Una ética ambiental igualitarista y compasiva


La preocupación y la discusión respecto del sentido o valor que tiene la naturaleza, y respecto de los principios y valores que han de guiar la conducta humana ante ella, a lo que responden es al pánico que nos provocan las mutaciones del entorno ecosistémico -y también del clima y de otros aspectos del marco físico en que vivimos. Mientras no haya un dios que lo mande, plantear la obligatoriedad de respetar la naturaleza es tan arbitrario como plantear lo contrario. En tanto a ese dios no se le oiga, habrían de ser solo el interés, el utilitarismo o una visión estratégica lo que nos habría de llevar a abogar por una formulación o reformulación ética que incidiera en un nuevo posicionamiento ante natura, uno que precisamente nos desviara de la ruta al colapso ecológico.

Pero acaso desde una perspectiva utilitarista o desde un afán prioritariamente estratégico lo que corresponda plantear no sea una ética ambiental, porque desde tales posiciones a la naturaleza no se le está otorgando valor intrínseco sino meramente instrumental. Desde esas posiciones, entonces, acaso lo pertinente sería plantear someros códigos deontológicos que orientaran la conducta a fin de evitar el agotamiento de recursos naturales requeridos, de abortar contaminaciones insanas, de impedir el socavamiento de la necesaria biodiversidad, de eludir la destrucción del reconfortante paisaje, etcétera. Trataríase de códigos deontológicos que se respetarían porque las personas sienten el deber de cumplir juramentos de acatamiento y temen los descalificativos morales por faltar a la palabra dada, independientemente de la estima que sientan por lo que el código resguarda.

En contraste, una ética debiera asentarse en el sentimiento y en la creencia –por parte de las personas que son soporte de esa ética- del valor intrínseco de las entidades respecto de las cuales la ética pretende orientar el comportamiento de las personas. Una ética orienta en ámbitos de relaciones en que las entidades interactuantes tienen valor intrínseco; o sea, a las entidades con las que interactúan los sujetos de la ética éstos les han de haber otorgado valor intrínseco. Y para que esto ocurra así es requisito que los sujetos de la ética tengan nociones morales -a las que va integrado afecto, emoción- que confieran valor intrínseco a tales entidades. Es de la moral, y de la sensibilidad que va aparejada a ésta, de donde emana el valor intrínseco del que se invisten las entidades que gozan de tal valor; de esa moral previa a cualquier reflexión, sistematización y eventual formalización ética. Una ética que no enraice en la moralidad (la cual tiene una dimensión afectiva) de las personas llamadas a ser coherentes con ella será permanentemente burlada por aquéllas. Por el contrario, un código deontológico rígido se impone en la medida en que plantea los principios de un comportamiento útil o funcional para quienes lo ejercen (aunque sea en el largo plazo, e indirectamente) sin que los elementos involucrados o afectados por tal comportamiento humano sean considerados intrínsecamente valiosos. O sea, el código deontológico rígido se hace especialmente necesario en aquellos ámbitos de actividad humana en que a los entes que entran en relación con los humanos no se les otorga valor intrínseco; es decir, ante los cuales la moral no reacciona, ante los cuales permanece indiferente. Y tales códigos tendrán vigencia efectiva en tanto sea vigente el sentido del deber respecto del acatamiento de códigos deontológicos consensuados o, por lo menos, aceptados por el sujeto. En contraste, una ética arraigada en el terreno de la moralidad actuante no precisa de dispositivos meta-éticos para ser efectiva, no precisa ni del cálculo de utilidad, ni de un sistema de lealtades, ni de la fidelidad a un juramento. Solo requiere el sentido de compromiso con aquello a lo que se le otorga valor intrínseco, sea por respetársele en su dignidad o por compadecérsele en su desamparo, en su debilidad o en el avasallamiento que sufre. Esos afectos, que son la carga energética de las nociones morales respectivas –la de respeto, la de compasión...-, son el terreno en que arraiga una ética efectiva.

El valor intrínseco se le otorga a lo semejante, a lo que en el orden o caos del universo está más próximo, al prójimo. Porque con eso semejante, próximo, la persona tiende a la identificación. Cuando lo semejante padece, el sujeto moral compadece, porque se trata de un padecimiento semejante al padecido por ese sujeto. La moralidad fundada en Occidente por el cristianismo así lo ha dispuesto y esa moralidad ha sido posible y es vigente porque la fuerza narcisista que sostiene al sujeto lo hace amar lo semejante, como si se viera en el espejo, aunque muy menguadamente (el otro es una mediación entre yo y yo). Y a pesar de ser éste el mecanismo, esto no se llama egoísmo sino altruismo porque en este despliegue amoroso hacia el otro el sujeto puede no llegar a olvidarse de sí mismo pero sí a ofrendarse. Trátase de una reversión del egoísmo en altruismo, de un desdoblamiento de la persona en otros, que, en esa operación, quedan unidos, y esa unión es la comunidad que ahora está destruida: está destruida la relación -mal que bien circular- de la comunidad humana premoderna con la naturaleza, y está destruida la premoderna relación -mal que bien circular- entre las personas. Ambas destruidas por la intervención creciente del mercado, que acerca a quienes estaban lejanos, manteniéndolos ajenos, y aleja a quienes estaban cercanos (estaban anejos, anexados), los aleja enajenando al uno del otro, a humanidad de natura, a humanos de humanos.

