|
Las condiciones de pobreza van acompañadas normalmente de una precaria
inserción laboral, con alta inestabilidad -como en la construcción,
la corta estacional y los servicios personales como arreglo de jardines-
y baja remuneración, con familias pobres concentradas en algunos
barrios localizados en zonas de bajo costo de la tierra -lo que implica
condiciones de alto riesgo y bajo nivel de servicios e infraestructura.
Muchas familias jefeadas por mujeres constituyen el grupo principal de
la pobreza urbana, lo que hace más difícil el acceso al
mercado laboral formal en condiciones de cumplimiento de jornadas y en
las condiciones de exigencia de este mercado -la maquila, el trabajo doméstico,
los servicios comerciales, etcétera.
En algunas regiones del país estas condiciones de la población
pobre se han agravado recientemente en función de cambios abruptos
o paulatinos pero constantes en los mercados normales, como las zonas
bananeras del Pacífico sur o la Zona Norte. Algunas zonas mantienen
desde décadas atrás una bajísima demanda laboral
formal por la ausencia de inversión privada y la reducción
paulatina de la inversión pública, la que se ha ido constituyendo
en prácticamente la única fuente de empleo (Limón
zona central) y la población pobre (que supera en muy altos porcentajes
los niveles de escala nacional: alrededor del 35% en Guanacaste, por ejemplo)
no tiene más remedio que emigrar o insertarse en forma muy inestable
en servicios personales (en algunos casos ilegales) vinculados al turismo
estacional internacional. Esto fue una característica de la Zona
Norte pacífica durante decenios, pero durante la última
década el impacto del desarrollo turístico ha creado una
nueva fuente de empleo directo e indirecto en ciudades intermedias y poblados
costeros de toda la región que, sin embargo, todavía no
permite a la región crecer en forma tal que se impida la migración
o se reduzcan sustancialmente los desmedidos índices de pobreza.
En Costa Rica dos zonas son especialmente vulnerables a los cambios abruptos
del contexto nacional e internacional de las últimas dos décadas
sin que haya una contraparte local o nacional que permita organizar una
respuesta razonable en términos de la búsqueda de equilibrios
entre condiciones ambientales y procesos de transformación económica
y social: las regiones del Pacífico central y del Caribe sur. Evidentemente
hay otras zonas que sufren graves impactos, como la zona fronteriza norte
y la propia Área Metropolitana de San José, así como
algunas ciudades intermedias; pero las dos regiones inicialmente citadas
acumulan una variedad de procesos de intervención de tal magnitud
que están provocando situaciones irreversibles y muy destructivas,
mientras que son escasos los estudios y más escasas aun las propuestas
de respuesta hacia lo local que integren aspectos territoriales con la
planificación económico-social y en particular sobre empleo,
desigualdad y pobreza junto a criterios de riesgo en un contexto analítico
que dé relevancia a los conceptos de sostenibilidad.
Desde tiempos coloniales, la región del Atlántico (o Caribe)
sur de Costa Rica ha sido reconocida como una de las más ricas,
tanto por su biodiversidad y riqueza natural como por ser multi-étnica
y rica en posibilidades de desarrollo cultural. No obstante, ese potencial
sigue latente y, al contrario, la población regional, también
desde la Colonia, se ha caracterizado por sus altísimos niveles
de pobreza, de explotación desmedida de la fuerza laboral y de
represión y segregación social, tanto con los autóctonos
habitantes precolombinos como con los inmigrantes afro-caribeños
traídos o atraídos por el desarrollo de nuevas formas de
explotación y trabajo en la región, tanto con el cacao como
con el ferrocarril y con el banano (hasta entrados los años treinta)
y luego con la explotación turística y de turismo sexual,
junto a la extracción de riquezas de las zonas protegidas y las
reservas indígenas. Más recientemente, en las últimas
décadas, junto a la nueva explotación bananera que de nuevo
integra inmigrantes indígenas de las zonas fronterizas del sur,
se ha desarrollado una extensa explotación vinculada al cultivo
y trasiego de drogas, con lo que los niveles de explotación, violencia,
represión y opresión contra la población campesina
ha llegado a límites similares a los de la Colonia.
