Farsa y lecciones en Johanesburgo

Gabriel Rivas


De la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible 2002, mejor conocida como Cumbre de Johanesburgo Río+10 (www.johannesburgsummit.org; www.earthsummit2002.org), el ecologismo mundial esperaba una revisión profunda del estado actual del planeta y sus implicaciones para la población humana, como parte de un proceso de reflexión iniciado en Río de Janeiro en 1992. Asimismo, se creía que, como consecuencia de esa revisión (que supuestamente incluiría lo alcanzado por los diferentes convenios aprobados en Río, como el de Cambio Climático, el de Biodiversidad y el de Desertificación), se avanzaría en un proceso de cambios estructurales que permitiera a la población mundial, parte integral del ambiente, avanzar hacia un futuro más optimista, justo y sano.

En su lugar, quienes tuvimos la oportunidad de estar presentes en dicha cita nos encontramos con una completa farsa. Como bien lo indicó la Red del Tercer Mundo (www.twnside.org.sg), Río 1992 permitió construir un puente conceptual y político entre ambiente y desarrollo y forjó esperanzas en torno a una posible alianza Norte-Sur basada en un concepto -desarrollo sostenible- respetuoso del valor de igualdad y del derecho de las poblaciones a decidir su futuro y a manejar sus recursos, concepto promotor de un cambio en los patrones de producción y consumo, vigilante de principios y derechos tan fundamentales como la participación ciudadana, la responsabilidad solidaria, el principio precautorio y el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas. Johanesburgo 2002, en cambio, al fallar la Organización de las Naciones Unidas (Onu) y la mayoría de los gobiernos del mundo en presentar resultados concretos y voluntad política para un cambio necesario, se convirtió en una traición a aquellos principios y a los cientos de millones de personas más vulnerables del planeta y sus comunidades, y, a la vez, en un triunfo de las fuerzas neoliberales que impulsan la globalización y que no están interesadas en un cambio efectivo (como lo expresó Amigos de la Tierra Internacional [www.foei.org]).

En medio de tal fracaso, la Cumbre de Johanesburgo, o más exactamente los centros de investigación que hicieron públicos allí sus resultados sobre el estado del planeta (ver, por ejemplo, World Watch Institute: “Vital Signs 2002”, www.worldwatch.org), confirmaron la tendencia de deterioro ambiental y social en el planeta desde Río 92 hasta acá. Claramente se demostró cómo continúa la destrucción de los bosques, aumentan las emisiones de gases de efecto invernadero y, por consiguiente, el cambio climático, se erosiona el capital genético por desaparición de especies o por influencia de la expansión de los cultivos transgénicos, se expanden enfermedades infecciosas como el sida, crece la desigualdad entre naciones, el abastecimiento mundial de agua se ve amenazado previéndose una gran escasez para el año 2025.

La primera decepción que sufrimos los activistas que con motivo de la Cumbre llegamos a Sudáfrica estuvo ocasionada por el desastre social producto de las políticas neoliberales implementadas por la llamada alianza revolucionaria en el poder, que, entre otras cosas, ha privatizado el agua y la electricidad, no ha distribuido tierra al campesinado pobre, se ha inmiscuido en asuntos internos del reino de Lesotho para la operación de un esquema de represas insustentable y ha promocionado la New Economic Partnership for African Development, profundizando con ello las diferencias sociales heredadas de la época del apartheid, ante lo cual un nuevo y pujante movimiento crítico está reaccionando, lo que ha hecho que el gobierno devenga represivo, como se vió claramente antes y durante la Cumbre.

La segunda gran decepción provino de la constatación de la forma en que la Onu se ha visto disminuida como potencial gobierno mundial y de cómo la influencia de las compañías transnacionales ha crecido en su seno. Ya en la reunión preparatoria en Bali (mayo-junio de 2002), y ahora en Johanesburgo, se hizo evidente que las principales decisiones son tomadas bajo la influencia poderosa de un pequeño grupo de países (denominado por los ecologistas eje del mal ambiental) constituido por Japón, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, los cuales terminan imponiendo a los otros países su política, según la cual lo único que resolverá la crisis mundial ambiental y social actual ha de ser una globalización más profunda, acorde con los “consejos” del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. La influencia de las multinacionales es evidente no solo por el hecho de su fuerte presencia (a través del Consejo Mundial de Empresas para el Desarrollo Sostenible: www.wbcsd.org), sino también por la participación de sus altos ejecutivos en las delegaciones oficiales.