Sucede así principalmente en el ámbito de las prácticas económicas, impactando todos los otros campos de acción humana, pero sin aniquilar la base moral con la que ineludiblemente se acomete, también, las relaciones con la naturaleza. En esa base moral están los principios de igualdad y de piedad o compasión (¿cómo llamar a esto que, por cierto, ha animado a todos los socialismos aunque éstos hayan rechazado el concepto –que remite a los excluidos pasivos- y optaran por solidaridad –que remite a los excluidos resistentes-?). La caridad reconoce un valor intrínseco a los excluidos, a los sometidos, y hace al sujeto semejante a ellos, sean entidades naturales con conciencia o sin ella. Al no reconocer tal valor no hay semejanza sino pura instrumentalización del ente sometido, y tampoco hay lugar para reivindicar igualdad. Y, coherentemente, al no reconocerse semejanza, como acontece –digamos- con un gas o con una ecuación matemática, no hay reconocimiento de valor intrínseco ni, entonces, de igualdad. Y, consonantemente, sin la vigencia del principio de igualdad hay una caída de la noción y la emoción de la semejanza y, asimismo, hay una negación del valor intrínseco de aquello disemejante.

Valor intrínseco solo puede ser conferido a los entes naturales caritativamente, no puede ser conferido sobre la base de otras consideraciones. El individuo compasivo vive dolorosamente el avasallamiento de los débiles, gocen éstos de la conciencia o no; el sufrimiento de éstos –no importa que sea real o proyectado- el individuo compasivo también lo vive, y si su sentido de la justicia gravita en torno al principio de igualdad, en esa misma vivencia de sufrimiento aquellos elementos animados de la naturaleza que están siendo avasallados quedan convertidos en semejantes, y se pasa a abogar por ellos.

La protección utilitarista de recursos naturales es compatible con el altruismo ante natura. A la protección utilitarista le sirve como base el cálculo, que ahora se da a partir del diagnóstico científico -o técnico. Y sobre el cálculo encajan códigos deontológicos que apuntan a la protección ambiental como medio para la potenciación de empresas humanas. Esta actividad proteccionista se articula y se entrevera con el proteccionismo desinteresado o altruista teniendo ambos como norte la salvación de la configuración ecosistémica actual del planeta o, mejor, su restauración.

Sin embargo, la posible o deseable ética ambientalista altruista puede no coincidir con códigos deontológicos utilitaristas, porque ante temas cuyo abordaje requiere especialmente información científica, como el de la biotecnología o el de la energía nuclear, por ejemplo, ante esos temas los grupos culturales no ilustrados científicamente pueden permanecer indiferentes a pesar de sus valores pro natura; y, en contraste, cenáculos religiosos, pacifistas, de izquierda productivista u otros, podrían devenir beligerantes ante tales temas, no impulsados por principios o valores ambientalistas altruistas sino por otras inspiraciones o por cálculo, por la certeza de que ésos u otros desarrollos tecnológicos amenazan el equilibrio planetario o la vida humana.

En Occidente en general, aparte de en la visión romántica, es en la moral cristiana que se apoya la actitud de defensa no utilitarista de la naturaleza que el movimiento ecologista empezó a exaltar desde fines de la década de los sesenta. En esa actitud ecologista las visiones y sensibilidades premodernas ante la naturaleza de origen oriental o americano no parecen sustanciales, sino subordinadas.

Desde los años sesenta en que se popularizó, la ecología empezó a ser fuente de influencia cultural con su enfoque temático y su conceptualización centrados en la integración en vez de en el individualismo, en la cooperación en vez de en la competencia y la dominación, en la diversidad en vez de en la homogeneidad, en el todo en vez de en las partes. Alrededor y dentro del movimiento ecologista, el cual se parapetó en esa ciencia para explicar la crisis ambiental, también se empezó a concebir –con la energía emotiva que proporciona el basamento moral antes dicho- un modelo nuevo de convivencia entre seres humanos homólogo al revelado por la ecología en la naturaleza viva. Hoy los nuevos grupos culturales, crecientes en número e influencia, se comportan de acuerdo con la creencia ecológica de que en los ecosistemas –y por extensión en la sociedad humana (así lo sienten ellos)- lo determinante son las relaciones y no los entes que las contraen. Esta concepción es parte de lo que muchos autores entienden como un nuevo paradigma de encaramiento tanto de la realidad física como de la social.