El Pacífico central es una extensa región que abarca al
menos tres cantones (Garabito -Herradura, Jacó-, Parrita y Aguirre
-Quepos), pero que debe entenderse en un contexto más amplio que
involucra el gran corredor de comercio que comunica a Panamá con
Nicaragua y constituye la costanera sur, todavía en proceso, pero
ya implicando cambios abruptos en toda la zona que va desde Barranca (cantón
de Puntarenas), pasando por Esparza y hasta el Pacífico sur del
país, incluyendo la zona conocida como Región Brunca. Si
bien ésta no es una zona de contrastes étnicos, sí
lo es en cuanto a niveles de ingreso y sí lo fue desde los años
cuarenta en términos del impacto de las plantaciones. Ésta
fue una zona poco poblada hasta hace unas pocas décadas y, de hecho,
hasta el inicio de las plantaciones seguía siendo una gran reserva
de biodiversidad. El fácil acceso desde el Valle Central ha ido
permitiendo el crecimiento de actividades económicas ligadas al
turismo desde hace pocas décadas, pero con una tendencia acelerada
y sin control, con las funestas consecuencias observables en ciudades
como Jacó o Quepos. Más recientemente, las nuevas formas
productivas multinacionales en lo turístico han descubierto esta
zona de manera que está en medio de inmensas transformaciones en
aspectos como el precio de la tierra y la especulación inmobiliaria.
La región atlántica presenta uno de los más bajos
índices de desarrollo y los más altos de pobreza del país,
y equivale en sus condiciones a la situación de otros países
de Centroamérica. Lo que ha dado como consecuencia que la población
joven presente los más altos índices de desempleo y que
la migración sea la única salida para la supervivencia (la
población negra migra a Nueva York y otras ciudades de EU). Esta
condición de población emigrante es una característica
que identifica a las dos regiones, pues también la zona del Pacífico
central -en particular luego del cierre de las bananeras- es una zona
de expulsión de población y de miseria extrema en pueblos
desolados. Esta situación de crisis en el Pacífico no ha
sido para nada superada por intentos como los parques comerciales libres
de impuestos u otras inversiones públicas o privadas, y se sigue
a la espera de la finalización de la carretera.
En ambas costas, la estructura productiva basada en la gran plantación
para la exportación o la pequeña economía de subsistencia
solo ha sido complementada o sustituida por la instalación a lo
largo de la línea costera de una suerte de enclaves muy pequeños
de explotación turística de la riqueza natural (turismo
ecológico) y/o de la población local (turismo sexual), que
tuvo un período de auge en algunos puntos durante la década
de los años ochenta y principio de los noventa y decayó
en algunas áreas seriamente durante la siguiente década,
con lo que algunos pueblos quedaron llenos de hoteles abandonados. En
ambos casos, con ello se incrementó la inmigración hacia
la zona y el comercio informal en los principales centros comerciales
y de servicios al turismo. Sin embargo, en aquellos sitios en que se mantienen
las condiciones de la época de auge, y en particular en los principales
pueblos cabeceras de distrito, por ejemplo en Jacó y Herradura,
y Puerto Viejo y Cahuita, este crecimiento abrupto en los establecimientos
de servicios comerciales y turísticos no estuvo complementado por
las infraestructuras necesarias para permitir un desarrollo equilibrado
y, por el contrario, en todos esos sitios la alta contaminación
ha sido uno de los principales impactos (ruido, basura, desechos líquidos,
exceso de vehículos, etcétera), y no el desarrollo económico
local o el aumento del empleo y la reproducción o estimulo de diversas
formas de trabajo e ingreso en la zona. En varios de esos sitios los grados
de contaminación y explotación excesiva del recurso hídrico
pone en serio peligro la existencia propia de la zona como sitio de explotación
turística, y en pocos años podría enfrentar un proceso
de decadencia y ruina.
