Transgénicos, nueva cara de la revolución verde:

privatización y uniformidad

Isaac Rojas

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La biotecnología utiliza organismos vivos para obtener productos con utilidad comercial. La ingeniería genética moderna es una clase de biotecnología que permite la introducción de genes de microorganismos, plantas y animales en otros organismos totalmente distintos, saltándose así las barreras sexuales y asexuales naturales. Entonces, el organismo que recibe los nuevos genes adquiere las características del gen introducido, y a ese organismo es al que se conoce como transgénico o genéticamente modificado.

La ingeniería genética moderna puede considerarse como un paso hacia las profundidades del paradigma de la revolución verde, ya que sus portavoces insisten en aquellos viejos argumentos de que "hay que alimentar a un mundo hambriento", aunque los principales cultivos transgénicos son para el consumo de vacas y caballos, y que "habrá menor impacto ambiental", a pesar de que las características introducidas a los cultivos han provocado que el consumo de plaguicidas crezca de tres a cinco veces. Dicen que las oportunidades para el pequeño agricultor y agricultora aumentarán, pero nada mencionan sobre los contratos que las grandes compañías semilleras obligan a firmar ni sobre los derechos monopólicos que éstas poseen a través de mecanismos de propiedad intelectual sobre las semillas, y menos informan sobre las tecnologías que impiden a las semillas germinar en una segunda generación. Es decir, nos vuelven a dar soluciones técnicas a los grandes problemas del mundo (el hambre mundial, la desigualdad social, la pobreza y el deterioro ambiental) que solo se pueden resolver con decisiones políticas.

La ingeniería genética moderna puede considerarse como un paso hacia las profundidades del paradigma de la revolución verde, ya que sus portavoces insisten en aquellos viejos argumentos de que "hay que alimentar a un mundo hambriento", aunque los principales cultivos transgénicos son para el consumo de vacas y caballos, y que "habrá menor impacto ambiental", a pesar de que las características introducidas a los cultivos han provocado que el consumo de plaguicidas crezca de tres a cinco veces. Dicen que las oportunidades para el pequeño agricultor y agricultora aumentarán, pero nada mencionan sobre los contratos que las grandes compañías semilleras obligan a firmar ni sobre los derechos monopólicos que éstas poseen a través de mecanismos de propiedad intelectual sobre las semillas, y menos informan sobre las tecnologías que impiden a las semillas germinar en una segunda generación. Es decir, nos vuelven a dar soluciones técnicas a los grandes problemas del mundo (el hambre mundial, la desigualdad social, la pobreza y el deterioro ambiental) que solo se pueden resolver con decisiones políticas.

Esta nueva tecnología se caracteriza por ser reduccionista, determinista y tiene una clara relación con la industria de la vida (farmacéutica, de insumos agrícolas, semillera, de alimentos). La ingeniería genética moderna es una de las actividades que mayores ganancias aporta al capital: se calcula que para el

 

año 2003 generará $2.000 millones y para 2010 se espera que llegará a generar $25.000 millones. Y sirve como base a una nueva industria en la que ciencia y comercio están aliados, siendo éste el que priva. Producen nuevas mercancías cuyo consumo es obligatorio, ya que no se brinda información sobre ellas.

La biotecnología utiliza organismos vivos para obtener productos con utilidad comercial. La ingeniería genética moderna es una clase de biotecnología que permite la introducción de genes de microorganismos, plantas y animales en otros organismos totalmente distintos, saltándose así las barreras sexuales y asexuales naturales. Entonces, el organismo que recibe los nuevos genes adquiere las características del gen introducido, y a ese organismo es al que se conoce como transgénico o genéticamente modificado.