Luego de más de tres décadas de reflexiones y controversias acerca de una posible y presunta ética ambiental, la existencia efectiva de ésta parece que viene a ser posibilitada por la emergencia de nuevos grupos culturales, de esos que cuando adoptan una organización mínima es la de la red, y que siempre se articulan con ambientalistas de unos u otros signos. Pero pareciera que la ética que estos grupos antijerárquicos tienden a posibilitar no sería una de cara exclusivamente a lo ambiental sino otra general en la que las relaciones con natura, con el propio cuerpo, con los otros seres humanos, con la muerte, etcétera, están integradas, teniendo la igualdad y la caridad como principios rectores.

El campo en el que aparentan poder enraizar los principios y valores de respeto y principalmente de piedad ante la naturaleza, ya ostentados por los ecologistas, parece ser el movimiento denominado hoy antiglobalización, al que pertenecen aquéllos. A esa ética no hay que diseñarla sino preverla a partir de los rasgos morales de ese complejo movimiento social, movimiento cuyos grupos de afinidad internos no querrán codificarla sino expresarla en actos, a partir de los que podría ser sistematizada. Pareciera tratarse de una ética emergente cuya influencia correrá pareja con la influencia del nuevo paradigma y del nuevo movimiento, sin obedecer a una estrategia.

Los nuevos grupos culturales de acuerdo con el nuevo paradigma llegan a sentir semejante lo que es diverso, pasando así a compadecerlo y a reivindicar su igualdad; a diferencia de hasta hace poco, y aún ahora, en que lo diverso es tratado como extraño (y como apestado) y solo al homogenizársele merece el trato de lo semejante y se pasa a reivindicar su igualdad. Esos nuevos grupos tienden a actuar, pensar y sentir como si la supresión de componentes (o partes) de los sistemas natural y social resultara en una reducción de la dinámica global, como si redundara en un atentado contra la vida. Son grupos que en su conjunto no preconizan la supresión de aquellas partes del sistema reconocidas como constitutivas de instituciones históricas –como lo serían la clase social propietaria, o el estado-, sino que abogan por viabilizar la convivencia, para lo que debiera hacerse modificaciones que ellos mismos recomiendan, las cuales suelen ser reposiciones, restauraciones y protecciones, antes que aniquilaciones.

El movimiento ecologista es genuinamente la fuerza social promotora de los cambios emotivos, de conciencia y de conducta de los que hoy numerosos y amplios grupos culturales son partícipes, independientemente de si se llaman ecologistas, ambientalistas o nada. El hecho de que desde siempre los grupos humanos hayan resguardado recursos naturales imprescindibles no es suficiente para escamotearle al ecologismo la gestación de la marejada ambientalista que hoy vivimos. Ese formidable movimiento social en su inicio llamado ecologismo, y hoy mejor llamado ambientalismo (dentro del cual mal que bien pervive el ecologismo originario de los sesenta), ese movimiento desde su origen es heterogéneo en su composición, bastante amorfo ideológicamente y totalmente desestructurado, lo cual impide un acuerdo por parte de los estudiosos respecto de su nombre e incluso respecto de su caracterizacón. Pero que eso y que el hecho de que no haya líderes que estentóreamente reclamen derechos y reivindiquen méritos no llame a creer que el movimiento no existe o que no es el que sigue constituyendo la energía básica de todas las acciones que se generan en pro del ambiente, sean exitosas, sensatas, o no.

El ecologismo, de hecho, crecientemente parece confundirse con otros movimientos o corrientes de activismo como el de los protercermundistas del Primer Mundo, el de los que abogan por una renta social básica universal, el de naturistas, el de opositores a los productos transgénicos, el de indigenistas y, desde hace mucho, el de pacifistas.

La pertinencia de que la ética sea factible, realmente actuante en la realidad, parece obligarnos a reconocer la necesidad de que aquélla esté arraigada en movimientos sociales ascendentes, en grupos culturales crecientes, en la nueva cultura que se manifiesta por ejemplo en Porto Alegre y en todas sus antesalas vocingleras denominadas antiglobalización, donde precisamente confluyen sin choques numerosas corrientes sociales con metas concretas diversas, pero a las que une el sentido de justicia que al cristianismo anima (con énfasis en la igualdad) y a las que también une la piedad por los excluidos (incluida la naturaleza), además de la voluntad de arriesgarse por ellos. Estos nuevos movimientos, que se organizan distinto y muy poco, que desprecian jerarquías, que el crecimiento económico como meta –fuerte o débil- les parece una engañifa o una quimera, pareciera que están planteando las coordenadas de una nueva ética, en la que los principios y valores referentes a lo ambiental se confunden con los referentes a otros ámbitos de la actividad humana; se confunden similarmente a como se confunden, en el amplio y amorfo macro-movimiento, los movimientos tributarios o confluyentes, entre los que destaca el ecologismo.

Eduardo Mora

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