En consecuencia, aunque en las dos regiones se puede encontrar enormes
cantidades de pequeños establecimientos, en su mayoría éstos
son propiedad de inmigrantes europeos y norteamericanos, quienes los atienden
personalmente y no requieren más que una muy baja contratación
local de personal de apoyo o productos; estos últimos, incluyendo
en el caso del Atlántico el pescado y los mariscos, son importados
de otras partes del país o del extranjero. Los grandes proyectos
hoteleros y turísticos son más comunes y típicos
del Pacífico, donde no solo ya se han consolidado algunos, sino
que están en proceso de construcción u organización
otros varios de cientos o miles de hectáreas que generan un tipo
de impacto concentrado en términos de empleo y demanda, pero siempre
escaso, pues desarrollan al interior del complejo prácticamente
todas las actividades. En ningún caso este tipo de inversión
logra generar una demanda laboral equivalente a la oferta -o más
bien la sobre-oferta- generada por el abandono de las plantaciones y el
ingreso de nuevas generaciones al mercado laboral.
Más allá de tales actividades se puede encontrar trabajos
tradicionales vinculados al comercio y los servicios en los pueblos bananeros
y fronterizos con Panamá -en el caso del Atlántico- y las
tres cabeceras de cantón -en el caso del Pacífico. Estos
últimos son los centros comerciales de la región predominantemente
agrícola, y en el caso de Jacó, la más importante
ciudad-turística de toda la región. Los poblados de las
dos regiones han sufrido y siguen sufriendo por las inundaciones, cada
vez más en la medida que hubo un cambio sustancial en la estructuración
del territorio a partir del terremoto de principios de la década
de 1990 en Limón y por las condiciones hidro-meteorológicas
y geológicas de la estrecha franja costera pacífica, sin
que hasta la fecha se hayan puesto en práctica medidas de mitigación
y menos aun de modificación del patrón de uso del suelo
en función de las nuevas condiciones. Y no porque no haya propuestas,
sino porque las existentes no han tenido el apoyo local suficiente y menos
aun el respaldo de políticas estatales que las soporten y promuevan
o, simplemente, porque hay grandes intereses empresariales y políticos
que las relegan. En estas circunstancias, las condiciones han tendido
a empeorar, tanto en lo económico como en lo laboral y en el riesgo
frente a desastres, con sus secuelas de pérdidas de largo plazo
e impactos inmediatos en la población y la estructura productiva
y laboral, lo mismo en Sixaola que en Parrita.
En las zonas más altas y las faldas montañosas de Talamanca,
las centenarias condiciones de explotación y vejación siguen
golpeando a las comunidades indígenas del Atlántico que
viven en sus reservas y sufren, en vez de disfrutar, las condiciones especiales
de la propiedad, pero a la vez tienen serias dificultades para sacar provecho
de esa condición de reserva de sus propiedades. Esta población
especialmente impactada por la miseria y falta de servicios e infraestructuras
de toda índole, padece el impacto cotidiano de la explotación
y violencia a que los someten los nuevos colonizadores: los blancos traficantes
y comerciantes de drogas que actúan impunemente frente a la ausencia
casi total de elementos mínimos de seguridad o autoridad. Pero
no solo eso, sino que durante décadas han sufrido por la ausencia
de opciones de desarrollo de sus economías de auto-subsistencia,
a lo que se ha sumado la explotación de los comerciantes y productores
no indígenas que usurpan sus tierras ancestrales o los contratan
ilegalmente por bajísimos salarios.
