Luis
Poveda
A
la poesía vía aguacates
Resulta
que por invitación de mi gran amigo Abraham Solís, especialista en
fruticultura del Ministerio de Agricultura, hace tiempo estuve colaborando en
la búsqueda de aguacates silvestres (Persea
americana-Lauraceae) para un proyecto de mejoramiento genético en
colaboración con las universidades de San Carlos -Guatemala- y de Chapingo -México-,
y con el Ministerio de Agricultura de Israel. Colectamos por muchísimos
lugares del país, hasta que en Monteverde dimos con un tipo de aguacate que
pasó a ser el tercer tipo de aguacate conocido en el mundo -determinado con
estudios de ADN en conjunto con una universidad de Hamburgo-, porque hasta
entonces se conocía solo dos tipos, el de México y Guatemala, que es
redondeado y con cáscara un tanto fuerte, y el de las Antillas, que es
alargado, pescuezón y de cáscara muy delgadita. El de Monteverde resultó
muy redondo y de cáscara extremadamente dura. En Esparza, hace años, se
descubrió una extraordinaria mutación natural: un aguacatón delicioso y sin
semilla que por dicha fue fijado y llevado a otros países. Estos maravillosos
hallazgos son la base fundamental para futuros adelantos genéticos de este
tan importante frutal.
Necesitábamos
todavía colectar el famosísimo aguacate
anís -raza de aguacate llamada así porque todas las partes del árbol
huelen a anís, a anetol. En compañía de mi amigo Donald Zeazer lo habíamos
colectado hacía mucho en Orosí, dentro de un precioso robledal, pero cuando
esta vez fuimos a buscarlo fue terrible el impacto que sufrimos, porque lo que
había era un cafetal abandonado. En ese viaje contactamos a un campesino con
el que planeamos otro viaje y, cuando lo realizamos -ahí mismo, por Orosí-,
después de caminar hasta el agotamiento llegamos a un bosquete y nos dijo:
"aquí estaba"… pero ya no estaba. Seguimos buscándolo por otros
lugares, pero en vano. Conversamos con nuestro maestro el eminente botánico
Jorge León, porque hay unas muestras herborizadas por él en el Herbario
Nacional y colectadas en San Jerónimo de Moravia -por el camino viejo al Bajo
de la Hondura-, y nos indicó varios sitios exactos. Fuimos y solo potreros
encontramos...
En
una gira de búsqueda por Guatemala y México, en la que colectamos muchas
razas -o formas- de aguacates, fuimos a parar a un pueblito, algo alejado de
Tapachula, en el que, a la entrada de un pequeño vivero, había un
esplendoroso, vetusto y venerable ahuehuete -el árbol
de la noche triste- (Taxodium
mucronatum Ten –Taxodiaceae), la misma especie ante la que Cortez lloró
cierta terrible derrota y que es monumento nacional de México, cuya madera es
extraordinaria y su resina muy utilizada en medicina y otros menesteres. (En
Costa Rica tenemos un ejemplar impresionante y añoso en el jardín delantero
de una casa en el Paseo Colón donde hoy hay oficinas de un partido político.
Las semillas de ese árbol dicen que las envió Pancho Villa como un gesto de
hermandad.)
Pues
bien, en aquel árbol de exuberancia como pocos, en aquel apartado villorrio
de Motocintla, está escrito en una tabla el poema anónimo que aquí
consigno: