Caos e incomunicación en Johanesburgo

Ricardo Ulate


Nunca estuve en una actividad que desde el punto de vista logístico tuviera tantos problemas como la Cumbre de Johanesburgo. Si se trataba de hacer imposible el relacionamiento, casi lo lograron.

Eso repercutió en los resultados porque no hubo verdadero diálogo entre los sectores interesados, sino que cada quien montó su propio esquema de comunicación. Por una parte se desarrolló la Cumbre Oficial de los Gobiernos, con limitada participación de los sectores de sociedad civil en las discusiones sustantivas, y con algún aporte interesante de algunos eventos laterales. Pero lo más curioso es que ni siquiera en este sector de la Cumbre se logró el diálogo deseado. En algunas ocasiones había hasta siete, o más, reuniones paralelas dentro del mismo segmento gubernamental, con formatos diversos que solo unos pocos experimentados en las lides de la burocracia y el procedimentalismo internacional podían entender. Las delegaciones con menos recursos, de esas de solo dos o tres miembros, no podían incidir políticamente en aquel maremágnum. Hubo quienes ni siquiera sabían que la Cumbre era la culminación de una serie de reuniones preparatorias en las que ya se había llegado a decisiones respecto de, por ejemplo, qué y cómo se iba a discutir en Johanesburgo, y en las que la mayor parte de los aportes políticos sustantivos ya se habían hecho. El Plan de Acción tenía muy pocas posibilidades de modificarse, salvo en los aspectos que estaban en disputa por no haberse consensuado en las runiones previas.

El desarrollo sostenible, en la concepción derivada de la lectura de algunos documentos post Río, propugna la incorporación de todos los sectores interesados en la identificación de problemas y búsqueda de soluciones, en la aceptación del costo responsablemente compartido y en la distribución de los beneficios; se sustenta en un enfoque holístico que premia la intersectorialidad y desprecia la visión parcial; se fundamenta en principios acordados con anterioridad para hacerlos avanzar hacia la consecusión de las metas.

Pero, en contraste, en la Cumbre las oenegés andaban por un lado y los gobiernos por otro, e incluso entre estos últimos apenas el último día se logró consenso respecto de algunos de los temas pendientes del Plan de Acción. Era entonces -cuando los gobiernos habían definido su posición- que debía empezar el diálogo entre los sectores interesados, pero fue en ese momento que la reunión acabó. El diálogo político serio nunca se realizó. La perspectiva holística y su ausencia durante la Cumbre está muy bien ejemplificada por la existencia del Domo del Agua, por una parte, y Netcore Center, por otra; y lo autóctono andaba por otro lado, en Ubuntu Village, mientras los gobiernos se concentraban en Sandton. Para desplazarse entre los diferentes lugares haciendo uso de los medios de transporte oficiales se necesitaba al menos ocho horas, sin contar con el desplazamiento interno. La famosa intersectorialidad, puntos de interés común, etcétera, nunca se realizó.  Y muchas discusiones de sustancia quedaron en vanales asuntos de semántica. Se continuó, más o menos, como ha sido la tónica en los últimos años en que he tenido alguna relación con los temas de desarrollo sostenible, en un puro discurso sin vocación práctica u operativa.

Pero, a pesar de las limitaciones, Costa Rica debe sentirse satisfecha. Es uno de los pocos países de los cuales se pudo escuchar elogios, lo cual tiene valor en la escena internacional. Esto fue así gracias –a la larga- a la experiencia nacional de participación efectiva de la sociedad civil en la búsqueda de soluciones conjuntas, en los casos en que se ha dejado de lado el concepto de que la política debe hacerse desde los escritorios de los burócratas y se ha abierto espacios de participación con objetivos claros en torno a problemas relevantes y con una actitud de ciudadanos responsables.

Ricardo Ulate, especialista en relaciones internacionales, es director de Cooperación Internacional del Ministerio del Ambiente

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