La industria biotecnológica representa uno de los últimos asaltos a la vida, pues mediante la manipulación de genes se crean nuevas formas de vida y nuevos productos que son puestos en el mercado para su consumo sin considerar argumentos de importancia referentes a salud, a información al consumidor, a existencia de formas de vida y estilos de desarrollo diferentes, ni a aspectos éticos y de protección ambiental. Es una industria que funciona según la común lógica de acumulación de capital, de acuerdo con la que se ha llegado a considerar la vida como una mercancía más que puede ser negociada por quienes poseen la tecnología y el poder económico para hacerlo. Derivado de lo anterior, sostenemos que la industria biotecnológica moderna profundiza más las desigualdades existentes entre los países y dentro de éstos.

Esta actividad para su sobrevivencia necesita de la existencia de derechos de propiedad intelectual, especialmente de patentes, que otorgan derechos monopólicos sobre los nuevos productos. Esta industria no inventa nada, sino que simplemente descubre los genes que dan determinadas propiedades (a, por ejemplo, plantas específicas), los cuales existen por sí mismos en la naturaleza. Es decir, no solo nos venden productos comerciales, sino que también se aseguran la propiedad de los elementos de la naturaleza que permiten la producción de sus mercancías. A través de los derechos de propiedad intelectual se da la privatización del patrimonio genético que había estado en el dominio público. Por lo tanto, mediante la ingeniería genética moderna se da un paso hacia adelante en la privatización de todo aquello que puede generar ganancias.

Clave para esta industria es el acceso a los recursos genéticos y bioquímicos, que hasta hoy no ha venido a mejorar la economía nacional ni la calidad de vida de ninguna comunidad o país, y en función del cual se ha irrespetado los derechos tradicionales que poseen las comunidades locales y los pueblos indígenas sobre los recursos de la biodiversidad.

Los organismos transgénicos pueden ocasionar impactos. A nivel de lo ambiental nadie puede prever cuáles serán, debido a que esos nuevos organismos no existían antes en la naturaleza, pero puede suponerse que serán los mismos que producen las especies exóticas que depredan a las nativas: ya se ha detectado y sufrido la proliferación de supermalezas, el aumento de la resistencia de ciertos organismos a plaguicidas y la contaminación y la erosión genéticas. A nivel de la salud existen diversos estudios que llaman la atención sobre el aumento de alergias y resistencia a antibióticos, principalmente.

En Costa Rica, los cultivos transgénicos ocupan un área de apenas 111,56 ha, y la mayoría son para producción de semillas. Con soya hay un área de 7,61 ha en Upala (norte del país), Aranjuez, Sardinal, Abangares (Pacífico Central) y Alajuela (Valle Central); con algodónhay 102,35 ha en Barranca, Abangares, Sardinal y Aranjuez (Pacífico Central) y Liberia (norte del país), y con maíz hay 2,05 ha en Alajuela (Valle Central). Además, existe un proyecto de banano a nivel de investigación a campo abierto que se encuentra en su etapa final. Cada etapa cumplida del proyecto se destruye y su fin es valorar diversos genes antifúngicos para la protección contra la sigatoka negra. El proyecto perdió viabilidad desde que el movimiento de consumidores en Europa se opone a los transgénicos, porque el banano tiene como uno de los principales mercados la Unión Europea. Aunque el área nacional con transgénicos no es grande y son cultivos semilleros, éstos representan un riesgo ambiental y social.

Como ecologistas creemos que la opción por los cultivos transgénicos no conduce a la sustentabilidad. En nuestro país debe darse una discusión nacional que le permita a la población conocer los posibles impactos, la utilización y apropiación de recursos de dominio público y las medidas que deben implementarse para prevenir efectos sobre nuestra salud y ambiente. Del mismo modo, deben darse a conocer actividades alternativas que hoy realizamos, como la producción orgánica. En vez de invertir en prevención de impactos debiera canalizarse los recursos a los pequeños productores y productoras para que puedan producir en mejor forma y, así, al mismo tiempo, promover el consumo de nuestros productos, lo que a la larga ayuda a asegurar nuestra soberanía alimentaría

Isaac Rojas, abogado, es presidente de la Federación Costarricense para la Conservación de la Naturaleza (Fecon) e integrante del grupo ecologista Coecoeiba-AT