Franz Hinkelammert

El abismo del sujeto


El sujeto vivo es abismo, pero es abismo lleno. El sujeto se hace sujeto por la afirmación de su vida, que tiene como su otra cara la afirmación de la vida del otro. De esta manera da contenido al abismo. La negación del sujeto no hace desaparecer el abismo, sino lo vacía. Entonces el sujeto explota. El abismo se llama asesinato es suicidio. Lo niega y lo tapa el: si yo te derroto, soy yo. Y revienta con el: te asesino, aunque la consecuencia sea suicidarme. Como sujeto vivo es el: si tú eres, yo soy. Es el sujeto del cual se trata.

El sujeto nace de una reflexión infinita del ser natural vivo. Comer del árbol del bien y del mal constituye la reflexión infinita, en la cual el ser humano se pone más allá de todo lo que es, para juzgarlo. Esta reflexión distingue al ser humano del animal. Es reflexión trascendental en el sentido de que no hay nada que no trascienda, por eso puede reconstituir todo. A partir de ella puede construir herramientas e instituciones. Sabe que es mortal: un ser natural infinito atravesado por la finitud y la muerte. Esta reflexión distingue al ser humano no solamente del animal, sino también de la máquina (no hay máquina inteligente, porque ninguna es capaz de hacer esta reflexión infinita). Y hace aparecer el abismo del sujeto, constituyendo la posibilidad del bien y del mal. Estamos pasando de la negación del sujeto a su explosión, en la cual él revienta contra sí mismo al afirmar la muerte.

La acción del sujeto se encuentra más allá de posibles motivos, entendiendo por motivos el origen específico de efectos específicos; o sea, está más allá de la acción medio-fin, o de la acción motivada o, en general, la acción formal-racional. La acción del sujeto rompe con esta secuencia formal-racional, por lo que es gratuita. Mas la acción del sujeto no es otra acción que la acción formal-racional, sino su transformación subjetiva. Tiene un carácter de irrupción continua. Interrumpe la lógica de la acción formal-racional y la reorienta. Hace algo que a la luz de la acción formal-racional es irracional, algo que a la luz del determinismo es indeterminación. Sin embargo, vuelve a encontrase con esta acción formal racional. Por eso es acto libre, pero de ninguna manera arbitrario.

Hay una racionalidad del sujeto que irrumpe constantemente en la racionalidad formal-racional, afirmando que si tú eres, yo soy. Pero el cálculo del éxito según la racionalidad formal-racional niega esta racionalidad del sujeto y sostiene su contrario: si te derroto, yo soy –esclavos ellos, libres nosotros. Pero en esta su forma negada vuelve a afirmar la racionalidad del sujeto, aunque al revés. En la ideología del mercado: si todos tratamos de derrotar al otro –en la competencia– a todos nos va mejor: se realiza el interés general. Cada uno posterga su muerte dando muerte al otro. La negación del sujeto no escapa a la racionalidad del sujeto, pero la invierte. De esta manera, en nombre de la racionalidad invertida del sujeto reprime al sujeto mismo. Lo excluye, pero no desaparece. Vuelve como sujeto negado e invertido dentro de la acción formal-racional. En su consecuencia lo lleva a explotar. Cuanto más se totaliza la acción formal-racional como sistema, y cuanto más niega y excluye al sujeto, más se hace presente el hecho de que asesinato es suicidio. Cada vez se hace más corto el período entre el asesinato y el suicidio. Eso es resultado de la propia globalización del mundo: la bala que yo disparo al otro, atraviesa a éste, da vuelta a la Tierra y me alcanza en la nuca. Con el desarrollo técnico la velocidad de la bala va aumentando. Si ahora la respuesta no es el retorno del sujeto, éste vuelve en forma invertida de manera terrorífica: asesinar para suicidarse. Vuelve para asesinar, lanzándose al abismo abierto por medio del asesinato para suicidarse. El sujeto se invierte en un anti-sujeto.

