Clientelismo impune en compra de lotes para menesterosos

Manuel Argüello


El estilo efectista y de impacto masivo que distinguió la campaña electoral del actual presidente sigue siendo la característica más importante de su gobierno en todas las áreas, pero donde más se destaca eso es en el combate a la corrupción, en el ambientalismo militante y en el declarado apoyo a los pobres. Sin poner aquí en duda la sinceridad y buenas intenciones del presidente y de varios de sus allegados respecto de la corrupción y el ambiente, cabe señalar que la perorata social pro pobres contrasta con la ausencia de un plan efectivo en ese sentido o, peor aun, contrasta con ese programa evidentemente regresivo y falaz que ha sido presentado recientemente.

En diversos casos, las declaraciones patrióticas y las decisiones artificiosas –como las destituciones sumarias que llenan los titulares de nuestros tabloides- es lo único que ha resultado de los procesos de investigación iniciados a partir de denuncias. La necesidad de análisis detallados de las relaciones institucionales y de las políticas que caracterizan nuestro aparato estatal nunca ha sido señalada por los "investigadores". El estado paralelo sigue campante mientras los focos de atención se centran en alguna figura política más o menos destacada. Pero lo peor es que, más allá del paralelismo estatal, lo que funciona como norma en todas las instituciones y cada uno de los programas es el vínculo clientelista, que constituye el modus operandi, lo normal, en el proceso de asignación de prioridades desde hace muchos gobiernos y desde tiempos inmemoriales.

En la reciente investigación ordenada por el presidente sobre la compra estatal de lotes para construir viviendas a gente sin ésta, se ha descubierto una vez más la tapa de dulce, pero solo ha servido para reforzar la idea generalizada de que el presidente quiere combatir la corrupción, aunque en la realidad siga sin hacerlo. Es obvio que la intromisión política en la asignación de prioridades, listas de beneficiarios, fincas a comprar, amigos y empresas a contratar o nombramientos a realizar, siguen teniendo como motivo fundamental la colaboración en la campaña electoral y el apoyo político a los candidatos: desde los síndicos distritales hasta el presidente, pasando por los diplomáticos, como en forma cándida pero diáfana lo ha aceptado el ministro de Relaciones Exteriores. Por eso, para evadir la Ley de Contratación Administrativa y las licitaciones públicas se inventan cada día procedimientos y formas de adjudicación que dejan el asunto sujeto a la discrecionalidad del funcionario o, peor aun, del dirigente político local o regional (futuro diputado, regidor, alcalde, ministro, pariente de uno de ellos, etcétera). El invento más antiguo y utilizado en todas las instituciones es la asignación individual de subsidios y el disfrazar grandes proyectos de casos individuales. De esta forma, la institución y el funcionario asignan un monto determinado -según el programa- en forma legítima a un beneficiario que cumple aparentemente con los requisitos, para lo cual se puede falsificar -a sabiendas de los funcionarios y los políticos que apadrinan al cliente- las certificaciones de ingresos, o eliminar de la lista a varios miembros de la familia que tienen ingresos, para así reducir falazmente el ingreso familiar y que el cliente califique para un bono. Es fácil documentar otras formas espúreas de evadir los controles para satisfacer las necesidades político-electorales locales y regionales. Las investigaciones sumarias normalmente finalizan detectando situaciones anómalas ya consolidadas donde no hay forma de identificar responsables directos y donde las personalidades políticas aparecen simplemente cumpliendo su papel legítimo de buscar soluciones a sus representados (partidarios, futuros votantes…), para lo que se valen de amenazas -que a menudo, con el cambio de gobierno, de presidente ejecutivo, de gerente general o de alcalde municipal, se ven cumplidas.

En la reciente investigación no pasó algo distinto y es muy lamentable que varios ministros perdieran su tiempo en un informe que se pudo redactar de oficio, pues tendría las mismas consecuencias. La investigación encontró situaciones que se repiten todos los días en prácticamente todas las instancias y que han sido normales en las dos últimas décadas ([1]): “Los beneficiarios manifiestan no haber participado en la selección o escogencia del lote que les adjudicaron. Desconocían el lugar donde se les había comprado el lote y cuál les correspondía. En muchos casos no conocieron al vendedor de los lotes, ni negociaron en forma alguna con él. Firmaron muy rápido varios papeles y cheques y no leyeron lo que decían. Les entregaron los cheques o el dinero a personas que no conocían y que tampoco eran las que vendían los terrenos. En muchos de los casos actuaron de esta forma confiados por la presencia de funcionarios del Imas [Instituto Mixto de Ayuda Social]”. Los ministros que firman el informe están conscientes de que esto no es extraño y lo sostienen a la letra: “Sin ninguna duda para los integrantes de esta Comisión, las situaciones mencionadas en este informe no son aisladas ni se encuentran focalizadas en estas áreas. Se trata claramente de acciones y conductas que se repiten con sospechosa similitud por casi todo el país”.

