Para encarar éticamente los transgénicos

Antonio Elizalde

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El hecho - Los seres humanos llevamos miles de años modificando los vegetales que usamos como alimentos. Es así como la coliflor, el brócoli y las coles de bruselas son variedades de la misma planta, aunque no lo parezcan. Lo mismo ocurre con la enorme cantidad de variedades de papa, trigo, té, arroz, maíz, manzanas o naranjas, entre muchos otros vegetales. Todas estas plantas tienen orígenes salvajes posiblemente muy diferentes de los que hoy conocemos. El desarrollo de la cultura humana está asociada al cultivo de plantas utilizadas como alimentos. Hoy, sin embargo, la ingeniería genética nos permite llevar a cabo en muy pocos años y bajo un riguroso control aquéllo que antes significaba décadas y siglos de cruce y selección de semillas. Esto abre posibilidades enormes para resolver los actuales problemas de hambre y desnutrición, así como futuros problemas de seguridad alimentaria de la población humana, ya que es posible la modificación genética de los vegetales para que tengan una duración mayor, resistan mejor condiciones climáticas adversas, resistan el uso de herbicidas, resistan plagas y enfermedades e, incluso, tengan mejores cualidades nutricionales. A estos vegetales modificados genéticamente se les llama transgénicos. El problema, no obstante, es más complejo, ya que también hay efectos no deseados en el uso de transgénicos. Desde una perspectiva agroecológica -según Miguel Altieri- se ha identificado efectos ecológicos negativos tales como la creación de nuevas malezas y nuevos tipos de virus, pero además los cultivos transgénicos pueden producir toxinas ambientales que se mueven a través de la cadena alimenticia y que también pueden terminar en el suelo y el agua afectando a invertebrados y probablemente impactando procesos ecológicos como el ciclo de nutrientes.

Comprensión del hecho - La historia reciente de la agricultura nos enseña que las enfermedades de las plantas, las plagas de insectos y las malezas se volvieron más severas con el desarrollo del monocultivo, y que los cultivos manejados intensivamente y manipulados genéticamente pronto pierden su diversidad genética. Dados estos hechos, no hay razón para creer que la resistencia a los cultivos transgénicos no evolucionará entre los insectos, malezas y patógenos como ha sucedido con los pesticidas. Sin importar qué estrategias de manejo de resistencia se usen, las plagas se adaptarán y superarán las barreras agronómicas. Las enfermedades y las plagas han sido amplificadas por los cambios hacia la agricultura homogénea. Uno de las causas principales de la pérdida de biodiversidad es la expansión de los monocultivos y de la ingeniería genética que generan la crisis de los recursos fitogenéticos, la erosión de la biodiversidad y pérdidas importantes en la seguridad y soberanía alimentarias de nuestros países.

 

Asimismo, existe un creciente uso de especies híbridas (variedades mejoradas genéticamente) no solo en la agricultura comercial, sino que incluso en la agricultura familiar campesina, que operaba como reserva de germoplasma en razón de la autoproducción de semillas, lo que explica la enorme pérdida de material genético experimentada en el siglo recién pasado. En los años recientes, desde la introducción de la revolución verde ha habido una notable pérdida de información genética de cultivos agrícolas, de 60 a 80 variedades de frijoles existentes hace un siglo hoy no hay más de 10, de centenares de variedades de papas hoy no existen más de 12.

Implicaciones éticas - Es importante recordar que la llamada revolución verde -la introducción gracias al extensionismo agrícola de semillas mejoradas más pesticidas y agroquímicos- redujo al hambre en décadas recientes a millones de campesinos que eran autosuficientes alimentariamente. La expansión actual de los cultivos transgénicos amenaza la diversidad genética por la simplificación de los sistemas de cultivos y la promoción de la erosión genética. Por lo tanto, la introducción de cultivos transgénicos implica riesgos para la biodiversidad y para la seguridad alimentaria de amplios sectores de la población, de allí que sea necesaria la aplicación en este caso del principio precautorio El principio precautorio plantea que, con el fin de proteger el ambiente y avanzar hacia el desarrollo sustentable, la falta de certeza científica no se debe utilizar como justificación para no emprender acciones orientadas a evitar daños potencialmente graves al ambiente. El conocimiento científico sobre los ecosistemas y los efectos de las actividades humanas en el ambiente es todavía precario. La ciencia no provee evidencias inequívocas e irrefutables que permitan conocer y evaluar los efectos de la actividad humana en el ambiente en forma absoluta. Además, las conclusiones y recomendaciones científicas no pueden separarse completamente de su componente valorativo; es así como se puede llegar a diferentes conclusiones científicas respecto de fenómenos que son inciertos. El objetivo fundamental de toda política agraria debe ser asegurar la alimentación presente y futura de la población humana. Más aun, actualmente es posible avanzar hacia una agricultura socialmente más justa, económicamente viable y ecológicamente apropiada.

Elementos para el discernimiento - El principio de precaución exige que los regímenes comerciales que se están desarrollando utilicen criterios científicos objetivos que conduzcan al adecuado equilibrio entre la toma de mejores decisiones para el largo plazo y la satisfacción de las necesidades a corto plazo, a la luz de la incertidumbre científica. Sin embargo, las presiones internacionales para ganar mercados y aumentar ganancias están empujando a las compañías a que liberen cultivos transgénicos demasiado rápido, sin considerar los impactos de largo plazo en las personas y el ecosistema. Existe una situación de incertidumbre científica en relación con los cultivos transgénicos, ya que es absolutamente evidente que la ciencia no puede hoy proveernos la información necesaria para determinar los efectos potenciales que la introducción de los transgénicos puede tener en el ambiente, y más bien existen abundantes evidencias respecto de los eventuales riesgos para la biodiversidad y para la seguridad alimentaria futura de la población. Pero a pesar de la oposición de las comunidades científicas y del movimiento ecologista, los poderosos intereses comerciales en juego seguirán buscando introducir los transgénicos argumentando las claras ventajas productivas que tienen respecto de los cultivos tradicionales. Hay dos problemas éticos aquí. El primero es una suerte de "etnocentrismo biológico", ya que la ingeniería genética buscando acortar los tiempos de respuesta en el control fitosanitario de las pestes que afectan a los cultivos mediante la introducción de transgénicos, es incapaz de reconocer el fenómeno de la "mejor adaptación" de determinadas especies y variedades a las características propias de un nicho o sistema de cultivo que contribuyen así a incrementar la biodiversidad. El segundo es que un sistema de cultivo que haga uso de los predadores naturales de las plagas y enfermedades (control biológico) no produciría efectos no deseados como la destrucción de organismos benéficos o la creación de supermalezas, aunque su tiempo de respuesta sea más lento. Es la búsqueda de ganancias en lugar de la búsqueda de la satisfacción de las necesidades humanas lo que mueve a la industria de la ingeniería genética. No es la urgencia por alimentar hoy a los hambrientos del mundo, o por resolver los problemas agrícolas, sino el incremento de sus beneficios lo que la mueve a acelerar los tiempos de respuesta. El riesgo sin embargo lo deberemos correr todos.

Antonio Elizalde, sociólogo, es rector de la Universidad Bolivariana, de Santiago de Chile.