La realidad resulta ser el asesinato es suicidio. Pero sigue ambivalente. Se le puede reconocer por el retorno del sujeto, pero también reventando el mundo al reventar este mismo sujeto, transformándolo en antisujeto. Este asesinato no tiene motivos. Es simple afirmación de la realidad por el asesinato. Yo soy, luego cometo el asesinato-suicidio. Se afirma la realidad como conjunto de todas las acciones formal-racionales y a través de ellas. Todo opera de manera formal-racional, pero la meta se escapa. De hecho no hay meta, aunque todo se siga moviendo en un circuito medio-fin.

Esta afirmación de la realidad por el asesinato no tiene motivos, pero ubica los motivos. Opera más allá de cualquier motivo. Los ubica en la carrera de muerte, ser para la muerte. Pero la afirmación de la realidad por la afirmación del sujeto vivo y concreto tampoco se guía por motivos. También ubica los motivos, pero lo hace en pos de vivir una vida, cuyo sentido es ser vivida. Apunta más allá de los motivos específicos: me rebelo, luego existimos. Estas posiciones ahora se enfrentan.

El nazismo era la afirmación de la realidad por el asesinato. Los motivos de Hitler para desatar la guerra eran puros pretextos. Quería la guerra y lanzarse al abismo abierto por el asesinato. Su suicidio era la culminación y ningún fracaso. Todo era un acto espiritual de una espiritualidad de la muerte, sin calcular ventajas. Gratuito. Y todo se hizo con una perfecta racionalidad formal medio-fin.

Parece que hoy vuelve esta espiritualidad de la muerte. Se apunta al todo, pero al hacer eso el todo se transforma en la nada. EU se sentía antes de los atentados como Aquiles sin talón. Con los atentados resultó que no lo era, pero ahora surge el proyecto de llegar a ser Aquiles sin talón de Aquiles. Es el proyecto del todo, que siempre resulta ser el proyecto de la nada. Es guerra total contra el terrorismo, que es guerra terrorista total. Es guerra que se desvincula de cualquier meta de guerra; sin “motivos” específicos; su motivo es la propia guerra. Es como la ganancia, cuyo motivo es hacer ganancia (todo se mueve en círculo). Cuando la guerra pierde todas las metas no cesa, sino que se hace total. Las metas proclamadas solo son pretextos para la guerra.

Se trata de algo frente a lo cual incluso el pensamiento conservador se distancia, porque éste entiende la guerra para lograr metas. Hasta en los años noventa del siglo pasado se hacía guerras para que subiera la bolsa; por lo menos aparentemente, la guerra se conformaba a la acción instrumental y formal-racional, y para el pensamiento conservador no había problemas. Pero cuando se hace la guerra para que viva la guerra aparecen las críticas. Este problema apareció ya en los años treinta en Alemania, cuando Hitler preparó una guerra para sustentar la guerra. Muchos conservadores, que lo habían aclamado en 1933, cuando asumió el poder, tomaron distancia, y algo parecido ocurrió en el plano internacional. El gobierno británico apoyó fervientemente al régimen nazi hasta el tratado de Munich de 1938. Los crímenes nazis no importaban en cuanto el régimen aparentemente perseguía metas de consolidación y de represión. Pero con el estallido de la guerra contra Polonia resultó claro que la Alemania nazi buscaba la guerra más allá de cualquier meta de guerra. Eso era algo que Churchill había notado ya mucho antes. La Alemania nazi buscó la guerra por el todo sin metas específicas. Eso se transformó en la guerra en pos de la guerra y al final en guerra en pos de la nada.

El ejército alemán cantaba durante la guerra: "Tiemblan los huesos podridos / Del mundo frente a  la gran guerra / Rompimos las cadenas / Lo que para nosotros ha sido la victoria grande / Seguimos marchando / Hasta que todo se quiebre en pedazos / Porque hoy nos pertenece Alemania / Y mañana el mundo entero". Si hoy, en esta canción, cambiáramos el nombre Alemania por el de otro país determinado, estaríamos al tanto de lo que pasa.