Por eso mismo, impresionan por su ingenuidad y por su ineficacia varias conclusiones y recomendaciones como las siguientes: (a) “Se sugiere a los concejos municipales fortalecer la fiscalización directa sobre el desarrollo de las obras urbanísticas y evitar situaciones irregulares como las que se han presentado en sus comunidades”. (b) “La participación comunitaria que implica que para cualquier proyecto (de creación de bienestar e infraestructura social, que son los predominantes) intervenga siempre la comunidad, tanto en la definición de lo que se quiere hacer como con el trabajo gratuito o el endeudamiento también comunitario (respeto a las decisiones comunitarias, participación social, corresponsabilidad y transparencia en el uso de los recursos)”.

En primer término, es evidente que los municipios no tienen capacidad alguna de responder al llamado, pero, además, en la gran mayoría no lo hacen porque no quieren hacerlo, pues son parte de la estructura clientelista electoral. En segundo lugar, la participación comunitaria se ha utilizado precisamente como la forma de burlar los controles, engañando a los beneficiarios, que pagan cuotas, confían en el dirigente local y son estafados por éste y los funcionarios; pero los vecinos saben que sin el apoyo de tal dirigente carecerán de acceso a nada, pues no hay ventanillas para hacer una solicitud independiente en ninguna institución accesible en prácticamente ningún lado, y, cuando las hay, toca entrar en una fila interminable, a menos que intervenga el padrino político. Así, la organización de base se ha degenerado y se ha convertido cada vez más en la célula base del aparato clientelista político-institucional y electoral del país. Esto ha sucedido en particular a partir de la intervención directa del gobierno y sus instancias políticas en la organización comunitaria: desde Dinadeco, entre 1970 y 1978, y desde la Presidencia y el Ministerio de Vivienda a partir de 1978.

Finalmente, el informe sobre los lotes plantea un par de solicitudes que si no fuera porque se confía en la buena fe de los ministros firmantes se podría pensar que es una burla: “Solicitar a las instituciones públicas y sus funcionarios que rechacen las intromisiones políticas o económicas, para garantizar que toda colaboración a cualquier proyecto se haga dentro de los canales establecidos, no pudiendo ningún funcionario alegar presión para su ejecución”, y “Velar para que los funcionarios con cargos gerenciales actúen en forma apolítica y aseguren que los recursos y la acción institucional sean utilizados sin fines político-electorales”.

Como reacción, una diputada, la ex presidenta de la institución investigada, la ministra de la Presidencia (firmante del informe), un ex presidente de la Republica y el secretario general y ex diputado del partido gobernante han afirmado públicamente que la actuación política es legítima para ayudar a los pobladores pobres, sus representados y las comunidades, haciendo caso omiso del tipo de participación que se cuestiona y luego de que ha sido evidente que su accionar constituyó una presión política y una intervención decisiva para que se completaran -y hasta organizaran o determinaran- las listas de beneficiarios, y para la compra de los lotes (muchos inservibles) propiedad de parientes, amigos o socios por vía de las entidades autorizadas. Las actuaciones no son ilegales, sino que, al contrario, son la norma en una estructura clientelar consolidada. No hay delito alguno, porque se sigue diseñando procedimientos para consolidar el clientelismo. Por ello es demagógico enviar el asunto al Ministerio Público y prometer la renuncia al puesto "si soy encontrado culpable", pues de antemano se sabe que no se podrá tipificar ningún delito establecido en el actual código penal.

Por todo lo anterior, se puede afirmar que la compra de lotes investigada es nada más un ejemplo de la norma, y hacer un gran escándalo con el informe no lleva a nada, pues nada resultará de los procedimientos ordinarios dentro de las instituciones, y no es solo a los funcionarios de menor rango a quienes hay que enmendar. Al contrario, lo que se debiera es replantear la absurda estructura institucional (v.g., la sobrepoblada institucionalidad de la vivienda), establecer claras prohibiciones (además de cerrar el Ministerio de Vivienda y Asentamientos Humanos, que solo ha sido una estructura politiquera para distribuir bonos de vivienda) y crear mecanismos de acceso directo a las instituciones por vías expresas y sencillas (v.g., que los que requieran bonos tengan acceso a ventanillas públicas en sus municipios). Incluso mejor, se debiera diseñar un sistema simple de financiamiento en todos los bancos estatales que permitiera asignar el bono en forma técnica y verificable, con claros y sencillos requisitos; debiera atenderse a los peticionarios según el momento de su solicitud; se debiera contar con información a escala distrital mediante ventanillas únicas y con selección de beneficiarios con carácter estrictamente técnico, y la compra de tierras, bienes y servicios debiera ser por licitación pública abierta y con avalúos independientes y técnicos.

Hay múltiples cambios sencillos que se pueden hacer, pero en la actual administración parece que  se prefiere el efectismo ineficiente de la gran declaración sin propuesta alguna que cambie la institucionalidad vigente ineficaz, permisiva y electorera. Así, ni el presidente ni los ministros de Ambiente y de Vivienda quieren ni siquiera pronunciarse sobre el fondo del asunto, que es la estructura normal clientelar de nuestras instituciones publicas.

Manuel Argüello Rodríguez, sociólogo especialista en planificación urbana, es profesor e investigador en la Universidad Nacional.

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