El proceso de negociación (preparación) del llamado Plan de Acción fue una farsa: al final, la opinión crítica de ciertos sectores (los llamados stakeholders: mujeres, jóvenes, indígenas, oenegés, gobiernos locales, científicas/os, productores agrícolas y sindicatos), invitados oficialmente a dialogar, desapareció ante el poder del otro sector participante en la discusión, el llamado business sector (las multinacionales; sector legitimado por la misma Onu y su actual secretario general a través del proceso llamado Global Compact [sobre éste ver www.corpwatch.org, www.unglobalcompact.org]).

Johanesburgo 2002 puede considerarse –si cabe el término- una farsa trágica por cómo se trató activamente de debilitar dos de los más importantes principios de Río 92: el precautorio, básico en las cuestiones ambientales, y el de responsabilidades comunes pero diferenciadas, básico en las cuestiones de desarrollo. Asimismo, ante la incapacidad de la Onu y de muchos gobiernos de dar respuesta a tantas acuciantes preguntas, la “solución mágica” hallada fue la promoción de las llamadas alianzas entre gobiernos, multinacionales, oenegés y comunidades para la consecución de los objetivos de Río 92. Viendo la realidad durante el último decenio, sonó más a insulto que a propuesta seria.

Y es que el Plan de Acción aprobado, aunque se refiere a muchos temas importantes como desertificación, agua, energía, corporaciones transnacionales, cambio climático, biodiversidad, bosques, deuda, etcétera, no contiene en la práctica ningún plan concreto (con objetivos y fechas definidas) para solucionar los graves problemas que amenazan a tanta gente en el mundo. Ante la realidad de tantas promesas no cumplidas desde Río 92, muy simbólica fue la declaración del secretario general de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo -integrada por los países más ricos del mundo-: “¿Para qué hacer promesas que no se van a cumplir?” (ver “Johannesburg summit: a triumph or a disaster?”, en International Herald Tribune, September 6, 2002: 3).

Johanesburgo 2002 marcó el final de un proceso que muchos creímos iba a dar soluciones. No fue así, pero nos dejó enseñanzas acerca de quiénes están verdaderamente interesados en un desarrollo sustentable y quiénes no, acerca de las limitaciones de la Onu y de cómo muchas voces un tanto ingenuas podemos ser utilizadas para que, hablando y hablando de cambiar todo, no cambie nada, no porque no lo querramos nosotros sino porque quienes tienen hoy el poder lo impiden. Nos deja también esperanzas, porque, en Johanesburgo, las cumbres paralelas a la oficial nos mostraron la vitalidad del movimiento alternativo y la actualidad y viabilidad de sus propuestas (ver www.worldsummit.org.za), cada vez mejor delineadas en encuentros como el Foro Social Mundial y en la práctica y resistencia cotidianas de sectores tan diversos como el campesino, el indígena, el ecologista social, etcétera. Quedó muy claro que la globalización y la profundización del modelo neoliberal no ofrecerán ninguna solución a nuestros problemas, que la imitación del modelo de derroche de recursos que caracteriza a los países mal llamados desarrollados no es la vía, y que la consecución de un modelo de desarrollo con menor y mejor utilización de recursos, con mayor simplicidad y modestia, con mejor distribución de la riqueza es el camino alternativo a seguir. No será fácil, considerando que la globalización ha entrado ya en su fase de militarización, pero será posible en la medida en que los diferentes sectores contestatarios del modelo actual sepan unir sus fuerzas por la defensa de sus culturas, sus recursos comunitarios y su sobrevivencia física.

El papel del Gobierno de Costa Rica en la Cumbre fue digno y sus resultados concretos, aunque aún insuficientes, son bastante más elocuentes y sinceros que los mostrados por la mayoría de las otras naciones.

Gabriel Rivas, biólogo y ecologista, es activista de Coecoceiba-Amigos de la Tierra Costa Rica y representó a esta organización en la Cumbre de Johanesburgo.

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