Una estrategia de desarrollo regional con una perspectiva de desarrollo
humano sostenible para cada una de estas regiones ni siquiera se ha discutido,
no obstante que en Limón sí se ha dado una amplia discusión
en torno a la explotación petrolera y son permanentes las noticias
sobre impactos de desastres y sobre denuncias de violencia contra los
indígenas y de la pobreza y abandono que se sufren. Aunque se han
propuesto algunas formas concretas de inversión o explotación,
las contradicciones son muy amplias por los múltiples intereses
particulares que chocan entre sí. Mientras algunos pugnan por abrir
las reservas indígenas, otros presionan para que se mantengan las
condiciones de abandono. Las organizaciones indígenas defienden
sus ancestrales derechos y han hecho propuestas concretas y viables, pero
no escuchadas; algunos impulsan la inversión pública en
infraestructuras mientras otros sugieren que no tiene sentido invertir
en una zona casi despoblada y para beneficio de unos pocos dueños
extranjeros de hoteles; algunos proponen un impulso al desarrollo de la
zona sur fronteriza teniendo como eje a Sixaola mientras otros insisten
que ese poblado debe desaparecer dado que no tiene opciones económicas
y está sujeto al impacto casi diario de las inundaciones en razón
de que ahora prácticamente está localizado en el cauce del
río -condición crítica que comparte Parrita.
En los tres cantones del Pacífico central, más allá
de la especulación inmobiliaria son pocas las iniciativas de inversión
que no se basan en el turismo mismo, y la expectativa por la futura carretera
costanera -y los esperados beneficios que traería- hace cada vez
más importante la planificación del conjunto del corredor
de comercio y logístico que tome como eje la creación de
empleos de calidad y adecuadamente remunerados, y no solo de una ciudad
o una playa o un cantón, sino de toda la zona costera y del corredor
más allá de los límites nacionales.
Se requiere la planificación integrada del desarrollo de los tres
cantones en un contexto mayor: el de los demás cantones a lo largo
de la costanera y de los cantones a lo largo de la carretera hacia el
Valle Central (Atenas, San Mateo, Orotina). La zona y su enorme riqueza
biológica, con sus grandes humedales costeros y sus reservas, algunas
ya raquíticas, es desde hace muchos años la víctima
de la falta de tratamiento de las aguas de desecho del Área Metropolitana
de San José y la aparatosa destrucción de la cuenca del
río Tárcoles, pero además ahora peligran otras zonas
todavía no tan contaminadas y los principales pueblos por la propia
contaminación en desechos sólidos y líquidos que
ellos mismos producen, así como la falta de fuentes de agua potable,
que tanto demandan y en tan grandes magnitudes los desarrollos turísticos
tipo enclave (v.g. Los Sueños, en Herradura) y la aceleradísima
urbanización de las cabeceras de cantón, como Jacó
-que ya semeja un suburbio pobre de San José- y Quepos con su enorme
contaminación, pobreza y falta de oportunidades y empleo.
La política nacional vinculada al empleo tiende a fijarse en las
negociaciones laborales y en la respuesta a gremios, y a partir de la
permanencia de equilibrios macroeconómicos, y no se diseña
en función de atender o contrarrestar las condiciones de pobreza
de distinta naturaleza y con grandes diferencias regionales, con lo que
se continúan agravando situaciones ya de por sí críticas
desde años atrás. Así, mientras en algunos sitios
y sectores se puede identificar una política de empleo basada en
la tolerancia y la permisividad de condiciones de contratación
y de salario que claramente atentan contra la legalidad y los precios
y condiciones de vida de la población (como sucede con la población
guaimí del Atlántico sur en las bananeras), en otras las
políticas (como las que promueven el desarrollo turístico)
tan solo indirectamente impactan la pobreza preexistente.
Las políticas públicas relacionadas directa o indirectamente
con el empleo no se han diseñado siguiendo patrones estratégicos
que atiendan las condiciones concretas de pobreza según región
y sector, y con ello su impacto se diluye o deja de lado amplios sectores
de población y amplias regiones del país. La migración
internacional de costarricenses es una respuesta social a ello, y se tienen
algunas zonas donde las remesas del exterior es lo que permite la supervivencia
de familias de las zonas costeras mencionadas, y de otras regiones donde,
sin embargo, las familias pueden ser dueñas de varias hectáreas
de café (v.g. en la zona de Los Santos y el Valle de El General).