Yo creo que el sistema de la estrategia de globalización está desembocando en eso. Se lanza como se lanzaron los nazis. Eso es irracional, pero es la irracionalidad de lo racionalizado. No hay argumentos y tampoco los conservadores los tienen. Esta irracionalidad es resultado de la propia racionalidad formal-racional. Los criterios formales de esta racionalidad se independizan y se vuelcan contra las raíces de la propia racionalidad formal. Las ganancias se hacen para hacer ganancias, el crecimiento económico se persigue para promover el crecimiento económico, la competencia se promueve para que haya competencia, y se llega a la cúspide cuando se hace la guerra para hacer la guerra. Siempre aparecen los motivos específicos junto con las metas específicas, pero se sustituyen por el todo para desembocar en la nada. Se trata de una irracionalidad que cumple con la racionalidad formal-racional en nombre de la cual partió (es la locura de Hamlet, que, aunque locura, método tiene).

Los atentados de Nueva York aceleraron este paso. La guerra de Afganistán ya se hace como guerra por la guerra. La guerra le tocó a ese país, pero bien hubiera podido tocarle a otro (no había pruebas -ni preocupación por conseguirlas- para comprometer al gobierno de los talibanes con los atentados; tampoco había pruebas contra Bin Laden y Al Qaeda). Se bombardeó Afganistán usando pretextos; luego será Irak y ya se está anunciando otros países en nombre de un eje del mal -países canallas. La guerra se alimenta a sí misma.

La ganancia por la ganancia se transforma en guerra por la guerra. El puente es la bolsa y el complejo militar-industrial. Cuando hay guerra sube la bolsa, pero ésta sube porque el complejo militar-industrial aumenta sus ganancias. Sin embargo, la relación entre bolsa y guerra está cambiando. De la guerra para subir la bolsa se va a la guerra en pos de la guerra. Suba o no la bolsa la guerra se hace, erigiéndose ésta como un sujeto sustitutivo más allá del bien y del mal y adueñándose del complejo militar-industrial. Sigue la “esperanza” de que la bolsa suba como resultado de la guerra, pero la guerra ya no está “amarrada” por un cálculo de intereses. La paz se transforma en un período inevitable entre las guerras: para poder preparar la próxima guerra, que deja de guiarse por intereses tomando el poder. El complejo militar-industrial deja de ser el Señor, y ahora éste es la guerra.

El sujeto humano revienta. Estamos frente a un abismo que es el abismo del sujeto vaciado. Un mundo está por lanzarse a este sacro sepulcro. Somos devorados por el sujeto vaciado, que nos somete a sujetos sustitutivos. Es un mundo que desde hace décadas con los ojos abiertos se destruye a sí mismo al destruir las fuentes de las riquezas que está produciendo. Destruye la naturaleza, destruye al otro excluyendo grandes poblaciones, destruye las propias relaciones sociales haciendo invivible la vida social, y da ahora un paso más. Lo que antes era efecto indirecto de la acción formal-racional es convertido en proyecto: la guerra para alimentar la guerra. A la violencia calculada de la acción formal-racional sigue ahora la violencia más allá de todo cálculo.

No hay vuelta a la violencia calculada. El capitalismo no responde automáticamente a alguna racionalidad de intereses, sea de personas, grupos o capitales. Desarrolla a partir del cálculo de intereses una dinámica destructora “desinteresada” que implica la dinámica del asesinato-suicidio. El cálculo de intereses va más allá de sí mismo para volverse contra sí mismo. Eso es el abismo del sujeto vaciado, que es anti-sujeto, al que desde muy lejos saluda Nietzsche, el pensador del anti-sujeto.

Tenemos que volver al sujeto vivo, que es la única instancia que puede llenar el abismo del sujeto. Todo sujeto sabe que asesinato es suicidio, por lo que puede elegir el asesinato para suicidarse. Pero puede también elegirse a sí mismo como sujeto vivo, como sujeto que no puede vivir si no asegura que el otro viva también, ubicándose esta posición más allá del cálculo de la razón instrumental. Esto lo hace desde la afirmación de la vida, y si no lo hace se invierte como anti-sujeto. Desmond Tutu: "Yo soy solamente si tu también eres".

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