Las multinacionales controlarán toda la agricultura

con los transgénicos

Gian Carlo Delgado

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Varias son las compañías multinacionales involucradas en el negocio de los organismos genéticamente modificados (OGM) que afirman que éstos representan la segunda revolución verde. Richard Oliver, de DuPont (EU), sugirió tal denominación sosteniendo que “las semillas transgénicas, son descubrimientos indispensables y necesarios para alimentar al mundo, proteger el ambiente y reducir la pobreza en los países en desarrollo” (Oliver 2000: 172). Según tales multinacionales, todo lo que no se logró con la (primera) revolución verde sería posible con su segunda versión.

De conocimiento público es que la “modernización” del campo, desde 1950, bajo la bandera de la revolución verde, fue impulsada por el Banco Mundial (BM) en alianza con las multinacionales agroquímicas y los centros de investigación agrícolas, como el Cgiar (Group on International Agricultural Research), para difundir masivamente el uso de agroquímicos e introducir la mecanización intensiva -entre otros-, con la visión de transformar la agricultura en una industria. El resultado fue una serie de nefastos impactos ecológicos: degradación y contaminación de suelos y pérdida de la diversidad genética de las especies cultivadas –entre otros. Con la meta explícita de alimentar al mundo en el futuro cercano, la revolución verde mantuvo el crecimiento del déficit en la balanza alimentaría de los países periféricos, coincidiendo con grandes excedentes en los países centrales. La sabiduría convencional sigue sin querer entender que el problema del hambre en el mundo no es la falta de alimento, sino la pésima distribución de éste; y esa “ignorancia” permite a las multinacionales agroalimentarias afirmar que su objetivo principal no es hacer negocio sino ayudar a la vida en los países periféricos.

La segunda revolución verde, impulsada por -nuevamente- el BM, la OMC (Organización Mundial del Comercio), la Cgiar y las multinacionales involucradas en el negocio, es presentada por estas entidades como un avance tecnológico que ofrecen para nuevamente modernizar la producción agrícola. Para ello, la naciente industria Agbio (impulsora de los bionegocios detrás de la segunda revolución verde) se está centrando en dos áreas principales: el de las plantas modificadas o transgénicos y el de los animales modificados. En ambas se persigue cuatro finalidades: (1) mejoramiento cualitativo de las características genéticas inherentes a las propias plantas y animales -resistencia a plagas, enfermedades, incremento en la producción, etcétera-; (2) la llamada nutriceuticals busca “mejorar” las plantas para el consumo específico del ganado y del hombre –adición genética de vitaminas o vacunas- y para la modificación de la apariencia y sabor de los productos; (3) la llamada agriceuticals se enfoca en la producción de sustancias y diversos materiales para fines médicos e industriales, a partir de plantas y animales modificados, y (4) control social-reproductivo mediante semillas espermicidas y abortivas.

Seguidamente me centraré en las repercusiones económico-sociales de la industria Agbio en los países periféricos, dejando de lado los peligros que implican los OGM para la salud humana (trastornos fisiológicos) y el ambiente (v.g. la contaminación de milpas tradicionales en México [véase artículo de S. Ribeiro en esta misma edición]). En ese tenor, lo más desgarrador de los transgénicos es la tecnología traitor-terminator Generación I (Mooney 1999: 85 y 88), que, además de buscar una dependencia permanente de los agricultores respecto de la compra de las semillas "mejoradas" -como sucede con la tecnología terminator, que produce la muerte de la planta al final de su primer ciclo productivo-, además de eso, sí, logra sobrepasar la naturaleza genética de los vegetales al inducirlos a una permanente dependencia agro-química -cualidad ésta llamada traitor (Rafi, que inventó esta nomenclatura, desagrega la tecnología terminator en: Generación I: terminator y terminator-traitor, ideal para la industria semillera y química; Generación II: ideada para la industria de alimentos procesados, y Generación III: nutriceuticals). Las patentes terminator-traitor revelan que se están desarrollando semillas suicidas con características que pueden ser activadas o desactivadas por sustancias "reguladoras" mezcladas en los agroquímicos de las mismas multinacionales (pesticidas, fertilizantes, herbicidas, etcétera). Entre las más novedosas versiones están las que corresponden a Monsanto-Pharmacia, cuyas semillas no germinan si no son expuestas a una sustancia específica contenida en sus agroquímicos. Las de Astra-Zeneca se atrofian o dañan; mientras que las de Novartis (Syngenta) son reguladas químicamente para que “activen” cada etapa de desarrollo de la planta (germinación, retoño, floreo, etcétera). Una última versión alude a las semillas que, de entrada, no presentan ninguna de las características anteriormente mencionadas, sino que mediante un inductor externo se expresan hasta varias generaciones después (patente otorgada a la Universidad de Purdue financiada por la USDA [Ibid.: 40]). Es decir, el trasfondo de los OGM es la transformación capitalista del proceso natural de la producción, o sea, la transformación de la esencia de la semilla en un proceso industrial. Obvio, entonces, que la tecnología de los OGM sirva a los intereses de los que la desarrollan: la consolidación simultánea de la hegemonía de esas mismas multinacionales tanto en el mercado mundial semillero como en el químico, donde la agricultura de autosuficiencia y el pequeño y mediano agricultor no tienen cabida.

