Caos e incomunicación en
Johanesburgo
Nunca
estuve en una actividad que desde el punto de vista logístico tuviera tantos
problemas como la Cumbre de Johanesburgo. Si se trataba de hacer
imposible el relacionamiento, casi lo lograron.
Eso
repercutió en los resultados porque no hubo verdadero diálogo entre los
sectores interesados, sino que cada quien montó su propio esquema de comunicación.
Por una parte se desarrolló la Cumbre Oficial de los Gobiernos, con limitada
participación de los sectores de sociedad civil en las discusiones sustantivas,
y con algún aporte interesante de algunos eventos laterales. Pero lo más
curioso es que ni siquiera en este sector de la Cumbre se logró el diálogo
deseado. En algunas ocasiones había hasta siete, o más, reuniones paralelas
dentro del mismo segmento gubernamental, con formatos diversos que solo unos
pocos experimentados en las lides de la burocracia y el procedimentalismo
internacional podían entender. Las delegaciones con menos recursos, de esas de
solo dos o tres miembros, no podían incidir políticamente en aquel maremágnum.
Hubo quienes ni siquiera sabían que la Cumbre era la culminación de una serie
de reuniones preparatorias en las que ya se había llegado a decisiones respecto
de, por ejemplo, qué y cómo se iba a discutir en Johanesburgo, y en las que la
mayor parte de los aportes políticos sustantivos ya se habían hecho. El Plan
de Acción tenía muy pocas posibilidades de modificarse, salvo en los aspectos
que estaban en disputa por no haberse consensuado en las runiones previas.
El
desarrollo sostenible, en la concepción derivada de la lectura de algunos
documentos post Río, propugna la incorporación de todos los sectores
interesados en la identificación de problemas y búsqueda de soluciones, en la
aceptación del costo responsablemente compartido y en la distribución de los
beneficios; se sustenta en un enfoque holístico que premia la
intersectorialidad y desprecia la visión parcial; se fundamenta en principios
acordados con anterioridad para hacerlos avanzar hacia la consecusión de las
metas.
Pero,
en contraste, en la Cumbre las oenegés andaban por un lado y los gobiernos por
otro, e incluso entre estos últimos apenas el último día se logró consenso
respecto de algunos de los temas pendientes del Plan de Acción. Era entonces
-cuando los gobiernos habían definido su posición- que debía empezar el diálogo
entre los sectores interesados, pero fue en ese momento que la reunión acabó.
El diálogo político serio nunca se realizó. La perspectiva holística y su
ausencia durante la Cumbre está muy bien ejemplificada por la existencia del
Domo del Agua, por una parte, y Netcore Center, por otra; y lo autóctono andaba
por otro lado, en Ubuntu Village, mientras los gobiernos se concentraban en
Sandton. Para desplazarse entre los diferentes lugares haciendo uso de los
medios de transporte oficiales se necesitaba al menos ocho horas, sin contar con
el desplazamiento interno. La famosa intersectorialidad, puntos de interés común,
etcétera, nunca se realizó. Y
muchas discusiones de sustancia quedaron en vanales asuntos de semántica. Se continuó, más o menos, como ha sido la tónica en los últimos
años en que he tenido alguna relación con los temas de desarrollo sostenible,
en un puro discurso sin vocación práctica u operativa.
Pero,
a pesar de las limitaciones, Costa Rica debe sentirse satisfecha. Es uno de los
pocos países de los cuales se pudo escuchar elogios, lo cual tiene valor en la
escena internacional. Esto fue así gracias –a la larga- a la experiencia
nacional de participación efectiva de la sociedad civil en la búsqueda de
soluciones conjuntas, en los casos en que se ha dejado de lado el concepto de
que la política debe hacerse desde los escritorios de los burócratas y se ha
abierto espacios de participación con objetivos claros en torno a problemas
relevantes y con una actitud de ciudadanos responsables.
Ricardo
Ulate, especialista en relaciones internacionales, es director de Cooperación
Internacional del Ministerio del Ambiente