individuo y me lo puse en el lugar afectado: algunos picaban de inmediato
y se quedaban pegados, y a los que no querían picar les ponía
la yema del dedo encima y entonces se irritaban y picaban, y una vez que
solitos se despegaban los colocaba cuidadosamente en el arbolito, y así
hice hasta que me picaron las 20 hormigas, y luego me azoté con
la misma Urera baccifera, y se me puso la pierna como un tamal, pero hasta
hoy no me ha vuelto a molestar la rodilla. A los años se me afectó
el meñique de la mano derecha y me hice el mismo tratamiento, y
ahora estoy pura vida.
Esto de las hormigas se me ocurrió porque había leído
que las picadas de las abejas de las colmenas -Apís mellifera-
se usan para lo mismo, y porque una vez un norteamericano desconocido
me visitó diciéndome que necesitaba hormigas de un árbol
llamado barrabás u hormigo -Triplaris melaenodendron Polygonaceae-
y que le habían dicho que en Guanacaste había muchos, pero
me pidió que le recomendara un sitio más cercano porque
andaba apurado. Lo mandé a La Garita de Alajuela, donde hay muchos.
Como a los dos años recibí una carta en la que se me contaba
que en una clínica de Estados Unidos donde él trabajaba
como naturoterapeuta la sustancia irritante de esas hormigas estaba dando
resultados muy buenos contra los dolores reumáticos. De ahí
fue que el Ciprona con el apoyo del Cyted, con los investigadores Gerardo
Mora, Víctor Casto y Beatriz Badilla, comenzaron a estudiar plantas
urticantes y otras plantas que sirven como antiinflamatorias.
Pero para seguir este tratamiento etnomedicinal debe tenerse muchísimo
cuidado, porque hay personas muy susceptibles que con la picada de una
hormiga pueden morir, a partir de una reacción alérgica
que desemboca en un shock anafiláctico terrible. Por eso debe hacerse
en compañía de un facultativo. A propósito, recuerdo
que en una ocasión el profesor Juan Villegas, de la Universidad
Nacional, a quien le conté la historia, se azotó el brazo
con Urera baccífera y experimentó una reacción alérgica
grave.
Como corolario, me permito sugerir estudiar a fondo esas hormiguitas,
porque en esas mismas plantas a veces conviven dos especies, y hay varias
especies de acacias. Y es posible que haya que monitorearlas en diferentes
hábitats, porque muy frecuentemente las plantas producen ciertos
metabolitos secundarios, dependiendo esto del ambiente o de los momentos
fenológicos de ellas
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