Conflictividad en cuencas transfronterizas

Alexander López


La dimensión internacional del problema del agua está dada, primero, por el hecho de que el 45% del globo terráqueo se encuentra en cuencas internacionales; segundo, debido a que la escasez del recurso hídrico para usos múltiples se incrementa dramáticamente en muchas partes del mundo en desarrollo, y tercero, que es lo más importante, porque la mayoría del agua disponible para ser explotada se encuentra en cuencas que son compartidas por dos o más estados soberanos. Por todo ello, parece ser que si los estados no son capaces de diseñar mecanismos que permitan utilizar tales recursos de una manera equitativa y sostenible, la conflictividad potencial tenderá a incrementarse.

De acuerdo con una base de datos de la Universidad de Oregon, existen 261 cursos de aguas internacionales y 64 países tienen al menos un 70% de su territorio perteneciente a una o más cuencas internacionales. La misma base de datos señala que 71 de esas cuencas se encuentran en África, 53 en Asia, 39 en América del Norte (la base de datos incluye en esta categoría a las cuencas centroamericanas) y 38 en América del Sur. En su conjunto, las cuencas internacionales ocupan el 47% del total de la tierra mundial, que incluye 65% en Asia, 60% en África y 60% en América del Sur. El territorio completo de 21 países se encuentra en cuencas internacionales, entre ellos Paraguay, Uganda y Hungría (Elhance 1999, Wolf 1999).

Centroamérica es una región de fuertes interacciones ambientales y de alta fragmentación política, como lo demuestra la existencia de siete estados en un área relativamente pequeña. Ello explica la existencia de 23 cuencas principales o de primer orden que pertenecen a dos o más países representando aproximadamente el 36,9% del territorio centroamericano.

De acuerdo con el trabajo de investigación realizado por Funpadem y la Unidad de Fronteras Centroamericanas de la Universidad de Costa Rica, el país que cuenta con más cuencas internacionales es Guatemala: 13 (tres con México, cinco con Belice, dos con Honduras, una con El Salvador, una con Honduras y El Salvador y otra con México y Belice). En consecuencia, es también uno de los países de Centroamérica que tiene el mayor porcentaje del territorio nacional (64,6%) en cuencas internacionales. Otros países centroamericanos que tienen un alto porcentaje de su territorio en esa circunstancia son Belice (65,1%) y El Salvador (61,9%).

El volumen mundial estimado de agua es de 1,4 billones de metros cúbicos. Sin embargo, entre 95% y 97% del total del agua está en los océanos; del restante, alrededor del 77% se encuentra en forma sólida en los polos, 22,4% en acuíferos y 0,35% en lagos. Así, solo el 0,1% del agua dulce mundial es suplida por los cursos de agua nacionales o internacionales (Elhance 1999: 8). A pesar de lo minúsculo de tal cantidad, ésta es suficiente para suplir las necesidades actuales e incluso se argumenta que una población mucho mayor puede ser abastecida.

Sin embargo, los anteriores datos son engañosos por varias razones. Primero, el agua está distribuida de manera desigual en el globo -por ejemplo, la región amazónica contiene cerca del 20% de la descarga mundial de agua dulce, pero es una región escasamente poblada. Segundo,  varía enormemente según las estaciones y de año en año –suele tenerse demasiada agua en lugares y en momentos en que no se le requiere y carecerse de ella donde sí (mientras Islandia tiene más de 600.000 m3 anuales per cápita, Kuwait tiene solo 75 m3; y, según proyecciones, en 2025 habrá por lo menos 15 países, principalmente africanos, cuyo per cápita de agua será menor a 300 m3 anuales [Gardner-Outlaw y Engleman 1995]).

Muchos autores, como Westing (1986), Gleik (1993), Remans (1995), Samson y Charrier (1997), Butts (1997) y Homer-Dixon (1994), han planteado la posibilidad de la emergencia de conflictos bélicos motivados por el difícil acceso, la desigual distribución y, en general, la escasez del recurso hídrico. Incluso, en su oportunidad, un vice-presidente del Banco Mundial, Ismail Seregeldin, señaló que “las guerras del futuro serán por el agua” (The New York Times, 10-8-1995). Pero, hasta hoy, el agua no ha sido causa necesaria ni suficiente de ningún conflicto bélico. La historia demuestra que la distribución desigual de un recurso natural no lleva necesariamente a la emergencia de conflictos, debido a que las poblaciones siempre tienen posibilidades de adaptación.