El avance de los OGM en cifras ya llega al 16% del total del área mundial plantada, con cuatro especies básicas (58% de soja, 12% de maíz, 12% de algodón y 7% de canola). Según ETC Group (Rafi 21-01-2001), el mercado de semillas modificadas está dominado por Monsanto. Wood Mackenzie estima que en 1999 Monsanto acaparó el 80% de todas las ganancias del mercado de agrobiotecnología, mientras que Aventis obtuvo 7%, Syngenta 5%, Basf 5% y Dupont 3%. A dichas ganancias habría que agregar las generadas por la venta de semillas mejoradas (híbridos) pero que no son OGM, donde se colocaría en el primer renglón DuPont, seguida por la suiza Pharmacia-Monsanto y Syngenta (Ibid.). Según Wood Mackenzie (Ibid.)[i] hay tres posibles escenarios para este sector: (1) El mercado de semillas transgénicas, que actualmente está valuado en $2.500 millones, y que podría crecer alrededor de 6% por año, de modo que llegaría a cotizarse en poco más de $3.000 millones en 2003. (2) Si la tendencia anti-semillas transgénicas ganara terreno, el mercado podría caer hasta $2.000 millones en 2003. (3) Si se abren mercados clave, como por ejemplo Brasil, India y China, el mercado podría crecer un promedio de 10% por año, llegando a valer unos $3.500 millones en tres años.

Falta añadir, a contracorriente de las “promesas que traen” los OGM, que el número de personas que tendrán acceso a la alimentación decrecerá como resultado de la concentración de la industria Agbio ha logrado controlar crecientemente la producción, procesamiento y distribución de alimentos del planeta. El papel del BM y sobre todo el de la OMC es central. El objetivo no ha sido otro que liberalizar el comercio de la agricultura, reestructurar la producción a través de semillas y ganado genéticamente modificado y distribuir los alimentos en todo el mundo, quitando a pueblos y gobiernos el ejercicio de eso que es un derecho básico suyo. La política de la OMC está sobre todo organizada alrededor de los intereses de las multinacionales que dominan el mercado mundial. Los estados-nación de los que provienen éstas hacen uso de la globalización para desmantelar, a través de los clientelares organismos internacionales, todas las regulaciones de las demás economías nacionales, destruyendo su capacidad interna de producción de alimentos, de reproducción de sus comunidades y de conservación de su ambiente natural. No es casual que Ronald Reagan colocara en 1986 a Daniel Amstutz, ejecutivo de la gigante semillera Cargill Company, como jefe negociador en lo referente a cuestiones de agricultura durante la Ronda de Uruguay (fundamento de la consolidación de la OMC). Así, con los altos subsidios a la agricultura norteamericana y con las presiones ejercidas por la OMC para imponer un porcentaje mínimo de importaciones de alimentos básicos, EU ha logrado colocarse como el granero del mundo al abastecer dos terceras partes del mercado mundial de cereales. Para Cargill y demás multinacionales de EU, los crecientes subsidios estatales que hacen bajos los precios nacionales de los productos agrícolas les permiten entrar a cualquier mercado del mundo y saturarlo de granos por debajo del precio internacional o regional. En tal línea, resulta llamativa la presión de Cargill para comprar los principales silos de granos de México, para desde ahí acaparar el mercado nacional y saturarlo de sus OGM: se trata de finalizar la entrega de la soberanía alimentaria de México.

Gian Carlo Delgado, economista mexicano, es autor de La Amenaza Biológica (Plaza y Janés, 2002) [giandelgado@eresmas.com].

Referencias bibliográficas

Mooney, Pat R. 1999. The ETC Century. RAFI. [Sin lugar].

Oliver, Richard W. 2000. The Comino Biotech Age. Mc Graw-Hill. Nueva York.

Rafi. “Semillas transgénicas: ¿solo un frenazo o ya cayeron al vacio?”, en Geno-Types, 21-01-2001