Hacia una ética de los Transgénicos

Felipe Ángel

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El debate alrededor de los transgénicos está dominado por dos posiciones extremas y antagónicas. La una a favor y la otra en contra. Unos desean entrar a saco al mundo transgénico, sin que planifiquemos sus consecuencias, y otros hasta se niegan rotundamente a tocar en su puerta. Mientras mantengamos el debate solo entre los dos extremos opuestos, será estéril.

Quienes desean entrar a saco en el mundo transgénico olvidan un punto importante: la entropía. Esta opción induce al caos dentro de la información genética. La información genética fue un doloroso y atrevido proceso de tres mil millones de años; un proceso muchas veces fracasado, que produjo la biodiversidad, sobre cuyo orden descansa la posibilidad de existencia de la especie humana. Esta opción debe ser replanteada desde el punto de vista ético puesto que su origen es el desconocimiento del ecosistema, el cual cae, en última instancia, en una ética platónica, para la cual solo cuenta el ser humano.

Por el otro lado están aquéllos que se niegan a tocar la puerta del mundo transgénico, a los que es necesario hacerles caer en cuenta de lo siguiente: la única otra opción no es la de entrar a saco en el mundo transgénico, y los beneficios de los transgénicos en cuanto a la alimentación de la población humana son significativos, siendo el hambre la mácula mayor de la civilización actual. Esta perspectiva nace de una ética biologista o ecologista, que desconoce la cultura, por lo cual es una opción que también tiene reparos desde el punto de vista de la ética. Se trata, pues, de un reduccionismo.

Basado en estas dos opciones el debate divide a los especialistas, enerva a los entusiastas de ambos lados y deja muda a la opinión pública. ¿Cómo sacar el debate del estancamiento?

Lo primordial es entender la causa de esta polarización. En mi opinión surge debido a que, por lo general, los métodos de interpretación separan tajantemente el ecosistema de la cultura. Se colocan en la posición de que hay que escoger entre lo uno y lo otro. Quienes desean entrar a saco en el mundo transgénico privilegian la cultura. Los que se oponen radicalmente a los transgénicos se inclinan por el ecosistema. En el fondo del debate encontramos esta raíz. ¿Prima la cultura, lo cual nos conduce a estar a favor de los transgénicos? ¿O prima el ecosistema, lo cual nos induce a estar contra los transgénicos? Se trata de una falsa dicotomía.

La realidad es que la cultura se construyó, se construye y se construirá en una imbricación con las posibilidades que brinda el ecosistema. Sobre la transformación de la naturaleza, sobre la domesticación del ecosistema, que incluye la domesticación de la genética, se construye la cultura. Ecosistema y cultura no son dos mundos apartados. Al revés, se determinan entre sí.

 

Por eso, a diferencia de las éticas biologista y ecologista que niegan la cultura, y de la ética platónica que niega el ecosistema, una ética ambiental no niega ni el ecosistema ni la cultura. Por el contrario, ve en su relación la posibilidad de entenderlos ambos.

En cuanto al ecosistema, el ser humano ha domesticado gran parte de él. De tal manera que entender el ecosistema hoy en día pasa por investigar cómo funciona una vez intervenido por el ser humano. Las características del ecosistema, como su capacidad de carga, son distintas, aunque toda ética debe tener en cuenta que el límite de resistencia del ecosistema no varía. En cuanto a la cultura, ya he señalado que se construye en una imbricación dialéctica con el ecosistema. Pero la relación es aun más profunda.

La naturaleza nos arrojó fuera del ecosistema. Lentamente fue construyendo un cuerpo mamífero que pudiera manejar instrumentos. No solo instrumentos físicos, como lanzas o el Apolo XI, sino también instrumentos sociales, como la transmisión de la información, la distribución de tareas, de derechos y deberes, etcétera, e igualmente instrumentos simbólicos (conceptos, etcétera). La naturaleza durante millones de años construyó un mamífero capaz de no ser parte del ecosistema porque tiene un cuerpo hecho para adaptarse mediante una plataforma instrumental, constituida por los tres instrumentos ya señalados. ¿Cuáles atributos físicos colocó la naturaleza en esta especie que llamamos ser humano? Primero, el neoencéfalo, que es el único órgano en la naturaleza que nace abierto, con las dendritas esperando la información para cerrarse. Esta información es cultural. Segundo, la posición bípeda, que libera las manos del sistema de locomoción. Tercero, la mano prensil. Cuarto, el sistema audiofonético, pues sin palabra no hay posibilidad de manejar instrumentos físicos ni sociales y, quizá, simbólicos. Quinto, la vista estereoscópica, necesaria para el cazador pero no para el recolector. La relación, pues, entre ecosistema y cultura está en la raíz. Ambas fueron hechas por la naturaleza. Ambas son naturaleza.

Quizá mediante este breve desglose de la situación en que se encuentra el debate ético alrededor de los transgénicos podamos empezar a introducir nuevos elementos en la base de la discusión. Al elaborar elementos transgénicos la naturaleza sigue su curso, esta vez mediante el ser humano, mediante la cultura. Es un hecho respecto del cual hay que adoptar una posición ética, que no puede ser la del reduccionismo biologista o ecologista ni la del platonismo desconocedor del ecosistema. Sería conveniente adoptar una ética ambiental que tome en cuenta ambas partes, tanto el ecosistema como la cultura, desde una perspectiva como la descrita, en la cual el ser humano es parte integral de la naturaleza.

Esta época está atravesada por unas ciencias sociales platónicas. Siendo la ética parte del objeto de estudio de las ciencias sociales, difícilmente el ecosistema, sus derechos, su límite de resistencia y su trabajo como soporte de cualquier cultura, va a ser tenido en cuenta. Así que el nacimiento de los transgénicos se da en una época con una ética predominantemente platónica, salvo por el caso de las ciencias naturales, la medicina, parte del arte y las ingenierías.

Ante tal situación urge la tarea de sistematizar y difundir una ética ambiental que permita un uso adecuado de los transgénicos, lo cual ha comenzado a darse desde hace varios años en diversos ámbitos del aparato académico y de educación formal. (En mayo de este año, 34 expertos de once países latinoamericanos se reunieron en Bogotá en el Simposio sobre Ética Ambiental y Desarrollo Sustentable, convocado por el Ministerio del Medio Ambiente de Colombia, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Consejo de la Tierra.) Hay un interés creciente por construir una ética de cara al ambiente. La aparición de los transgénicos debe ir aparejada al nacimiento de una ética ambiental. De ello debemos encargarnos todos los interesados por el tema, puesto que sin esto lo más probable es que se imponga la opción de entrar a saco en el mundo transgénico.

Lograr la consolidación y difusión de una ética ambiental no es una tarea improbable ya que está delimitada con claridad. Hasta ahora los modelos de interpretación privilegian o al ecosistema o a la cultura. Es indispensable introducir un tercer modelo de interpretación, que es la ética ambiental, donde se fundamente la relación entre ecosistema y cultura, sin privilegiar de antemano ninguna de las dos.

 

Felipe Ángel, filósofo, es profesor en la Universidad Autónoma de Cali, Colombia.