Aaron Wolf (1999) señala que hay cuatro razones que hacen poco plausible la idea de la emergencia de guerras entre estados por el agua. Primero hay un argumento histórico, segundo uno de interés estratégico, tercero está el argumento de los intereses comunes y, finalmente, el de adaptabilidad institucional. El argumento histórico remite a la existencia de 145 tratados que han sido firmados en el siglo XX directamente relacionados con cursos de aguas internacionales, lo que contrasta con muy pocos conflictos registrados en los que el agua haya jugado un papel. El argumento estratégico dice que el estado cuenca abajo debe tener la suficiente capacidad militar para emprender una campaña militar en contra del estado cuenca arriba, además de que las democracias son menos propensas a entrar en conflictos bélicos; en consecuencia, hay pocos lugares en el mundo en los que pueda desarrollarse un conflicto bélico por agua. El argumento de los intereses compartidos demuestra que muchos estados que tienen serias diferencias sobre otros temas logran llegar a acuerdos en torno al tema del recurso hídrico -casos ilustrativos de tal cooperación, aun en presencia de diferencias regionales, son los del Mekong y del Indus. Finalmente, el argumento de la adaptabilidad institucional se ve demostrado por el hecho real de que una vez que los tratados son firmados por los estados ribereños aquéllos aseguran cierta estabilidad en el tiempo -el caso del comité del Mekong y el de la comisión del río Indus son probatorios, este último ha logrado sobrevivir dos guerras entre India y Pakistán.

No se debe olvidar que también a  menudo es citado un argumento económico que consiste en la afirmación de que el costo de una guerra es lo suficientemente alto como para buscar otras soluciones para el abastecimiento de agua (un jefe militar israelí aseguraba que con lo que cuesta una semana de guerra se puede construir cinco plantas de desalinización).

Las relaciones entre estados ribereños pueden extenderse desde la no cooperación hasta la total colaboración, aunque estas dos situaciones no son las más comunes. En el primer caso porque implica juegos de suma cero con posibles altos costos para los involucrados. India y Pakistán, por ejemplo, no quisieron cooperar en los temas relativos a la cuenca del Indus, lo que generó la necesidad de que la Onu interviniera; y la Unión Soviética en vez de cooperar con Irán (el país cuenca abajo) en el uso de las aguas del Volga y sus tributarios, usó éstas sin considerar las necesidades del vecino, causándole serios daños. De acuerdo a Soffer (1999), como consecuencia de lo anterior el nivel del Mar Caspio bajó alrededor de 30 metros, además de experimentar una fuerte contaminación.

Otros estados limitan su cooperación a un contacto mínimo y a cierto intercambio de información, que es lo que ha pasado en Medio Oriente. Por el contrario, otros estados, como los de los siete países europeos que se encuentran en la cuenca del Rin, y Canadá y Estados Unidos en el caso del Saint Lawrence, sí han adoptado mecanismos de verdadera cooperación. Los datos disponibles respaldan la afirmación de que las disputas casi siempre ocurren entre estados usuarios cuenca abajo y cuenca arriba. Los cuenca arriba se sienten con el derecho, por contribuir con  la mayor cantidad de agua, pero a menudo los mayores e históricos usuarios son los estados cuenca abajo, quienes, según ellos, les da derechos de uso histórico. Así, por ejemplo, cuatro de las grandes civilizaciones se encuentran en la parte baja de importantes ríos: China, India, Egipto y la cultura mesopotámica.

Todo lo anterior hace del tema de la gestión de cuencas internacionales uno de los centrales en la agenda internacional del siglo XXI.

Alexander López, especialista en relaciones internacionales, es profesor e investigador en la Universidad Nacional y director del proyecto Conflicto y Cooperación Ambiental en Cuencas Internacionales Centroamericanas, de Una-Funpadem. 

Referencias bibliográficas

Butts, Kent. “The Strategic Importance of Water”, en Parameters, Spring 1997.

Elhance, Arun. 1999. Hydropolitics in the 3rd world. Conflict and Cooperation in International River Basins. United States Institute of Peace Press. Washinton D.C.

Funpadem. 1999. Cuencas internacionales: Conflicto y cooperación en Centroamérica. Proyecto cooperación transfronteriza en Centroamérica. San José.

Gardner-Outlaw y Engelman. "Sustaining water, easing scarcity", en New Internationalist 273, 1995.

Gleick, Peter. “Water and Conflict: Fresh Water Resources and International Security”, en  International Security 18, 1993.

Hommer-Dixon, Thomas. “Environmental Scarcities and Violent Conflict”, en International Security. Summer 1994.

Soffer, Arnon. 1999. Rivers of Fire. Rowman & Littlefield Publishers, Inc. Maryland.

Remans, Wilfried. “Water and War”, en Humantäres Völkerrecht, Vol.8, Nº 1, 1995.

Samson, Paul y Bertrand Charrier. 1997. International Freshwater Conflicts: Issues and Prevention Strategies. Green Cross Draft Report.

Westing, A. H. (ed.). 1986. Global Resources and International Conflict: Environmental Factors in Strategic Policy and Action. Oxford University Press. New York.

Wolf, Aaron. “International river basins of the world”, en International Journal of Water Resources Development, Vol.15, Nº 4, 1990.

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