¿Cuál es la misión del Instituto Costarricense de Electricidad?


Manuel López
Economista, pertenece a Coecoceiba-Amigos de la Tierra Costa Rica e integra el Grupo de Trabajo de Energía y Agua de la Federación Costarricense para la Conservación del Ambiente (Fecon).


En La Nación del 1º de septiembre, René Castro, ex ministro del Ambiente en la Administración Figueres, publicó un artículo sobre el Instituto Costarricense de Electricidad (Ice) del siglo XXI, el cual resulta revelador acerca de la orientación que algunos sectores quieren dar al Ice y que hasta hace poco era insistentemente negada por autoridades de esa institución pública, a saber, que el Ice debe expandir sus actividades hacia la exportación de energía.
Insistentemente se nos dice que la energía hidroeléctrica constituye una forma renovable o limpia de producción de energía. Los hechos, tanto en la escala nacional como en la internacional, se han encargado de restar mérito a esa afirmación. Son muchos los impactos ambientales y sociales negativos de esta modalidad de generación eléctrica: tendencia a fragmentar el ecosistema del río, cambio en los patrones de flujo de los ríos, cambios del paisaje, desplazamiento de
poblaciones, productividad agroindustrial desplazada, etcétera. Además, debe considerarse, no solamente
los efectos individuales de un proyecto, sino el efecto sinergético
ambiental que ocasiona una cadena de proyectos en una cuenca. Impactos que pueden llegar a sobrepasar sustancialmente los eventuales beneficios -como, por ejemplo, generación de empleo- de los proyectos hidroeléctricos para las comunidades locales. El trabajo desarrollado por la Federación Costarricense para la Conservación del Ambiente (Fecon), conjuntamente con diversas comunidades de todo el país, nos ha permitido constatar que existe un enorme conflicto a raíz de la priorización dada a la generación hidroeléctrica en desmedro de muchos otros usos posibles del agua, tanto para la satisfacción de necesidades humanas como de aquéllas propias de los ecosistemas. Este uso excesivo del agua se da en el marco de una casi total ausencia de planificación para el desarrollo energético nacional y para la gestión integral del recurso hídrico. Incluso, y muy a pesar de lo que expone el ex ministro, los proyectos hidroeléctricos pueden contaminar seriamente el agua de los cauces y emitir gases de efecto invernadero como consecuencia de la descomposición de material orgánico existente en el lecho de los ríos.
Otra evidencia de la no renovabilidad de esta estrategia de generación es que no se puede construir represas en cualquier lugar; es decir, son limitadas las posibilidades de construcción de embalses. No olvidemos tampoco que, invariablemente, con el paso del tiempo las represas, o mejor dicho las cuencas, se llenan de sedimentos, de ahí que los costos de desmantelamiento y de reemplazo de los proyectos son cada vez mayores, no solo en términos monetarios, sino también en cuanto a sus costos sociales y ambientales, que son la mar de veces imponderables desde la perspectiva económica tradicional -el proyecto Angostura es un desgarrador ejemplo de esto.
Vayamos al pasado reciente, concretamente a todo el proceso de lucha contra el combo Ice (el paquete de leyes con que se quería privatizar esta institución). Un producto de esa lucha cívica fue el Plan de Contingencia del Ice, tendiente a definir las acciones de corto y mediano plazos que garantizaran la estabilidad de la institución. Como parte de ese plan se definió, entre otras subcomisiones, una encargada de establecer las políticas y lineamientos ambientales del Ice. Dicha subcomisión trabajó durante un año en la formulación de su propuesta, pero el Consejo Directivo del Ice no aceptó sus recomendaciones, incumpliendo el acuerdo original. Lo cual nos obligó a denunciar que el Ice ha irrespetado el Plan de Contingencia en su componente ambiental y que la actual política ambiental de esta entidad es absolutamente insuficiente. Los aspectos ambientales de tal Plan cobran mayor vigencia a la luz de los conflictos generados en proyectos como Boruca, Peñas Blancas, Sarapiquí y Pirrís. El Ice demuestra que su accionar está lejos de cumplir con una política ambiental que garantice los derechos de las comunidades y ciudadanos contenidos en la Constitución Política y la legislación vigente y, en general, acepta los daños inherentes a esos proyectos y se compromete a presentar planes técnicos de mitigación luego de muy prolongados procesos de discusión con las comunidades y organizaciones ambientales, incluso cuando muchos de los daños ya son del todo irreversibles.

