NECESIDAD
DE UTOPIA
Nos
dicen que no nos podemos bajar de este mundo en marcha y cuestionan nuestro
derecho a proclamar que no nos gusta. Nos repiten incesantemente que esto es así
y no puede ser de otro modo, y nos amenazan con arrojarnos a las tinieblas
exteriores si osamos resistir. Nos aseguran que la historia está, por fin,
clausurada, y nos someten al escarnio público si proponemos alternativas. Cunde
en los ámbitos del imperio que fuera de la sumisión todo es execrable, se
anuncia una activa etapa denigratoria y de castigo para los desafectos y
alimentadores del espíritu de disidencia contra el sometimiento a la norma. Lo
que comenzó siendo una conspiración sectaria de Hayek y sus correligionarios
reunidos en la Sociedad de Mont Pélerin, una suerte de franco-masonería
neoliberal, para restaurar un capitalismo puro y duro, sin reglas, se cierra con
Bush en una furia salvaje para implantar el conseso sumiso. Como denuncia J.
Baudrillard: "la mundialización liberal culmina en una mundialización
policial". Las orquestas mediáticas del imperio ejecutan la misma música,
incluso sin conocer la partitura; arrinconadas las cuestiones profundas, la
escasa libertad se dedica a los cotilleos sociales, al mundillo de los famosos,
a los sucesos. El chantaje sobre toda reflexión crítica, los llamados a la
capitulación intelectual, la condena al ostracismo a todo el que se niegue a
aceptar que el estado natural de la sociedad es el mercado, la criminalización
de la protesta social, son las huellas que a su paso va dejando la pesadilla del
pensamiento único, armado y militarizado, por las que camina su proyecto
globalitario. Renunciar, someterse, abdicar, adaptarse, son las palabras de
orden de ese nuevo orden que no puede ser transformado, ni siquiera
interpretado, simplemente aceptado y obedecido. El mundo ya solo se puede captar
a través de los cánones económicos en boga, con una sola ley posible: la del
mercado, y un solo culto: las bolsas de valores, y una legión de sacerdotes
laicos dueños de la verdad, expertos que han desplazado a los intelectuales,
aquella especie hoy en vías de extinción preocupada por el sentido de la vida
y la marcha del género humano.
Ignacio
Ramonet se pregunta si entre las ruinas del muro de Berlín y los escombros de
nuestras sociedades desestructuradas por esa barbarie neoliberal existe el
espacio para una nueva utopía. Difícil pero siempre necesaria para la negación
crítica de la época existente, en nombre, también siempre, de un futuro más
feliz, que a su vez puede ser tan dispar como se desee. Una intención utópica
que se concreta con mayor precisión no en la determinación positiva de lo que
quiere, sino en la negación de lo que no quiere. Es esa crítica que la utopía
practica contra la mala realidad existente la que enfurece a sus detractores
pues, en todo caso, los perros guardianes de lo sacralmente establecido, que el
joven Paul Nizan fustigaba, siempre preferirán como fácil blanco de sus
"burlas realistas" el reino de las utopías en el que se forma la
nostalgia de elementos inalterados del presente. Cuando para recordar el 150
aniversario de la aparición del Manifiesto Comunista de Marx y Engels la
revista de los multimillonarios, Forbes,
cubrió las paredes de aeropuertos europeos y estadounidenses con un cartel de yuppies
satisfechos que decía "¡Capitalistas de todos los países, uníos!",
la arrogancia neoliberal soñó, con su burla, imponer su propia utopía como
pensamiento único globalitario, pero debajo de las máscaras sonrientes
permanecía intacto el miedo al espectro invocado por Umberto Eco: "dónde
se encuentra exactamente el proletariado (...) no lo sabemos, pero sabemos que
un enorme subproletariado mundial de todo el Tercer Mundo está llamando a las
puertas de la historia y nos guste o no nos guste se convierte en sujeto,
consciente o no de una gran pujanza biológica". Éste es un sujeto en
construcción, con sus redes de resistencias y de conocimientos emancipatorios,
es una nueva internacional de los globalizados, con su cultura de la protesta y
del cambio, de la queja y de la propuesta, que ya enseñó su rostro en Porto
Alegre, en un foro que se mueve entre la utopía y el pragmatismo de quienes
creen que otro mundo es posible.
[por José Merino]