Las políticas directamente ligadas con la creación de empleo
-como las de financiamiento a ciertos grupos como microempresarios- no
alcanzan ni la cobertura, ni la universalidad ni la amplitud financiera,
pero tampoco la concentración territorial -a partir de condiciones
concretas regionales de pobreza- como para que sus impactos puedan cambiar
en forma cualitativa (o que se noten en las mediciones periódicas
cuantitativas) las condiciones características de la población
pobre del país. En particular sobre el subempleo, el empleo informal
y las bajas remuneraciones es donde más omiso es el estado costarricense
y donde los impactos son menores. Al sur del Atlántico las poblaciones
inmigrantes se insertan en las bananeras, lo mismo que en el norte en
la corta de cítricos y otros empleos agrícolas estacionales,
pero la oferta de empleo es muy superada por las corrientes migratorias
que se explican en su origen y no en su destino -o sea, no se explican
principalmente por la demanda de empleo aquí, sino por la inexistencia
de empleo en sus países de origen. En ambos casos se insertan en
condiciones de ilegalidad o legalidad muy precaria (pero tolerada), y
ello implica una muy baja remuneración (en el límite de
la subsistencia), inestabilidad y flujo constante en búsqueda de
mejores condiciones hacia las ciudades intermedias, los principales puertos
y la región central-urbana del país en el caso del norte
(nicaragüenses especialmente), pues en el Atlántico sur la
población indígena panameña se queda inserta y estancada
en contratos bananeros similares a los de hace 60 años.
La tolerancia como política, pero sin dirección o enfoque
particular para propiciar una u otra tendencia específica, constituye
en sí una política de empleo dado el enorme impacto que
genera en el mercado laboral, tanto en su existencia como en los niveles
de salario y disfrute de las demás garantías sociales y
laborales establecidas en la legislación nacional, que tienden
a dejar de cumplirse o a suavizarse en su aplicación (en la construcción
los "contratistas" burlan por completo el Código de Trabajo
y pagan a destajo sin ningún aseguramiento en salud o seguridad
laboral como lo exige la ley), y ha sido la constante durante las tres
últimas administraciones.
Los intentos de legalización de los emigrantes -v.g. la amnistía-
han permitido su regularización, pero no han ido acompañados
de procesos vinculados con su inserción en el mercado laboral en
condiciones "normales" según la legislación nacional,
y por lo tanto no constituyen tampoco un cuerpo de política integrado
y directamente orientado a mejorar las precarias condiciones de vida y
de trabajo de esa gran población. Ni en general -en relación
con la pobreza y su diferenciación regional- ni en particular -en
relación con la población emigrante nacional o extranjera-
hay un cuerpo de política diseñada a impactar su introducción
relativa en el mercado laboral y mejorar las condiciones de inserción.
La tolerancia o las acciones puntuales de corto alcance apenas han afectado
sectores pequeños o desaparecen al poco tiempo -como tantos otros
programas de política social- dejando un impacto a medias que se
diluye con los años. Es en este aspecto vinculado al empleo y a
su análisis regional donde hay una explicación cada vez
más clara para el aumento de la desigualdad y, a la vez, donde
menos se ha dirigido la política social, que ni es regional ni
es concentrada ni es priorizada, y continúa padeciendo de un enfoque
reactivo, sectorial y paliativo que diluye los fondos disponibles y nunca
logra impactos sucesivos, ni en el territorio ni en el mediano plazo.
Una política social que parta de una regionalización minuciosa
y modifique aspectos puntuales, pero esenciales, en las zonas críticas,
orientada hacia la inserción estable y en búsqueda de impactos
concentrados sobre poblaciones críticas, es esencial para mantener,
en un futuro muy cercano, la estabilidad política y la paz social
del país.
|