En cuanto a la orientación exportadora que se quiere dar al Ice, consideramos que tal prioridad es intrínsicamente incorrecta a partir de la visión de modelo de desarrollo que queremos para nuestro país. Podemos identificar dos grandes concepciones que determinan a su vez dos estrategias de desarrollo claramente diferentes en sus objetivos, en sus impactos y en sus beneficiarios. Por un lado, hay una estrategia "hacia adentro" basada en las necesidades del país, de las comunidades y del mercado local. Por otro lado, hay una estrategia "hacia afuera" en función de los requerimientos del mercado externo, regional o globalizado. Un desarrollo energético orientado al mercado externo tendrá como criterio estratégico lo que ese mercado dicte y no las necesidades locales. Es por ello que la implementación del Plan Puebla-Panamá nos colocará en una estrategia de desarrollo marcadamente "hacia afuera". El mercado eléctrico regional tiene como objetivo el establecimiento de un sistema de intercambios "garantizados" de energía que eventualmente podría minar la satisfacción de la demanda interna de nuestro país. La magnitud de los proyectos requeridos para atender ese mercado no haría más que exacerbar los perjuicios sociales y ambientales anteriormente descritos, llegándose a una tensión cuya solución posiblemente hará insuficientes los mecanismos tradicionales de solución de conflictos de la sociedad costarricense.
Por supuesto, también nos planteamos la pregunta de a quién sirve el mercado eléctrico centroamericano. A partir de los documentos del Plan Puebla-Panamá vemos que tampoco se trata de proporcionar energía eléctrica para una eventual mejora de la calidad de vida de las comunidades centroamericanas; en realidad ese mercado regional vendría a satisfacer las necesidades de la industria maquiladora y de los megaproyectos de infraestructura vial, portuaria y aérea que el Plan prevé como parte de la estrategia de poner al istmo en función de los intereses del intercambio comercial de la economía estadounidense.

El artículo de René Castro y múltiples declaraciones de autoridades del Ice, así como las posiciones del sector ambiental y de las comunidades, nos llevan a una muy necesaria discusión que consideramos impostergable, la de cuál es la verdadera misión del Ice, si el desarrollo energético o la hidroelectricidad. Nuestro análisis nos dice que el Ice ha perdido su sentido de misión. Esta entidad fue creada -y tiene entonces ahí su razón de ser- para la satisfacción de las necesidades de energía eléctrica del país y no, como nos pretenden hacer creer, para la generación hidroeléctrica, y eso es precisamente lo que tenemos que recuperar y lo que nos llevó a participar activamente en la lucha contra el combo Ice. El Ice está en la obligación de dar un suministro de energía garantizado para la población y las actividades productivas, mediante mecanismos de generación que salvaguarden los necesarios equilibrios entre la sociedad y el ambiente y entre las necesidades de las actuales y futuras generaciones. Actualmente, estamos impulsando un proceso participativo de discusión que nos lleve, en el mediano plazo, a redefinir la oferta eléctrica, a la elaboración e implementación de alternativas energéticas realmente renovables y limpias que encaminen nuestro desarrollo en términos de la sustentabilidad, pero también al diseño e implementación de políticas que afecten decididamente la demanda energética, de forma que hagamos, como sociedad, un uso verdaderamente eficiente de la energía. Desde nuestra perspectiva, el Ice que queremos para el siglo XXI debe estar caracterizado por: (1) enmarcar su actividad en términos de lograr el desarrollo sustentable del país, partiendo de las necesidades locales de las comunidades y actividades productivas; (2) impulsar atrevida y enérgicamente el uso de fuentes energéticas no convencionales; (3) respetar verdaderamente a las comunidades y establecer procesos y mecanismos amplios y claros de participación ciudadana; (4) contribuir en la implementación de procesos participativos de gestión integrada de cuencas; (5) respetar los parques nacionales y reservas biológicas; (6) establecer procesos multicriterio para la evaluación de proyectos y esquemas de desarrollo eléctrico, y (7) promover un cambio radical en los patrones de consumo eléctrico por medio de programas de administración de la demanda y de eficiencia energética.